La parte más peligrosa de la misión Artemis II es el regreso. En apenas 13 minutos, la cápsula Orion pasará de viajar a decenas de miles de kilómetros por hora en el vacío del espacio a amerizar en el océano Pacífico. Un descenso vertiginoso, milimétricamente calculado, en el que cualquier desviación puede resultar fatal. Menos de 15 minutos de reentrada que tendrán a EEUU en vilo -ya que se puede seguir en directo- desde las 20.00 de la tarde el viernes en EEUU, las 2:00 de la mañana del sábado en España.
“Va a ocurrir muy rápido”, resume el director de vuelo de entrada, Rick Henfling en rueda de prensa. Desde el punto en el que la nave comienza a interactuar con la atmósfera terrestre -a unos 120 kilómetros de altura y a unos 16.000 kilómetros del punto de aterrizaje- hasta el amerizaje frente a la costa de California, transcurrirán apenas 13 minutos. En ese tiempo, la Orion recorrerá cerca de 3.150 kilómetros sobre el Pacífico tras separarse previamente del módulo de servicio y ejecutar una última maniobra para ajustar su ángulo de entrada.
Para uno de los astronautas de la misión, Victor Glover, ese momento lleva años en su cabeza. “Seré sincero: llevo pensando en la reentrada desde el 3 de abril de 2023, cuando nos asignaron a esta misión”, reconoce. En aquel momento, cuando le preguntaron qué esperaba con más ganas, respondió sin dudar: “el amerizaje”. “Puede sonar gracioso, pero también es literal: tenemos que volver”, añade. Aún sin haber vivido ese instante, admite que atravesar la atmósfera “en una bola de fuego” será una experiencia difícil de procesar, “algo sobre lo que reflexionaré el resto de mi vida”, asegura.
Una bola de fuego a 40.000 km/h
La Orion penetrará en la atmósfera terrestre a unos 40.000 kilómetros por hora. A esa velocidad, el aire deja de comportarse como un gas convencional y se transforma en plasma, un estado altamente energético en el que las moléculas se descomponen en partículas cargadas. Ese fenómeno envuelve la nave en una envoltura incandescente que eleva su temperatura por encima de los 2.000 grados.
“El peligro es porque la nave se va a poner a más de 2.000 grados de temperatura. Va a haber una nube de gas ionizado -lo llamamos plasma los científicos- que va a cortar de nuevo las comunicaciones con Tierra, y es un frenado brutal”, explica Javier Rodríguez Pacheco, catedrático de Astronomía y Astrofísica en la Universidad de Alcalá.
Antes incluso de que se forme ese plasma, la clave está en cómo la nave entra en la atmósfera. “Si entras con demasiado ángulo, te enciendes como un fósforo; si entras demasiado rasante, sales rebotado como una piedra en el agua”, advierte. Ese riesgo de “rebote” obliga a mantener la trayectoria dentro de un estrechísimo margen, el llamado “túnel de entrada”, donde la fricción es suficiente para frenar la nave sin destruirla ni hacerla escapar de nuevo al espacio.
Una vez dentro de ese corredor, el plasma no solo somete a la Orion a condiciones extremas, sino que también provoca un blackout: varios minutos sin comunicaciones con Houston. Henfling estima que el control de misión perderá contacto con la tripulación durante unos seis minutos, una cifra algo superior a misiones anteriores debido a cambios en el perfil de reentrada diseñados para proteger más a los astronautas.
El “túnel” de entrada: precisión extrema
La reentrada no admite errores. “El frenazo que tienes que pegar ahí es un frenazo muy estudiado”, insiste Rodríguez Pacheco. La nave debe disipar en pocos minutos una energía enorme, pasando de velocidades hipersónicas a condiciones subsónicas sin comprometer la integridad de la estructura ni la seguridad de la tripulación.
Para ello, la Orion realizará una última maniobra de ajuste unos 16,5 minutos antes de entrar en la atmósfera, que permitirá afinar el ángulo de descenso. Es la última oportunidad para corregir cualquier desviación antes de enfrentarse a las capas densas del aire.
Durante el descenso, los astronautas soportarán fuerzas de hasta 3,9 veces la gravedad terrestre en condiciones normales, con dos picos principales asociados a maniobras de control que permiten distribuir el calor y ajustar la trayectoria.
En situaciones de contingencia, esas cargas podrían elevarse hasta 7 o incluso 7,5 G (experimentando una fuerza equivalente a 7 o 7,5 veces la gravedad de la Tierra). Aun así, dentro de la cabina el ambiente será de máxima concentración. “En la cabina estarán en silencio”, asegura Henfling. Los pilotos estarán con la cabeza inclinada hacia abajo para mantener la referencia del horizonte, monitorizando los sistemas en todo momento.
Del plasma al Pacífico
A medida que la nave pierde velocidad y abandona la fase más crítica, se desencadena en pocos minutos la secuencia final: a unos 10.600 metros se libera la cubierta frontal; a unos 6.700 metros se despliegan dos paracaídas piloto que reducen la velocidad a unos 320 km/h; y a unos 1.800 metros se abren los tres paracaídas principales, que permiten a la cápsula descender hasta un amerizaje controlado de unos 32 km/h en el océano Pacífico, frente a la costa de California.
La reentrada es uno de los momentos más críticos para validar tecnologías y procedimientos de la nave. “Llevar a la tripulación a casa de forma segura sigue siendo clave”, subrayan desde el programa. Todo lo aprendido en estos 13 minutos servirá para futuras misiones, en las que la NASA aspira a consolidar una presencia humana sostenida en la Luna con una colonia.
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