Cuando el jefe del gobierno del Land de Baviera le dijo que tenía sonrisa de pitufo, el vicecanciller Olaf Scholz le dijo: «Son pequeños, astutos y siempre ganan». Markus Söder, líder de la CSU, partido socio de la CDU, habrá recordado sus palabras. El robótico Scholz es el claro ganador de las elecciones, ya que la ventaja de los socialdemócratas, con la que ni siquiera ellos soñaban a principios del verano, tiene mucho que ver con la personalidad del candidato.

Markus Söder está en el equipo derrotado en estas elecciones, la Unión, a pesar de que el candidato conservador, Armin Laschet, de la CDU, lucha por sobrevivir y por ello mantiene que es posible una coalición Jamaica, con Verdes y Liberales. Los números darían pero como arranque para negociar hasta el propio Söder lo ve anómalo.

Scholz ha dicho de forma contundente que el mandato de los electores es claro: tres partidos han ganado, SPD, Verdes y Liberales, y la Unión ha perdido y ha de ir a la oposición. El vicecanciller está dispuesto a encabezar la «coalición de ganadores». El SDP se ha recuperado de la debacle de 2017, cuando se hundió con el 20,5% de los votos y 153 diputados. Ahora ha llegado al 25,7% de los votos, 206 escaños, de los 735 del Bundestag.

En primavera los socialdemócratas apenas superaban el 15% y han llegado a la recta final con 10 puntos más en un sprint que ni los más optimistas auguraban. La estrategia del partido más antiguo de Alemania ha sido ofrecer continuidad y cambio a la vez. Scholz como vicecanciller de Angela Merkel combinaba la experiencia de gobierno y la fiabilidad con la esperanza de un cambio moderado por los pactos que pueda consolidar.

Y, dada la popularidad de Merkel, ha explotado todo parecido con la canciller, incluso ese gesto con las manos en forma de corazón que se identifican con ella. Alguna vez ha explicado Merkel que lo empezó a hacer para saber qué hacer con las manos. Por sentido práctico.

Como muchos alemanes iban a buscar sin éxito a Merkel en la papeleta, Scholz se ofrecía como el más merkeliano de los candidatos. Como a Merkel a Scholz le consideran un candidato de teflón, porque todo le resbala y no le afecta, ya sean escándalos financieros o críticas de adversarios.

Ganó los debates, según los sondeos, gracias a una táctica que suele dar buenos resultados. Cuanto menos hablas menos te equivocas. Fue el mejor en los debates porque no cometió errores. Los sondeos ya le eran favorables y se trataba de no meter la pata como había hecho Laschet con su carcajada en las inundaciones.

En lugar de disimular su apariencia anodina y robótica, ha sabido trasladar a los alemanes que son señales de su fiabilidad. Sí, parece un contable pero a un alemán no le irrita que gestione el país alguien sin chispa pero eficaz.

Quienes le conocen afirman que es empático en las distancias cortas y que tiene un fino sentido del humor. A los alemanes les gustan como gobernantes gente seria que luego en las distancias cortas desprende sencillez. Como Merkel, que aborda con la misma naturalidad una cumbre con Putin que una incursión en el supermercado local.

Marxista en su juventud, pragmático en la madurez

Olaf Scholz nació un 14 de junio de 1958 en Osnabrück. Su padre trabajó como directivo en empresas textiles y creció un barrio de clase media de Hamburgo. Ingresó en las Juventudes Socialistas cuando aún estaba en el instituto. En aquella época se instaló en Hamburgo-Altona, un barrio obrero conocido por sus agitadores de izquierdas. En aquella época denunciaba el imperialismo de Estados Unidos.

De joven escribía sobre «el imperialismo de la OTAN» y retrataba Alemania como «un bastión de las altas finanzas»

En la Revista de Política y Economía Socialista escribía sobre el necesario «triunfo sobre la economía capitalista», hacía llamamientos contra «el imperialismo de la OTAN» y describía Alemania como «un bastión de las altas finanzas», como escribe Jeremy Clive, redactor jefe de Internacional en The New Statesman.

Poco después se moderó y, tras estudiar Derecho, trabajó como abogado laboralista. En esa época representaba a sindicatos y cooperativas. También se ocupó de casos relacionados con el desmantelamiento de las industrias estatales de Alemania oriental.

El ‘comeback kid’ ligado a Hamburgo

Para entender a Scholz hay que saber que proviene de Hamburgo, una ciudad dominada por su puerto integrada en la Liga Hanseática. El comercio es una forma de vivir y forja el carácter de los que viven en Hamburgo, contenidos, fiables y pragmáticos. Son cualidades que ayudan para pactar acuerdos, ya sean comerciales o políticos.

De Hamburgo es uno de los popes de la socialdemocracia alemana, Helmut Schmidt, quien fuera mentor de Olaf Scholz. De Schmidt es conocida su máxima: «Quien tenga visiones que vaya al oculista». Podría ser de Scholz.

En 1998, cuando los socialdemócratas ganaron con casi un 40% de los votos las elecciones, y formaron gobierno con los Verdes, Olaf Scholz entraba en el Parlamento federal como diputado por primera vez. Ese mismo año se casó con Britta Ernst, que ahora es ministra de Educación en Brandemburgo, también socialdemócrata.

En 2000 fue elegido líder del SPD en Hamburgo, un bastión socialdemócrata. Allí asumió la cartera de Interior y estuvo envuelto en severas críticas por su forma de imponer la ley y el orden en una ciudad donde los traficantes de droga estaban ganando fuerza y se aprovechaba de ello la derecha.

Como los traficantes se solían tragar la droga para evitar que los pillaran, aprobó que se les pudieran dar medicación para vomitar en las comisarías. El SPD perdió las elecciones locales y Scholz se vio envuelto en un escándalo tras la muerte de un traficante nigeriano tras ingerir un vomitivo.

Dio un salto de Hamburgo a Berlín en 2002 para ejercer allí como secretario general del partido. Era la época en la que Schröder impulsó las reformas laborales conocidas como Agenda 2010 y que luego puso en marcha la canciller Merkel.

Como secretario general del SPD tenía que convencer a los militantes y dirigentes de las bondades de la Agenda 2010 de Schröder

La misión de Scholz en aquel momento era difícil, ya que tenía que convencer a los militantes y dirigentes del partido de las bondades de esas medidas. Aquel cambio le costó a Schröder su liderazgo en el partido en 2004 y Scholz dejó su cargó a la par. En 2005 Schröder perdió la Cancillería frente a Angela Merkel.

Al final del primer gobierno de coalición de Merkel, fue ministro de Trabajo pero el SPD fue reemplazado por los Liberales cuando ganó Merkel su segundo mandato en 2009.

Cuando dejó su cargo en Berlín, regresó a Hamburgo. Y volvió a empezar. Es un auténtico comeback kid de la política alemana. Scholz se hizo con las riendas del partido y en dos años llevó a los socialdemócratas a recuperar la Alcaldía. Estuvo siete años al frente. Sus logros tuvieron carácter social: creó 10.000 pisos cada año y eliminó las tasas a los estudiantes.

También hubo manchas en su historial en Hamburgo. La cumbre del G-20 de 2017 acabó en un caos descomunal y la ciudad en lugar de mostrar sus credenciales como urbe moderna acabó vandalizada. A ello se suma un escándalo conocido como CumEx, el fraude de 30.000 millones de euros al gobierno federal alemán. Scholz habría tenido trato de favor con uno de los bancos de Hamburgo implicados, pero no se ha probado nada.

Candidato de teflón

A su vez se le ha relacionado con el caso de Wirecard, el mayor fraude de pagos en décadas, y la última semana antes de las elecciones compareció ante la comisión de Finanzas del Bundestag para rendir cuentas sobre la unidad de su Ministerio responsable de investigar el lavado de dinero que no informó de irregularidades a la Fiscalía. Poco antes hubo una redada relacionada con el caso en el Ministerio de Finanzas, que dirige todavía en funciones Olaf Scholz. Asumió el cargo en 2018 sin importarle que le compararan con Wolfgang Schäuble, el respetado Dr Schwarze Null, por su afán por la austeridad y dejar las cuentas negro sobre negro.

Pero todos sus asuntos tan complejos que el votante se pierde. Tanto es así que ni siquiera han sido utilizados por sus rivales en los debates preelectorales en televisión. «Lo que no se puede presentar en un titular en un medio audiovisual no se entiende», es la máxima que parece que han obedecido.

Igual que Christian Lindner está marcado políticamente por la derrota de los Liberales tras su coalición con Merkel entre 2009 y 2013 a Scholz le sirvió de aprendizaje el hundimiento del SPD en 2017, cuando llegó al 20,5%, la mitad de lo que había logrado Gehard Schröder en 1998.

El ‘scholzismo’ se basa en la democracia social, las políticas de compensacion y un liderazgo fuerte y resolutivo

Según Jeremy Clive, el scholzismo nace de las lecturas de Michael Sandel, autor de La tiranía del mérito, Branko Milanovic y Dani Rodrik, la experiencia en Hamburgo y la asimilación de esa derrota en 2017. Mantiene que se funda en tres pilares: la democracia social, que se fundamenta en que «todos tenemos derecho a una vida decente, con el respeto y la dignidad que da el trabajo» y de ahí que repita la palabra «respeto» constantemente; en segundo lugar las políticas de compensación, con las que ha logrado acercar a izquierdistas y moderados como él en el partido y ha atraído a grupos de votantes antes indiferentes; y, por último, un liderazgo fuerte y resolutivo. Es autor de Hoffnungsland (el país de la esperanza), un ensayo en el que retrata Alemania como un país de oportunidades en Europa.

A los alemanes les gusta que su canciller sea una figura protectora. Llamaban Mutti a Angela Merkel, que dejará el cargo con un 80% de popularidad. Como decía The Economist ya hace un par de años, cuando fue designado vicecanciller y ministro de Finanzas, Scholz se ha entrenado en hacer de padre de la nación. Ya entonces se preparaba entre bambalinas como un aprendiz de merkelismo para salir a escena.