En el corazón de la selva de Matavén, en el oriente de Colombia, el río avanza lento, como si arrastrara siglos de memoria. A vista de pájaro, el territorio aparece como una extensión intacta, una geografía tupida donde la Amazonía se funde con la Orinoquía en un mosaico de selva densa, cerros de piedra y aguas que lo atraviesan todo. Es un corredor biológico y cultural único, uno de los últimos grandes refugios de esa frontera difusa donde la naturaleza aún marca el ritmo de la vida.
Pero Matavén no es solo paisaje. Es un territorio vivido, habitado por pueblos indígenas que han aprendido a escuchar el bosque, a leer el cielo y a convivir con los ciclos invisibles que organizan el tiempo. Aquí, el calendario no se mide en meses, sino en lluvias, en crecidas de los ríos, en la aparición de los animales o en la maduración de los frutos. En el caso de los Piaroa, ese orden nace en la maloca, el centro del pensamiento colectivo, donde se decide cómo vivir sin romper el equilibrio.
“Somos guardianes del bosque”, relata a El Independiente Eneido Fuentes Sánchez, líder comunitario de La Urbana Matavén, sin elevar la voz. “Cuando el Dios creador repartió los territorios, dejó al pueblo Piaroa de último para que fuera responsable de todo este bosque”. En esa frase cabe una forma de entender el mundo: no como dominio, sino como responsabilidad.

"Antes esto era puro monte"
La Urbana, una comunidad de poco más de un centenar de habitantes, no existía hace apenas medio siglo. Donde hoy hay casas, huertos y senderos, antes solo había monte cerrado, animales y silencio. La historia de su fundación sigue viva en la memoria de los mayores, especialmente en la de Gloria Sánchez, una de las fundadoras y matriarca de la comunidad.
“Antes esto era puro monte. Nosotros vivíamos en otro lugar donde no había agua. Para conseguirla teníamos que caminar una hora”, recuerda. Su voz, reconstruida por su familia, recorre el origen de todo. “Un día le dijeron a mi marido: más arriba hay una laguna, allá puede fundar una comunidad porque el agua es lo más importante. Y él decidió venir”.
El movimiento tuvo un efecto radical. “Aquí no había nada, ni una casa, absolutamente nada”, cuenta. Trajeron lo que pudieron: semillas de yuca, plátano, piña. Lo demás hubo que construirlo desde cero. “Después de fundar la comunidad, íbamos trayendo las cosechas para trasplantarlas acá”.
El asentamiento no resultó sencillo. El lugar era considerado peligroso, incluso sagrado. “Había muchos animales, tigres, cosas peligrosas… nadie quería fundar aquí”, rememora Gloria. Pero su marido Juan Francisco Fuentes, alias Pancho, para un poblado que es también una familia extensa, insistió. “Decía que cuando hubiera muchos niños, con el ruido, los animales se iban a ir”. Y así fue. La comunidad creció con el tiempo, primero en familia —“hermanos, sobrinos, nietos”— y después como proyecto colectivo.
Hoy, ese crecimiento sigue un hilo invisible que conecta pasado y presente. “Lo que él pensó en ese tiempo lo estamos viviendo ahora”, resume Gloria. La escuela, las casas, los proyectos: todo formaba parte de aquella idea inicial de arraigo y continuidad.


Starlink en la selva
Pero ese equilibrio se enfrenta ahora a nuevos desafíos. La selva sigue marcando el ritmo, pero el mundo exterior ha empezado a filtrarse. En La Urbana, la electricidad llega a través de paneles solares, el agua se distribuye por un pequeño acueducto y una antena de internet satelital conecta la comunidad con el exterior.
“Antes no sabíamos qué pasaba afuera. Ahora podemos comunicarnos, buscar proyectos”, explica Eneido. Esa conexión ha abierto una puerta que la comunidad intenta gestionar con cautela: el turismo.
“Lo que buscamos es que los jóvenes se queden”, dice, en medio del éxodo de las nuevas generaciones hacia la ciudad y la minería ilegal. Richard Dorantes Fuentes, nieto del fundador, lo explica sin rodeos: “Casi la tercera parte de los jóvenes se han ido a la minería en Venezuela”. La necesidad empuja, incluso cuando el riesgo es evidente.

Frente a esa desbandada, el turismo aparece como una alternativa. “Es lo que nos está ayudando ahora. Nos permite seguir aquí”, admite Richard. No se trata de transformar la comunidad, sino de sostenerla. “Queremos trabajar sin perder lo que somos”.
Una apuesta por el turismo sostenible
Para Camilo Ortega, coordinador de Turismo de la Fundación Etnollano, el reto es precisamente convertir el turismo en una herramienta de refuerzo cultural. “Para poder compartir su cultura, tienen que fortalecerla. Preguntar a los abuelos, recuperar los saberes”, explica. En su aventura, los Piaroa cuentan con el apoyo gubernamental a través de PromoColombia.
Porque si algo está en juego es la transmisión de ese conocimiento. “Se está debilitando”, lamenta Desideria Margarita Fuentes, maestra de la escuela Andrés Bello y líder comunitaria. “Los niños ya no practican los valores ancestrales como antes”. Su preocupación conecta con la de Gloria, que observa el cambio con una mezcla de orgullo y preocupación.
“Antes no había ayuda de nadie. Todo lo hicimos nosotros trabajando”, recuerda. “Ahora veo que vienen personas de afuera, que quieren conocer nuestra cultura, y eso me hace sentir agradecida”. Pero también señala la pérdida. “Los jóvenes se van, estudian, y algunos ya no quieren regresar ni trabajar en el campo”. Aun así, insiste en lo que permanece. “La forma de convivir, de trabajar juntos, eso no se ha perdido”, dice. “La alimentación viene de la naturaleza, y eso lo seguimos conservando”.


Las nuevas amenazas
Esa relación con el entorno no es solo económica, sino espiritual. En la tradición piaroa, el mundo nace de la palabra. Los cantos, los mitos, las historias transmitidas de generación en generación son la base de su equilibrio. Todo —la caza, la siembra, la vida cotidiana— está atravesado por ese conocimiento que enseña a vivir sin romper el orden natural.
La historia de La Urbana también es la historia de una resistencia silenciosa. Durante años, la región estuvo bajo la sombra de grupos armados como las FARC, pero la comunidad logró mantenerse al margen. “Aquí no se quedaron”, recuerda Eneido. “Mi papá luchó para que no llegaran”, añade. “Se permitía que navegaran por el río, pero nunca que entraran a la comunidad”. “Le ofrecieron sembrar coca aquí y dijo que no. Que este era el lugar donde iban a crecer sus hijos y sus nietos”, apunta Richad. Esa decisión marcó el destino de la comunidad. Aunque ha habido tensiones y contactos, La Urbana y sus alrededores se han mantenido al margen de la violencia directa. “Siempre hemos defendido el territorio”, resume Eneido.

Hoy, las amenazas son otras: la minería, la presión sobre los recursos o la tentación del dinero rápido. “Hay intereses de empresas mineras y madereras que quieren entrar”, advierte Richard. La presión ya no es armada, sino económica. “Si la selva se pierde, nosotros nos perdemos”. “No permitimos que entren empresas a contaminar el agua, a deforestar el bosque y a destruir prácticamente el medio ambiente y el territorio”, subraya Eneido.
Si la selva se pierde, nosotros nos perdemos
Para los Piaroa, la naturaleza no es un recurso, sino un sistema vital. “La madre naturaleza nos da de comer, nos da de respirar, nos da de vivir”. Ese equilibrio, sin embargo, ya ha sido puesto a prueba. La gran inundación de 2018 arrasó cultivos y obligó a la comunidad a recomenzar. “Perdimos todo y tardamos dos años en recuperarnos”, recuerda. Hoy buscan formas de producción más sostenibles. “Queremos aprender a cultivar sin tumbar monte”, dice.
Al caer la tarde, el calor se disuelve y la selva cambia de tono. Los sonidos se multiplican, el río respira más lento, el aire se vuelve más ligero. Gloria, la matriarca de esta aldea conectada al mundo por la gracia del Starlink y el turismo, observa ese mismo paisaje que ayudó a construir desde la nada y resume su vida en una frase sencilla. “Ahora puedo demostrar lo que hice, cómo trabajé y cómo vivimos. Eso es lo que somos”, esboza mientras prepara un casabe, un pan plano, delgado y crujiente elaborado a partir de la raíz de la yuca y el principal plato de la dieta de los pueblos indígenas de la Amazonía.
En ese gesto —mostrar y contar a los forasteros que se adentran en la selva en la búsqueda de este pueblo hospitalario y sencillo— los Piaroa sostienen algo más que una comunidad. Reivindican una forma de entender el mundo en la que, como dice Eneido, “todo lo que hagamos tiene que ser para cuidar la selva, porque es lo que nos mantiene vivos”. “La primera resistencia la dio mi papá y hoy en día lo asumimos nosotros, la generación de mis hermanas y mis hermanos. Y ahora la queremos transmitir a esta nueva generación. Que ellos sean los que sigan cumpliendo este mismo sueño”.
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