El glaciar Sólheimajökull se funde a una velocidad que ya no hace falta medir con satélites. Basta con volver cada temporada y ver dónde termina el hielo. Este fenómeno es una de las manifestaciones más visibles del cambio climático en el Ártico, donde el aumento de las temperaturas globales está transformando la geografía a un ritmo sin precedentes. Rubén Pérez trabaja como guía en Arctic Yeti y pisa esta lengua glaciar prácticamente a diario. En los últimos años ha visto desaparecer cuevas de hielo enteras, ensancharse grietas que antes eran estrechas y cambiar rutas que parecían fijas. Como expertos en el terreno islandés, la logística de esta casa nos permite acceder a los puntos donde la degradación del sistema es más evidente. No habla de décadas. Habla de temporadas. A veces, de semanas.

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Las cifras que maneja no son proyecciones de ningún informe: "Está en un retroceso de entre 50 y 60 metros anuales y una pérdida de grosor de entre 5 y 10 metros", explica durante una travesía por la superficie fracturada del glaciar. Donde hace una década había hielo compacto, hoy hay una laguna proglaciar que no para de crecer. El glaciar retrocede hacia las cumbres y la laguna avanza en sentido contrario, ocupando el espacio que el hielo va abandonando. Es un intercambio lento y constante, y su resultado es siempre el mismo: menos hielo, más agua, más roca al descubierto.

Vista general del glaciar Sólheimajökull, uno de los más accesibles del sur de Islandia. | Israel Cánovas

El registro de un millón de años

El valor científico del Sólheimajökull va más allá de su tamaño o de su accesibilidad. El hielo atrapa burbujas de aire en el momento exacto en que se forma, conservando muestras de la atmósfera de hace siglos con una fidelidad que no ofrece ningún otro tipo de registro geológico. Perforando esas capas en orden cronológico, los investigadores han podido reconstruir la composición del aire a lo largo de los años.

Durante la travesía, Pérez se detiene ante una sección de hielo azulado, libre de la capa de ceniza volcánica que habitualmente cubre la superficie. Es hielo antiguo, explica, formado hace mucho tiempo y comprimido hasta adquirir ese color. La información que contiene es lo que hace que los glaciares interesen a los climatólogos tanto como a los geólogos.

En prácticamente un millón de años, nunca el CO₂ había estado en niveles tan elevados

Lo que distingue el momento actual no es que el CO₂ haya subido, porque eso ha ocurrido otras veces a lo largo de la historia del planeta. Lo que no tiene precedente en el registro geológico reciente es la velocidad. Los ciclos naturales muestran variaciones graduales a lo largo de miles y miles de años. Lo que el hielo registra ahora ha sucedido en décadas. Para los especialistas que trabajan sobre el terreno, esa aceleración es la señal más clara de que lo que está ocurriendo no responde a ningún ciclo conocido.

Hielo del glaciar Sólheimajökull con burbujas de aire atrapadas. | Israel Cánovas

El agua de 2.000 vidas

Para hacer comprensible la pérdida de masa de un glaciar, los guías que trabajan sobre el terreno usan comparaciones concretas. Los metros y los kilómetros cúbicos son difíciles de visualizar. Las piscinas y las vidas humanas, no tanto.

El volumen de agua dulce que libera el Sólheimajökull cada año equivale aproximadamente a 60 piscinas olímpicas. Otra forma de decirlo: es el agua potable que consumirían 2.000 personas a lo largo de toda su vida. Esa agua no se queda en Islandia. Acaba en el Atlántico Norte, donde contribuye a la subida del nivel del mar y altera la salinidad oceánica, con efectos que se extienden mucho más allá de las costas islandesas.

Vemos cambios que no deberían verse a simple vista. Son procesos que deben ser mucho más lentos a escalas geológicas, no a escalas humanas

Esa diferencia de escala es precisamente lo que hace que trabajar aquí resulte desconcertante incluso para quienes llevan años haciéndolo. Entre el inicio de la temporada en primavera y el cierre en otoño, el paisaje cambia de forma visible. Las rutas se rediseñan por seguridad cada pocos meses, no porque los guías quieran variar el recorrido, sino porque el terreno anterior ha dejado de ser seguro o directamente ha desaparecido. Las cuevas de hielo que un año se convierten en destino turístico al siguiente ya no existen.

Laguna proglaciar del Sólheimajökull, formada por el retroceso del hielo. | Israel Cánovas

El factor volcánico: presión y fuego

Islandia es el resultado de dos placas tectónicas que se separan lentamente. Eso significa que bajo buena parte de su superficie hay actividad volcánica constante, y que varios de sus glaciares se asientan directamente sobre sistemas volcánicos activos de gran magnitud. El Sólheimajökull no es una excepción: se encuentra en una zona próxima al Katla, uno de los volcanes más grandes del país, que permanece bajo el glaciar Mýrdalsjökull a la espera de una erupción que los geólogos llevan décadas anticipando.

La relación entre el hielo y los volcanes no es solo paisajística. Es también una cuestión de presión mecánica. El peso acumulado de kilómetros de hielo ejerce una carga enorme sobre las cámaras magmáticas situadas debajo, y esa carga contribuye a mantenerlas estables. Cuando el glaciar se funde, esa presión desaparece.

Muchos volcanes están taponados por los glaciares. Si se libera ese peso, volcanes que estaban dormidos podrían entrar en mayor actividad

No es una relación inmediata ni lineal, y los geólogos son prudentes a la hora de establecer plazos. Pero sí es una variable que ya se incorpora en los modelos de riesgo volcánico de la región. El deshielo no altera solo la superficie del país. Afecta también a lo que hay debajo.

La desaparición del albedo

Cuando el glaciar retrocede, deja al descubierto roca basáltica oscura. Esa superficie no funciona como el hielo: en lugar de reflejar la radiación solar de vuelta a la atmósfera, la absorbe. El resultado es que el entorno se calienta más rápido, lo que acelera el deshielo, que deja al descubierto más roca, que absorbe más calor. Es un bucle que se autoalimenta y que, una vez en marcha, es muy difícil de frenar.

Este efecto, conocido como pérdida de albedo, no es exclusivo del Sólheimajökull. Ocurre en todos los glaciares en retroceso del planeta, y sus consecuencias se suman a escala global. En el caso de Islandia, donde los glaciares de Islandia cubren todavía una parte considerable del territorio y regulan buena parte de su hidrología, las implicaciones son especialmente directas.

Se calcula que en 150 o 200 años los glaciares de Islandia habrán desaparecido o quedarán reducidos a las zonas más altas

Es un horizonte temporal que parece lejano pero que, en términos geológicos, es casi inmediato. Y que, en términos humanos, sitúa el fin de los glaciares islandeses dentro del alcance de generaciones que ya han nacido. Para un país cuya identidad, hidrología y economía dependen de esas reservas de agua dulce, no es una proyección abstracta. Es un problema de planificación.

Rubén Pérez, guía de Arctic Yeti, durante la travesía en el glaciar Sólheimajökull. Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Grietas y formaciones de hielo en el glaciar Sólheimajökull Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Grietas y formaciones de hielo en el glaciar Sólheimajökull Israel Cánovas
Grietas y formaciones de hielo en el glaciar Sólheimajökull Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Grietas y formaciones de hielo en el glaciar Sólheimajökull Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Cueva de hielo en el glaciar Sólheimajökull, formada por el deshielo. Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Rubén Pérez, guía de Arctic Yeti, durante la travesía en el glaciar Sólheimajökull. Israel Cánovas
Glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Dos turistas observan el glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia. Israel Cánovas
Dos turistas observan el glaciar Sólheimajökull, en el sur de Islandia.

El turismo como herramienta de choque

Acceder al Sólheimajökull requiere equipo técnico y conocimiento del terreno. La superficie fracturada, las grietas ocultas bajo capas de nieve y la inestabilidad creciente de algunas zonas hacen que moverse aquí sin experiencia sea un riesgo real. La presencia de empresas especializadas como Arctic Yeti permite que el acceso sea posible para personas sin formación técnica, aunque el debate sobre el impacto del turismo en entornos frágiles como este no está cerrado.

Lo positivo es que la gente que visita los glaciares puede concienciarse, sobre todo los más jóvenes. Es positivo que tengan esa conciencia para tener luego una opinión crítica

Pisar el hielo, escuchar cómo cruje, ver con los propios ojos la laguna que avanza donde antes no había nada: eso produce un tipo de comprensión distinta a la que genera la lectura de un informe. No es que los informes no sirvan. Es que la escala humana necesita, a veces, experiencias a escala humana para procesar lo que los números describen.

La contradicción del sector está ahí de todas formas, y los guías no la esquivan. El turismo internacional que llena los vuelos a Reikiavik genera emisiones. Esas emisiones contribuyen al calentamiento que está fundiendo el glaciar que los turistas vienen a ver. No hay forma de resolver esa ecuación con una frase. Lo que sí hay es gente que, después de pasar unas horas en el Sólheimajökull con alguien como Pérez, vuelve a casa con una idea más concreta de lo que está en juego. Al final de la ruta, la mirada hacia el valle que el glaciar ha ido abandonando lo resume mejor que cualquier cifra. La laguna sigue ahí, creciendo. El hielo sigue retrocediendo. Y los crampones siguen crujiendo sobre una superficie que no estará aquí para siempre.