La misión de prueba que permitirá volver a la Luna ha sido un éxito. Pero la mayoría de los terrícolas siguen sin comprender qué tiene de noticia recorrer los pasos que ya se dieron hace 60 años, gastando tanto dinero en mandar unos maniquíes y un muñeco de Snoopy, consiguiendo que vuelvan “sanos y salvos”. Sin embargo, sí verían clara la diferencia entre ir de viaje a un lugar remoto para poder hacerse la foto, y volver a él para quedarse a vivir. Yendo como turistas nos gastamos lo que no tenemos, pero cuando se trata de establecernos en un lugar nuevo, procuramos que la cosa sea sostenible. Sobre todo si después de crear nuestro hogar en ese nuevo lugar, pretendemos desde él viajar a otros lugares como Marte, y lo más lejos que la ciencia permita.

Algo así ha ocurrido con la conquista del espacio. Un Kennedy innovador para su tiempo vio en el cielo la oportunidad de dar un gran golpe de efecto en unos años en los que la publicidad, tal y como la conocemos, nacía al estilo “Mad men”. Y se consiguió. Pero uno no puede ir de turista siempre al sitio en el que va a vivir. Durante este último medio siglo se ha usado el espacio de una forma mucho más práctica para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y sí, también en lo militar. Sin todo este tiempo de aprendizaje, esta marcha definitiva hacia el espacio no hubiera sido posible. El verdadero objetivo de estas misiones trasciende con mucho el hecho de poder decir “yo llegué antes” a una Luna ya visitada. El objetivo es tan ambicioso como el de establecer bases permanentes en ella como “puerto de salida y entrada” a lo que será la exploración humana en el espacio. Vayamos a donde vayamos en las estrellas, la Luna será inevitablemente la primera parada. De ahí lo histórico del momento.

En realidad, la cuestión de cómo llegar a Marte lleva décadas resuelta, y fueron los rusos los primeros en poder enviar artefactos como las sondas Mars, ya en 1971. El único y gran problema es llevar hasta allí y traer de vuelta a esos delicados seres denominados humanos que necesitan algo tan complicado tecnológicamente como respirar, comer, beber, defecar, y salvaguardarse de los naturalísimos rayos cósmicos. Ahí es nada. La esperanza está puesta en el desarrollo de nuevos motores que acorten el viaje para que el tiempo en el que cuidar como en una crisálida a estas “delicadas mariposas” llamadas astronautas sin que les pase nada malo, sea posible… y asumible. Y no solamente para Estados Unidos, sino también para sus socios en esta aventura, que somos los europeos, entre otros como los japoneses. No aparecen Rusia y China entre los países que más colaborarán, desde luego. De hecho, en estas dos semanas, se aglutinan varios importantes lanzamientos chinos al espacio, así como otros destacables hitos astronáuticos en la Estación Espacial Internacional que rara vez llegan a ser noticia, a menos que ocurra una desgracia.

¿Por qué volvemos ahora sobre nuestros pasos? El 14 de enero de 2004, otro mandatario norteamericano bastante menos apreciado que el asesinado JFK, volvió a ver en las estrellas otro golpe de efecto, aunque las medallas y los puntos de aceptación en las encuestas las ganaran otros presidentes, veinte años después. «Elegimos explorar el espacio porque hacerlo mejora nuestras vidas y eleva nuestro espíritu nacional», dijo George W. Bush. «Así que continuemos el viaje». Y le inyectó miles de millones a la NASA, que vaya usted a saber si fueron para elevar el espíritu nacional o el saldo de las cuentas corrientes de algunos empresarios de su país.

Sea cual fuere el motivo por el que dijo aquello el presidente que vivió el 11-S, lo cierto es que Estados Unidos está pasando por uno de los peores momentos reputacionales de su historia. Probablemente las mentes más inteligentes del planeta Tierra en el que todavía vivimos, desde sus puestos en las tecnológicas y el MIT, recomendaron que no se dejara escapar el sentido de una bandera de barras y estrellas que todavía reina en el Mar de la Tranquilidad de esa Luna que vemos todos. Los rusos, también. Espías al servicio de Washington habrían informado con bastante anterioridad de los planes de China de ser los siguientes en plantar su insignia y poner precio a lo que se obtenga. Eso, y la aparición de un tal Elon Musk queriendo superar a la mismísima NASA, a la que trata “de tú a tú” en sus acuerdos. Motivos hay de sobra para querer volver a nuestro satélite natural, pero esta vez gastando proporcionalmente menos y para quedarse a vivir.

Las misiones Apollo fueron una extraordinaria avanzadilla, y se obtuvieron beneficios científicos de los que todos disfrutamos, pero no dejaba de ser el golpe de efecto más caro de la Historia. Una hazaña perfectamente retratada en una película muy recomendable que en realidad llevó más de 50 años de producción. El cineasta Todd Douglas Miller se dio cuenta del enorme potencial de usar la inteligencia artificial para restaurar y hacer que parezca actual un tesoro recién descubierto de imágenes de 65 mm y más de 11,000 horas de grabaciones sin catalogar sobre la primera misión que llevó humanos a la Luna. Apollo 11.

Ahora, con Artemisa, la hermana mitológica de Apolo, todo es más práctico, destilando un espíritu casi propio de IKEA. No, no es un mecano con instrucciones, pero sí se busca robustez desde la simplicidad, existe una gran estandarización para que todo lo posible se componga de partes iguales en diferentes misiones, se reutiliza buena parte de los sistemas que vuelven a la Tierra, y sobre todo se usa mucha inteligencia para que sea económico y sostenible. También esta vez ha habido partes que han viajado al espacio en misiones anteriores, se usa con mayor acierto bendiciones naturales como los efectos de la gravedad para evitar gasto innecesario de combustible, y el roce de nuestra atmósfera para poder frenar al volver, a 30 veces la velocidad del sonido y la mitad de la temperatura de nuestro sol. Eso ya se hacía antes, pero nunca así. De forma muy astuta, los ingenieros de esta nueva “generación Artemis” han diseñado un sistema de reentrada con precisión milimétrica llamado “entrada de salto” que hace que el vehículo rebote en nuestra atmósfera como lo haría la típica piedra plana que lanzamos a un lago, para perder velocidad. Hace medio siglo, los valientes muchachos que se metían en medio de tanto acero, sufrían a su regreso una presión equivalente a siete veces su peso, mientras que a partir de ahora solamente será la mitad. ¿Por qué no se hizo antes? La respuesta corta es porque no había ordenadores tan potentes. No hace falta que recordemos lo fascinantes que nos resultaban las calculadoras de bolsillo cuando aparecieron. Para volver a entrar en la atmósfera de forma segura, la maniobra que la cápsula debe realizar es lo más parecido que existe a meter el hilo en una aguja de coser. Por encima de un ángulo concreto, rebotaría y volvería al espacio, y por debajo, se incendiaría antes de llegar al suelo. Se ha hecho perfectamente. Demasiado, para algunos. Y sin haber podido probar algo tan importante como el nuevo escudo térmico que protege la nave de esos más de 2.700 grados, construído con nuevos materiales. Lógicamente, no existe un túnel de viento que sople a 50.000 km/h ni forma en este mundo de poder probarlo antes del pasado domingo al volver a nuestro mundo. La guinda del ejercicio la puso la exactitud del contacto con el agua. En la era Apollo, el punto en el que filmar las históricas imágenes de la cápsula suspendida bajo sus tres paracaídas era un verdadero ejercicio de adivinación, hasta el punto de que se cuenta que en alguna ocasión acabó cayendo la cápsula en lugares infestados de tiburones que hicieron imposible el rescate hasta horas más tarde.

Nadie apostaba del todo por esa perfección en el desempeño de la misión, tras los continuos retrasos tanto del proyecto como del lanzamiento. Hay incluso algunos ingenieros que lamentan no haber tenido más problemas aparte de unos pequeños obstáculos con las cámaras que nos ofrecían hermosas imágenes del viaje por el despliegue de los paneles solares. Lo lamentan para poder aprender de ellos. Siempre es preferible que acabe hecho añicos un maniquí que un héroe, sin duda, pero la industria aeroespacial ha aprendido casi todo con cada desastre. Había tantas cosas que podían ir mal, que es comprensible la sensación de éxito generalizada que hay ahora. No hay que olvidar que el cohete lanzador no es otra cosa que un gigantesco depósito de combustible con un motor debajo, y que cada movimiento en ese “baile cósmico” de la nave con respecto a la Tierra y a la Luna debe ser de una precisión mayor que la retratada con acierto por Kubrick en su epopeya espacial. Ni sonando una de Strauss, oiga.

Efectivamente, la misión Artemis I, con su cohete lanzador, su módulo de servicio europeo y cápsula Orión han sido un éxito. Ahora solamente cabe esperar que no haya más pandemias o guerras (comerciales o no) que retrasen el lanzamiento de Artemis II, prevista para dentro de dos años y ya con humanos a bordo. La siguiente será Artemis III, por fin para alunizar. Y alucinar. Porque el golpe de efecto de llevar una “webcam” en directo no será lo mismo que aquellos viejos borrones que Jesús Hermida aseguró en directo que eran astronautas. Resulta muy curioso pensar que ya hay cientos de personas trabajando en piezas que se usarán en Artemis V, que se usará más allá de 2030. Incluso se está trabajando hoy mismo en partes de Gateway, que será una estación orbital permanente que dará vueltas alrededor de nuestra Luna, que a su vez seguirá dando vueltas alrededor de la Tierra. Todo un vals.

Después de este éxito, las apuestas (algunas de ellas con dinero real) vuelven a estar a favor de la agencia norteamericana, que ahora tiene como principal objetivo cumplir, 60 años después, la misma promesa que hizo Kennedy ante su congreso el 25 de mayo de 1961. Fue precisamente un éxito como el actual, el lanzamiento del primer norteamericano al espacio (John Glenn), el que le dio motivos para poner delante del mundo un reto como ese. Dijo: “creo que esta nación debería comprometerse, antes de que acabe esta década, a colocar a un hombre en la Luna y traerlo a salvo a la Tierra”. 2030 está a la vuelta de la esquina, aunque vivimos en un mundo mucho más complejo y todos hemos podido comprobar claramente que resulta muy difícil hacer planes. Pero no hacerlos, sin duda, es mucho peor.