La familia real británica sabía de sobra que Meghan y Harry iban a dar un auténtico bombazo el domingo día 7 de marzo cuando a las ocho de la noche, hora de la costa este estadounidense (una de la madrugada en Londres), la cadena CBS emitiese la entrevista de dos horas que Oprah Winfrey había hecho a los duques de Sussex.

Desde hacía días, la cadena había desvelado un par de teasers de treinta segundos donde quedaba claro que Harry y Meghan habían ido a por todas. Y si alguien albergaba dudas, Oprah fue tajante: «Quiero que quede claro que no se ha descartado ningún tema».

«La Reina no va a ver la entrevista», fue la reacción inmediata de Buckingham, mientras en paralelo se filtraba a la prensa que Meghan había maltratado (bullied, en inglés) a varios de sus colaboradores mientras vivía en Londres. Incluso se dejó claro que hubo una queja formal de los trabajadores al departamento de Recursos Humanos de palacio en 2018 por este asunto. 

Pero la campaña de desprestigio —fundada o no—, sirvió de poco para contener el interés del público en la entrevista a Oprah. Buckingham Palace sabía perfectamente que iban a salir declaraciones incendiarias y, sobre todo, temía lo que acabó pasando: que Meghan Markle, hija de un hombre blanco y una mujer negra, los iba a acusar abiertamente de racistas.

Que Meghan Markle desvelara que se habían hecho comentarios hirientes sobre el color de la piel de su hijo ha caído como una losa en el Reino Unido

En el Reino Unido hay una sensibilidad especial hacia temas raciales y multiculturales —casi al mismo nivel que en Estados Unidos—y, por ello, se cuida hasta la mínima cualquier palabra, expresión o referencia. Que Meghan Markle desvelara que se habían hecho comentarios hirientes sobre el color de piel de su hijo ha caído como una losa en el país y ya hay políticos que han exigido a Buckingham una explicación sobre lo sucedido. 

Aparte, estaba el tema de la salud mental, otro gran tema sobre el cual hay una sensibilidad especial en el país. Las estadísticas, desde luego, son terribles: en el año 2019, 5.691 ingleses se quitaron la vida, el suicidio es ya la primera causa de muerte entre hombres menores de 45 años y la ratio de suicidio entre mujeres menores de 25 años ha crecido un 93,8% desde el 2012.

En los últimos años han proliferado proyectos, organizaciones e iniciativas para intentar contener esta epidemia e incluso los propios Harry y Meghan participaron en multitud de actos para concienciar sobre la importancia de la salud mental. Por ello, que ayer Meghan reconociese abiertamente que había pensado en el suicidio mientras estaba embarazada de cinco meses tocó la fibra sensible a mucha gente. 

Pero más allá de estos dos temas, Buckingham temía sobre todo que la historia se repitiese y que Meghan saliese de la entrevista transformada en una víctima del vil establishment del mismo modo que Diana salió después de su famosa entrevista con Martin Bashir para el programa Panorama de la BBC en 1995. 

Paralelismos entre Meghan y Diana

Las dos entrevistas, desde luego, tienen más de un paralelismo. Diana reconoció públicamente que había sufrido bulimia y se había hecho cortes en los brazos como un grito desesperado para pedir ayuda; Meghan reveló que pensó seriamente en el suicidio. Diana aseguró el establishment la odiaba y absolutamente nadie la ayudó cuando más lo necesitaba; Meghan tampoco contó con nadie más allá de su marido.

Diana tuvo que aguantar que la tildasen de «loca» e «inestable»; Meghan sufrió comentarios racistas e incluso aseguró que Archie no tiene el título de príncipe porque no es blanco. Diana dejó clarísimo que Carlos no sólo había sido un marido pésimo, sino que no estaba capacitado para ser rey; Harry ayer dejó claro que su padre no lo había ayudado financieramente y que el matrimonio había tenido que sobrevivir con la herencia que le había dejado a Harry su madre (unos 13 millones de libras esterlinas). 

La entrevista también fue un suculento negocio para sus productores, que cobraron entre 7 y 9 millones de dólares de CBS por los derechos para emitir la entrevista, según ha informado el Wall Street Journal, que subraya que la pareja no cobró nada por participar. 

Meghan se casó con 35 años, siendo ya divorciada y difícilmente podía ignorar cómo funciona la familia real británica tras los escándalos de los Windsor en los 90

También se ha dejado claro que Meghan sabía perfectamente lo que hacía y dónde se metía cuando se casó con Harry. Diana pudo alegar que ella era una joven inexperta de tan sólo diecinueve años cuando pasó por el altar, pero con Meghan esta explicación no cuela. Aunque ayer en la entrevista la duquesa de Sussex repitiese que «no sabía nada de la monarquía», «soy americana y aquí no conocemos bien a la familia real» y «fui muy ingenua», la verdad es que se casó con 35 años, siendo ya divorciada, y después de los escándalos de los Windsor en los años 90 no hay alma humana en el planeta que no sepa cómo funciona Buckingham y la familia real británica por dentro.

Aparte, según ella, no buscó en internet nada sobre Harry cuando los presentaron. En un momento en que cualquier hijo de vecino lo primero que hace cuando conoce a un posible ligue —ya no digamos un famoso príncipe—es buscar su nombre en Google, cuesta creer que ella no lo hiciera. De hecho, no se lo cree nadie. 

Aspiraba a ser la nueva ‘princesa del pueblo’

Hay que reconocer, sin embargo, que Meghan Markle sí que fue muy ingenua en un aspecto: creyó que podría ser otra «reina de corazones», la nueva “princesa del pueblo”, la reencarnación de Diana en su versión siglo XXI: birracial, abiertamente feminista, políticamente comprometida y con una fuerte vena humanitaria.

Meghan creyó ilusamente que, por el mero hecho de ser actriz extranjera, casarse con un hijo de Diana y haber hecho unas cuantas obras humanitarias (por muy bienintencionadas que estuvieran) iba a transformarse en una mezcla entre Grace Kelly y Angelina Jolie con tiara. 

Ya en la primera entrevista que concedió la pareja, justo después de anunciarse su compromiso, anunciaron que querían convertirse en los humanitarios más famosos de la Tierra y desvelaron que siempre hablaban entre ellos de «cómo cambiar el mundo», lo que sonaba un poco presuntuoso teniendo en cuenta que él tan sólo era el sexto en la línea de sucesión a la Corona británica y que ella sólo era una actriz de una serie de televisión que muy poca gente conocía.

 

En su primer año como royal, Meghan Markle puede haberse gastado más de 250.000 euros solo en ropa y otros 3,5 millones de euros en la reforma de la casa que les dio la Reina

Aparte, pronto comenzaron un tren de vida que muchos tildaron de pura hipocresía. Mientras hablaban de la pobreza y los más desfavorecidos, ellos gastaban dinero a espuertas. Se calcula que, en su primer año como royal, Meghan Markle puede haberse gastado entre 250.000 euros y 420.000 euros solo en ropa. A lo que hubo que sumar que los Sussex se dejaran la friolera de 3,5 millones de euros en la reforma de la casa que les dio la Reina.

Luego vino el famoso baby shower (una tradición estadounidense antes de dar a luz por la que las amigas de la futura madre le hacen regalos): Meghan organizó el suyo en Nueva York, en un hotel de lujo y todo el tinglado acabó costando medio millón de dólares más. 

También estaba el tema de los viajes en jet privado de la pareja. Si bien Harry y Meghan se dedicaban día y noche a dar lecciones sobre el clima, ellos no tenían inconvenientes en emplear exclusivos —y muy contaminantes— aviones privados que les prestaban sus amigos millonarios para ir de vacaciones.

Por no decir que su obsesión con la privacidad ha sido en momentos surrealista. Rompiendo todas las tradiciones, no se hizo público el hospital donde nació Archie, el primer hijo de la pareja. Tampoco el nombre de sus padrinos cuando lo bautizaron. En otra ocasión, en un torneo de tenis de Wimbledon, un lugar público, Meghan Markle exigió que no la fotografiara un espontáneo con un móvil. 

Imagen distorsionada en los tabloides

En realidad, fueron estos excesos por su parte los principales detonantes de que muchos tabloides británicos se cebasen sin piedad con la pareja desde el principio de su vida pública. Aunque, siendo sinceros, también hay que reconocer que muchos aprovecharon la ocasión para exagerar a lo grande y acusar a los Sussex de cosas absurdas. 

Meghan Markle fue injustamente vilipendiada sólo porque se tocaba la barriga mientras estaba embarazada (se dijo que lo hacía «por vanidad»). También la acusaron de comer aguacates (sí, ¡aguacates!), una fruta que, según algunos medios, «provoca sequías, hambrunas e incluso guerras».

Su tendencia a coger del brazo de su marido se vio como un gesto de clara dominación —o de sumisión, según el día. Su gusto por llevar moños poco tiesos —¡y que le saliesen unos mechones!— se vio como un pecado imperdonable. Llevar tacones durante el embarazo hizo que muchos la acusaran de estar poniendo la vida de su hijo en riesgo.

Los tabloides la describieron como una actriz de poca estofa, ávida de poder, desesperada por el dinero y corroída por la ambición que se casó con un príncipe al que apenas conocía

Meghan se quejó en la entrevista que la prensa había fabricado numerosas mentiras contra ella. Y es cierto que, desde el principio, los tabloides la describieron como una actriz de poca estofa, ávida de poder, desesperada por el dinero y corroída por la ambición que se casó con un un príncipe al que apenas conocía. Una mujer sin escrúpulos que había dejado atrás a su propio padre y amigos para codearse únicamente con celebrities de Hollywood. Por cierto, aunque Oprah aseguró que no había habido temas tabú, no hubo ni una sola pregunta sobre la familia de ella (tan sólo se trata con su madre). 

El propio Harry también tuvo que sufrir con la nueva narrativa. Hace unos pocos años, era el miembro más popular de la monarquía e incluso el Daily Mail publicó un artículo en que decían que ojalá Harry fuese el futuro rey. Sin embargo, de la noche a la mañana pasó a convertirse en un vulgar calzonazos, histérico y pueril que estaba dispuesto a cargarse a su propia familia para cumplir cualquier deseo de su mujer.

Cualquier intento que Harry hizo por controlar las críticas de la prensa a Meghan se explicó como el acto patético y desesperado de un hombre totalmente subyugado por su maquiavélica esposa. 

No es de extrañar, por ello, que Meghan se haya sentido sola y marginada en  Inglaterra, completamente infeliz, y es más que probable que la situación la superara hasta el punto que llegara a pensar en el suicidio. Razones para la depresión, desde luego, tenía. 

Pero hay que insistir en que partía de una visión distorsionada de que lo que ella creía que iba a ser su vida. Como número seis en la línea de sucesión a la corona, el destino de Harry era acabar olvidado, completamente marginado de palacio y relegado a funciones meramente testimoniales. Buckingham no iba a ponerlo jamás en primera fila ni iba a tolerar que asumiera un protagonismo excesivo que eclipsara a los demás. De hecho, mucho antes de que Meghan entrara en escena, el carisma de Harry (no hay duda que fue él quien lo heredó de su madre y no su hermano) estaba levantando algunas ampollas en palacio. 

Choque cultural

Aparte, había un tema cultural. Estadounidense de nacimiento (nació en Los Ángeles en 1981), Meghan no creció en el sistema inglés, marcado por férreos códigos culturales, obsesionado con las clases sociales y desconfiado de cualquier injerencia extranjera. Se ha dicho hasta la saciedad que Meghan no encajó en su nueva vida en Inglaterra a causa del racismo y, aunque es más que probable que racismo hubiese, éste no ha debido ser el principal motivo. Más bien todo apunta a un clasismo atroz y a un arrogante sentimiento de superioridad del establishment hacia una americana, actriz para más señas. 

Además, en plena Inglaterra del Brexit y del post-Brexit, imbuida en un odio visceral hacia lo «políticamente correcto», que Meghan fuese abiertamente política y defensora del multiculturalismo no ayudó. La monarquía parlamentaria, al fin y al cabo, tiene que ser apolítica por definición. Por no decir que a los ingleses no les apetece que les den lecciones de moralidad cuando te estás gastando dinero público —su dinero— de forma desmedida. 

Meghan venía de un modelo estadounidense de celebrity advocacy que en Inglaterra chirría, incluso molesta. En Estados Unidos, donde el culto y la obsesión por las celebrities es algo digno de estudio, se entiende que alguien cobre miles de millones, viva en mansiones y disfrute de un tren de vida impensable para la mayoría de la población pueda dar discursos moralizantes y condescendientes sobre la importancia de ayudar a los pobres. Es más, se aplaude. En Inglaterra, en cambio, se ve como pura hipocresía.

Meghan Markle no entendió nunca que en Londres no puedes hablar de la lucha contra la pobreza mundial vestida con un carísimo traje de diseñador. Extranjero, encima (Meghan vestía con frecuencia ropa de la casa de alta costura francesa Givenchy). 

Un nuevo principio

No se puede decir, además, que a los Sussex les vaya mal en su nueva vida. No viven en Inglaterra, ni usan el palacio de Kensington, ni llevan las espectaculares joyas de la familia real, pero siguen disfrutando del título de Duques de Sussex y viven en una espectacular mansión valorada en casi 15 millones de dólares (unos 12,6 millones de euros). Situada en Montecito, un barrio exclusivo de Santa Bárbara, a dos horas de Los Ángeles, sus vecinos son ahora Gwyneth Paltrow, Ellen DeGeneres y Ariana Grande. 

El príncipe Carlos ya no les pasa —supuestamente— dinero ni reciben fondos públicos de las arcas británicas, pero el año pasado se anunció que Harry y Meghan habían firmado un millonario acuerdo con Netflix y que habían creado su propia productora, Archewell Productions. No se hizo pública la cifra exacta que les habrían ofrecido, pero US Weekly avanzó que podría rondar los cien millones de dólares. También firmaron un acuerdo con Spotify para hacer podcasts, aunque la cifra de dinero en este caso no ha trascendido. 

Harry y Meghan ya no podrán ser los nuevos Carlos y Diana pero sí unos nuevos Obama o unos nuevos Clooney, que es lo que Meghan quería desde el principio

Harry y Meghan, desde luego, ya no podrán ser los nuevos Carlos y Diana, pero sí unos nuevos Obama o unos nuevos Clooney, que es al fin y al cabo, lo que Meghan quería desde el principio.

Ahora es duquesa, millonaria, mundialmente famosa y, encima, no tiene que aguantar un enfermizo protocolo de Buckingham ni la lluvia de Londres. Aunque ayer salió con cara mustia y derramó alguna que otra lágrima, debería estar feliz: para ella, en el fondo, su vida ahora sí que es un cuento de hadas. 

La pregunta es, en realidad, si para él también lo es. Y aquí hay muchas dudas. No hay duda de que Harry es una copia exacta de su madre: no destaca por su intelecto, pero sabe empatizar como nadie. Es espontáneo, le apasionan las causas humanitarias, domina la comunicación como pocos y sabe brillar, pero también es impulsivo, irreflexivo y tiene una excesiva tendencia a hundirse en una melancolía peligrosa. Muchas veces —últimamente, casi siempre— se le ve taciturno, completamente perdido, sin saber qué hacer con su vida.

Ha ganado una mujer y dos hijos (desvelaron que están esperando una niña), pero ha perdido totalmente el contacto con su padre y, sobre todo, con su hermano, con quien siempre ha estado muy unido. Ya no puede llevar distinciones honoríficas del ejército, cosa que le desquicia, y se va a tener que acostumbrar a vivir en Hollywood, un mundo totalmente alejado de lo que él está acostumbrado. 

Además, con la entrevista ha dinamitado prácticamente todos los puentes que quedaban con su vida anterior. Su madre se acabó arrepintiendo de haber dado la entrevista en la BBC en 1995. Todo apunta a que Harry también podría arrepentirse pronto de haber hablado demasiado en televisión con Oprah Winfrey. 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.