El sábado 7 de marzo a las ocho de la tarde, 17 millones de personas sintonizaron la cadena estadounidense CBS para ver la entrevista de Harry y Meghan, duques de Sussex, con Oprah Winfrey. Tan sólo dos días más tarde, el lunes día 9, doce millones de británicos vieron su emisión por ITV (un 54% del share), una cuota de audiencia que no se veía en Inglaterra desde el final de la Copa Mundial de Rugby del 2019. Este sábado, a las 19.15, podrá verse en Antena 3 y el domingo en La Sexta, al finalizar El Objetivo.

Sin embargo, y aunque la cifra fue sin duda espectacular, Harry y Meghan no pudieron superar a la conseguida por Diana de Gales en su reveladora entrevista al programa Panorama de la BBC en 1995. Aquello fue más que expectación: aquel 20 de noviembre las calles de Londres se quedaron directamente vacías. Fue una de las entrevistas más vistas de la Historia: veintitrés millones de británicos estaban pegados a su televisor para ver a la princesa.

Desde luego, no quedaron defraudados, porque las revelaciones fueron, por decirlo con finezza, explosivas. Diana reconoció que «había tres en su matrimonio» (en referencia a Camilla), que había sufrido bulimia, que se había hecho cortes en brazos y en el pecho como un grito desesperado para pedir ayuda y que había sido ella misma infiel con James Hewitt («sí, lo adoraba. Estaba enamorada de él»). Por no decir que dejó por los suelos a Carlos (dijo que no estaba preparado para ser rey) y desafió a la mismísima Reina de Inglaterra («Yo no quiero ser reina de este país. Quiero ser reina en el corazón y la mente de la gente»). 

¿Cómo consiguió el entrevistador, Martin Bashir, que Diana accediera a semejante entrevista? Y, sobre todo, ¿por qué toda una princesa de Gales, entonces separada pero no divorciada de Carlos, aceptó desvelar por televisión semejantes intimidades? La respuesta es una historia repleta de traiciones, deslealtades, infidelidades, revanchas, conspiraciones y una larga lista de frustraciones que aquí os reproducimos. 

Acto I. Diana ataca con Andrew Morton

Muy poca gente habría podido adivinar que el tímido y afable doctor James Colthurst, especialista en radiología del hospital St. Thomas de Londres, era en realidad uno de los amigos más cercanos de la princesa Diana de Gales. Hijo de un baronet irlandés, Diana y él se conocían desde jóvenes y Colthurst siempre había sido uno de sus principales paños de lágrimas. Por ello, en 1986, mientras el mundo entero aún creía que el matrimonio de los príncipes de Gales era un cuento de hadas, él ya sabía a ciencia cierta que era una pesadilla: no había nada que hacer para salvarlo, los dos tenían amantes y, lo que era peor, Diana sufría una terrible bulimia. 

Ese mismo año, la princesa aceptó ir al hospital St. Thomas a inaugurar un nuevo escáner y mientras el afable doctor Colthurst le explicaba la importancia del equipamiento, a un joven periodista que cubría el evento no se le escapó la complicidad que había entre ellos. Por entonces, Andrew Morton era un simple colaborador novato del tabloide Daily Mail, pero le sobraba olfato y ambición, y entendió rápidamente que debía hacerse amigo de aquel encantador médico.

Puso todo su empeño en conseguirlo: hubo cafés, comidas e incluso partidas de squash. Colthurst, obviamente, no le desveló ni una coma de lo que sabía, pero Morton se fue ganando su confianza poco a poco y, con el tiempo, le dejó claro que era de fiar. Un buen día le comentó que iba a escribir un libro sobre Diana. Ya había escrito otro antes, Diana’s Diary (el Diario de Diana), una cursilada increíblemente edulcorada pero que dejaba a la princesa en un pedestal. Ahora la idea era una biografía. Morton insinuó a Colthurst sibilinamente que si Diana quería explicar algo que no hubiera dicho nunca, él podría ponerlo por escrito. 

Sin que él lo supiera, aquel ofrecimiento llegó en el momento oportuno. Diana estaba sumida en tal nivel de depresión que temía explotar y, por ello, presa de la desesperación y sin calibrar bien las consecuencias, creyó ingenuamente que se le abría una oportunidad de oro: era el momento de explicarle al mundo la verdad o, al menos, su particular versión de los hechos. Por lo que accedió a colaborar. Morton recibió una llamada telefónica de Colthurst diciendo que Diana aceptaba. 

Eso sí, obviamente, nadie podía saber de su implicación y se tomaron medidas para que nadie sospechara. Para empezar, Morton y ella no se vieron nunca, y fue Colthurst quien se encargó de hacerle llegar las preguntas y grabar las respuestas en unas cintas que transportaba en la cesta de su bicicleta.

Como Colthurst era conocido por los guardias de la entrada y el servicio, nadie pensó nada raro al verlo aparecer cada semana por el palacio de Kensington, residencia londinense de Diana, y el establishment no intuyó lo que realmente tramaba la princesa hasta que fue demasiado tarde.

No se eligió como editorial a uno de los grandes nombres de la industria, sino a una pequeña compañía, O’Mara Books, de la que prácticamente nadie había oído hablar

Aparte, no se eligió como editorial a uno de los grandes nombres de la industria (sus mandamases solían ser de la clase alta y con contactos directos con Buckingham), sino a una pequeña compañía, O’Mara Books, de la que prácticamente nadie había oído hablar. Como fuentes, Morton podría nombrar a una serie de amigos de Diana y, si era preguntado, se negaría tajantemente la existencia de las cintas (no fueron publicadas hasta años después de la muerte de ella). 

Durante varias sesiones, Diana respondió diligentemente a las cuestiones: su infancia, desveló, había sido un desastre; había visto como su padre humillaba a su madre; se había casado con Carlos completamente enamorada pero supo que él no la quería desde el principio; Camila estuvo siempre ahí; días antes de la boda, oyó como Carlos le decía a Camila «pase lo que pase, siempre te amaré»; la bulimia comenzó días antes del enlace después de que Carlos le dijera que tenía una tripa gorda; su marido la hacía sentir una incompetente y le recordaba continuamente lo mal que lo hacía todo; ella se hacía cortes en los brazos y en el pecho; había intentado suicidarse varias veces; en una ocasión lo intentó cuando estaba embarazada de Guillermo, su primer hijo, y lo hizo tirándose por las escaleras del castillo de Sandringham, el lugar donde la familia real pasa la Navidad. 

Cuando Morton pulsó el play y escuchó la voz de la mismísima Diana de Gales explicando semejantes intimidades explosivas, no dio crédito. Tampoco la editorial se lo creyó al principio y exigió algún tipo de pruebas. Diana sustrajo unas cartas de Carlos y Camila que su aún esposo guardaba en su despacho de Highgrove e hizo que llegaran a los editores. Aquellas misivas no dejaban lugar a dudas y el libro siguió adelante. Días antes de que se publicara, el muy prestigioso Sunday Times accedió a avanzar algunos de los episodios más escabrosos.

El 7 de junio de 1992 el ‘Sunday Times’ llevaba un titular demoledor: ‘Diana sufrió cinco intentos de suicidio provocados por un Carlos ‘indiferente»

El domingo día 7 de junio de 1992, el príncipe Carlos de Gales y su esposa, Diana, bajaron a desayunar al enorme comedor de Highgrove, su residencia campestre en Tetbury, en el condado de Gloucestershire. Como de costumbre, la mesa ya estaba preparada con tazas, platos, los frascos de muesli de él, mucha fruta fresca para ella y los periódicos del día en un extremo. Aquel día, sin embargo, el desayuno se les iba a atragantar a ambos. En portada, el Sunday Times llevaba un titular demoledor que no dejaba indiferente a nadie: «Diana sufrió cinco intentos de suicidio provocados por un Carlos indiferente«. 

Al verlo, el príncipe no se inmutó un ápice y lo leyó serenamente como si no tuviera nada que ver con él. Después de desayunar dio un paseo por los alrededores de la casa y, más tarde, subió a la habitación de su esposa para comentar lo sucedido. Al cabo de un rato, Diana salió de su cuarto con la cara hinchada del llanto y partió rápidamente a Londres.

Carlos aún no conocía todos los detalles, pero sabía perfectamente que su esposa estaba detrás de semejante exclusiva. Lo que no podía intuir, ni de lejos, es hasta dónde se había atrevido a llegar Diana. Cuando el libro finalmente fue publicado y pudo leerlo, no dio crédito: aquello no era una simple treta más de las muchas que había hecho su esposa; aquello era una declaración de guerra. 

Pero se equivocaba: aquello era mucho más. Aquello era el principio de una bomba que iba a estar a punto de destruir la monarquía. 

Acto II: Carlos contraataca

Para Carlos de Inglaterra, además, aquello era la prueba irrefutable de que ya no había nada que hacer para salvar aquella unión que llevaba demasiado tiempo rota. El matrimonio se reunió en Kensington el 8 de junio y decidió separarse formalmente. 

El libro de Morton, Diana: Su verdadera historia, tuvo otra desagradable consecuencia: la prensa, hasta entonces muy comedida a la hora de publicar los rumores sobre la familia real, entendió que ahora tenía barra libre.

A partir de ese momento, no hubo día en que los tabloides no llevaran en portada toda clase de información sobre indiscreciones, infidelidades y escarceos de los hijos de la reina

A partir de ese momento, no hubo día en que los tabloides no llevaran en portada y con mayúsculas toda clase de información sobre indiscreciones, infidelidades y demás escarceos de cualquiera de los hijos de la reina Isabel II. Fergie, la esposa de Andrés, apareció en topless en el sur de Francia mientras un asesor financiero le chupaba los dedos de un pie. Unas picantes grabaciones de Diana con uno de sus amigos íntimos, James Gilbey, llegaron a manos del The Sun. A los pocos días, también llegaba una grabación al Daily Mirror, esta vez con la voz de Carlos reconociendo que quería transformarse en un tampax de Camila.

El Camillagate, como pronto lo bautizó la prensa, hundió a Carlos en la absoluta desesperación. Llevaba años harto de estar a la sombra de su bellísima y glamurosa esposa, sin que nadie en la prensa le hiciera caso. Resultaba humillante ir a los sitios sólo para que el público corease vociferante el nombre de Diana y a él lo rebajasen a un simple portador de ramos de flores para su mujer.

Carlos quería que la gente también se congraciara con él y, sobre todo, reconociese las muchas contribuciones que estaba haciendo. Desde luego, no hay duda de que fue un auténtico pionero en la defensa del medio ambiente y la fundación que impulsó, The Prince Trust, ayudó a miles de jóvenes a encontrar trabajos, desarrollar sus propias empresas y salir de la marginación.

Carlos era visto como un marido indiferente e infiel (que lo era) y un padre distante y frío (que no lo era), un tipo estirado y arcaico que representaba al vetusto establishment

Sin embargo, nada de esto se valoraba en exceso, e incluso su obsesión por la conservación del planeta era considerada un rasgo excéntrico. Carlos era simplemente visto como un marido indiferente e infiel (que lo era) y un padre distante y frío (que no lo era), un tipo estirado y arcaico que representaba al vetusto establishment (que solo era verdad en parte). 

Harto de que lo vilipendiasen y desestimasen, decidió dar un paso al frente claramente desesperado: aprovechando que palacio había dado el visto bueno a un vídeo en ocasión del 25 aniversario de su investidura como príncipe de Gales, Carlos decidió transformarlo en un documental sobre su vida, sus pasiones y su rol como futuro Rey de Inglaterra. Buckingham reaccionó horrorizado a la idea («la prensa sólo va a querer que responda a una cosa: si es verdad lo de Camila»), pero Carlos hizo oídos sordos y llamó a un reputado y muy prestigioso periodista de la BBC, Jonathan Dimbleby.

La idea era rodar un documental y, luego, sacar una biografía autorizada del príncipe para la cual le darían a Dimbleby acceso exclusivo a documentos personales nunca antes vistos. 

La idea funcionó sólo en parte: Dimbleby, un hombre del establishment y también un apasionado de temas medioambientales, dedicó tres cuartas partes del documental a hablar en términos elogiosos a la obra social del príncipe. Carlos salía en viajes oficiales, atendiendo un sinfín de eventos, hablando con personas con dificultades, con jóvenes que no tenían esperanzas y granjeros que luchaban por sobrevivir. Salía con sus hijos, dando paseos por el campo y pintando acuarelas. 

Pero todo el loable esfuerzo de limpieza de imagen no sirvió de nada cuando, a los cuarenta y cinco minutos más o menos, Dimbleby comenzó a inquirir sobre su matrimonio. «¿Fue usted fiel y leal a su esposa?», preguntó. «Sí, por supuesto», contestó Carlos. Si se hubiera callado, no habría pasado nada, pero Carlos no sabía morderse la lengua, y tras un segundo de silencio incómodo, añadió: «Hasta que el matrimonio quedó irreparablemente roto». 

La entrevista fue emitida por televisión el 29 de junio de 1994. Los titulares del día siguiente no le dieron tregua: «Carlos reconoce que fue infiel a Diana» copó las portadas de todos los diarios. 

Acto III: Diana pasa al contraataque en la BBC

A pesar de que toda la nación se rió abiertamente de Carlos por su metedura de pata («no es el primer príncipe de Gales que tiene una amante, pero sí el primero que lo reconoce en televisión delante de una audiencia de millones de personas»), Diana no le vio en absoluto la gracia y entendió lo que muy pocos supieron ver por entonces: que a pesar del bochorno, ahora Carlos y Camilla podrían formalizar abiertamente su relación y dejarse ver en público. Aquello —pensó Diana acertadamente— era el primer paso para que se acabaran casando algún día. Aparte, era la triste constatación de que, mientras Carlos tenía una pareja estable, ella estaba completamente sola.

Ahora era Diana la que estaba hundida en la desesperación. Pronto, además, se le acumularon un sinfín de problemas. 

Si bien después de la separación, Diana comenzó con una estrategia muy inteligente para reforzar su papel como humanitaria en ciernes y se consolidó como una auténtica celebridad global mezclando glamour, viajes por todo el mundo y ayuda a los más desfavorecidos, el hecho de sentirse que lo que estaba perdiendo todo —a sus hijos, su estatus como princesa, lo poco que quedaba de su matrimonio— la sumió en una profunda depresión. Que la prensa no la dejara ni un segundo libre y publicara todo tipo de fotografías e informaciones —algunas no necesariamente piadosas— no ayudó un ápice. 

Agobiada por todos los lados, Diana decidió hacer lo que siempre hacía cuando se sentía perdida: tomar una decisión drástica. Decidió dejarlo todo y, en un discurso poco calibrado, anunció que se retiraba de la vida pública y dejaba de ayudar a las centenares de organizaciones con las que estaba asociada (sólo mantuvo el patronazgo de unas pocas). No sirvió de nada: el supuesto exilio de los focos sólo consiguió que fotografías suyas valiesen aún más caras. 

Aparte, Diana se quedó sin saber qué hacer exactamente con su vida. Si no se dedicaba a hacer obras de caridad, ¿qué haría exactamente? No tenía estudios y su profesión antes de casarse había sido de ayudante en una guardería y limpiadora en casa de su hermana. Por no decir que le encantaban las cámaras: no había duda de que tenía una relación casi sadomasoquista con ellas, pero brillaba ante los focos y disfrutaba con la atención que recibía. 

Varios aliados de su marido comenzaron una campaña bien orquestada para hacer creer que Diana estaba loca y que había sido eso lo que había roto su matrimonio

Además, Diana se comenzó a poner muy nerviosa con la pérdida de reputación en la opinión pública. Varios aliados de su marido comenzaron una campaña muy bien orquestada para hacer creer que Diana estaba loca y que había sido un inestabilidad mental lo que había roto su matrimonio y no Camila. La imagen de una princesa caprichosa, pueril, superficial, malcriada y derrochadora estaba calando poco a poco. 

Que por aquel entonces se fuese a publicar un libro donde se explicaba su relación amorosa con un antiguo amante fue lo que encendió todas las alarmas. Diana sabía que James Hewitt, un oficial de caballería con el que Diana había estado durante varios años, había colaborado con la periodista Anna Pasternak, del Daily Express, para escribir un libro, titulado Princess in Love (la princesa enamorada), donde se explicaba con todo lujo de detalles su tórrida historia de amor. 

Horrorizada y presa del pánico, Diana retomó la iniciativa: ahora iba a ser ella quien hablase a las cámaras, lo contase todo y dejase claro que ella había sido una víctima inocente de todo un sistema: la habían explotado, humillado y destrozado, y por ello, no le había quedado otra que refugiarse en los brazos de amantes. No sería un documental, sino una entrevista, y Diana estaba dispuesta a desvelar hasta el más mínimo secreto. 

Sin embargo, sabía que los obstáculos iban a ser formidables y para llegar a grabar la entrevista se tuvo que poner en marcha una operación parecida a una película de James Bond. Martin Bashir, astutamente, no dijo nada a la junta directiva de la BBC hasta el último instante y se llegaron a falsificar cheques y documentos para sembrar pistas falsas. 

La entrevista en la BBC se grabó en el aniversario del intento fallido de hacer explotar el edificio del Parlamento y matar al Rey en 1605

El domingo 5 de noviembre, se grabó la entrevista. A nadie se le escapó el significado histórico de esa fecha: semejante día, pero de 1605, se había producido el conocida como  «complot de la pólvora», el intento fallido de hacer explotar el edificio del Parlamento y matar al Rey de Inglaterra. Simbólicamente, Diana iba a hacer lo mismo: iba a destrozar el mismísimo Buckingham de un solo tiro. 

El equipo de grabación llegó en cajas al palacio de Kensington, la residencia londinense de Diana, aquel mismo domingo. Para no levantar sospechas, la princesa había dicho que esperaba un nuevo sistema de audio para su apartamento. Se enfundó un traje de dos piezas negro muy ejecutivo, y se peinó y maquilló ella misma (astutamente, se puso un fuerte eyeliner en la parte inferior del ojo para resaltar la tristeza de su mirada). Como muestra de despecho, la entrevista se hizo en la misma sala que había servido de despacho a Carlos cuando aún la pareja vivía bajo el mismo techo. 

Las primeras preguntas fueron un simple fogueo. Diana comentó que nadie la había preparado para asumir sus responsabilidades. Dijo que, a pesar de las dificultades, se había esforzado porque su matrimonio funcionara y creía que su marido y ella habían hecho un buen equipo. Sin embargo, por culpa del establishment y la presión de los fotógrafos, todo había saltado por los aires. 

Pero enseguida se llegó a la gran detonación. Diana reconoció abiertamente que había sufrido bulimia, que se había hecho daño y que había pensado en quitarse la vida. Y, sobre todo, pronunció la frase que pasó a la posteridad: “There were three of us in this marriage. So it was a bit crowded” (éramos tres en este matrimonio, con lo que estaba demasiado concurrido). El público quedó tan atónito que cuando la princesa reconoció que había estado con James Hewitt, nadie prestó demasiada atención. 

La bomba había estallado. Nunca nada volvería a ser igual ni en su vida ni en la de su marido ni en la monarquía británica. 

Y todo esto comenzó porque Diana había decidido, hacia años, que alguien debía escribir un libro. 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.