Asia LA CAÍDA DE AFGANISTÁN EN MANOS DE LOS TALIBANES

"Pedimos que este año no os olvidéis de los afganos, sobre todo, de las afganas"

Khadija, Ali y Abdul, con sus familias, intentan empezar una nueva vida en España, pero siguen preocupados por los que han dejado atrás en su país

Khadija Zahra Ahmadi, dcha, y la familia Mashall, refugiados afganos en España

Carmen Vivas

«Cada año pido paz para mi país. Deseo que nadie en el mundo sufra la experiencia de la guerra, y que nadie sea refugiado. No dejemos solos a los afganos, sobre todo a las afganas. Las mujeres son las primeras en el punto de mira». Khadija Zahra Ahmadi, de 35 años, fue la segunda mujer alcaldesa en Afganistán y después colaboró con el gobierno del presidente Ashraf Ghani. A finales de agosto de 2021 volvió a convertirse en refugiada. Tuvo que huir de Kabul, donde su vida corría peligro. Vive en un centro en Zaragoza con sus hermanas Fatima y Parvin, y sus dos sobrinos.

En Toledo reside Abdul Saboor Mashall, de 37 años, ex trabajador de la AECID, que pudo salir de Afganistán con su esposa y sus tres hijos después de que los talibanes se hicieran con el control de Afganistán en agosto pasado. El 15 de agosto caía Kabul y el 30 dejaba el país asiático el último soldado estadounidense. Como Khadija, Abdul ya fue refugiado en Turquía pero confía que esta vez sí pueda empezar de nuevo.

También fue colaborador de la AECID en Afganistán Ali Hosseini, que se casó con su prometida, Soghra, unos días antes de la caída de Kabul. Temía por su vida y pidió ayuda a la embajada española. La pareja dejó su país el 22 de agosto junto a Mahsuma, hermana de Ali. Residen en un piso en Carabanchel, Madrid.

‘Operación Antígona’

Khadija, Abdul, Ali, junto a sus familias, forman parte de las más de 2.450 personas que fueron evacuados en agosto y octubre por el gobierno español en la llamada Operación Antígona. En una primera fase España evacuó a 2.206 personas y Torrejón de Ardoz se convirtió en un hub de acogida desde donde algunos afganos partieron hacia otros destinos europeos. El 11 y 12 de octubre se procedió al traslado de otros 244 personas, esta vez desde Pakistán, según fuentes del Ministerio español de Asuntos Exteriores.

Quienes alegan no tener medios propios solicitan entrar en el sistema de acogida de protección internacional. Es el Ministerio de Inclusión en España el que acompaña el proceso. Primero se les asigna una plaza de acogida en un piso o en un centro. Pueden permanecer allí seis meses, ampliables a nueve.

El Ministerio del Interior estudia caso por caso para conceder el asilo. En esos primeros seis meses no pueden trabajar así que disponen de ayuda para su manutención a la par que reciben clases de español y asistencia legal. Hay varias organizaciones que colaboran en el proceso: entre ellas, CEAR, Cruz Roja, Red Acoge, Andalucía Acoge, MPDL, YMCA, o San Juan de Dios.

De las personas afganas evacuadas, 562 han sido acogidas en plazas de Cruz Roja, en 30 provincias diferentes. Hubo 113 abandones de quienes dijeron contar con redes de apoyo en otros países. Finalmente, Cruz Roja atiende a 449 afganos. De ellos, el 47% son menores, según fuentes del Programa de Asilo de Cruz Roja Española.

Sodais sueña con ser médico

Entre ellos, los tres hijos de Abdul, que habla orgulloso de cómo se están adaptando a su nueva vida en España, especialmente Sodais, el mayor, de 16 años. «Tengo facilidad con los idiomas y, como ves, ya me defiendo bien en español. Estudio mucho porque quiero estudiar Medicina», dice Sodais, apasionado del fútbol y seguidor del Real Madrid. A Sodais sus compañeros de clase le preguntan por Afganistán. «Allí la situación es mala», señala.

Sodais ya aprendió turco cuando la familia emigró, en esa ocasión ilegalmente, a Turquía en 2016. Pasaron tres años allí pero, según Abdul, «no había oportunidades, por eso volvimos a Afganistán a intentar empezar de nuevo pero con los talibanes en el poder ya no era posible».

La familia Mashall, en un parque en Toledo

Nueva vida en Toledo

Abdul Saboor Mashall y su esposa Wajiah, los dos de 37 años, tienen tres hijos: Sodais, de 16 años, Farkhndah, de 14 y Andishah, de ocho. Viven en un piso en Toledo, una ciudad donde se sienten bien acogidos.

«Lo primero que quiero este año es aprender bien el idioma y luego buscar trabajo. He estado a cargo de grandes proyectos con organizaciones internacionales. Ojalá tengamos el asilo y nos integremos en la sociedad. Sueño con que mis hijos tengan éxito en la escuela», confiesa Abdul. Su familia en Afganistán mantiene un perfil bajo y vive en una zona rural. Están más preocupados por la familia de Wajiah, sobre todo por su hermana.

Abdul y Wajiah, que era maestra en Afganistán, reciben clases de español supervisadas por Cruz Roja Toledo. «El proceso migratorio por el que han pasado es complejo. Es un shock. Abdul interactúa más. A Wajiah le cuesta más pero está siguiendo un método audiovisual que funciona bien. Intentamos que participe en otras actividades en el programa de género», explica Mariavi García-Escribano Ramírez, supervisora del programa. Tienen el compromiso de asistir a 15 horas de clase de español a la semana.

«Con la cabeza en otros problemas»

En Carabanchel está viviendo Ali Hosseini, de 32 años, quien trabajó en la AECID entre 2009 y 2014 en la provincia de Badghis. Asiste también a clases de español. «Pero no es fácil cuando tienes la cabeza en otros problemas», reconoce Ali.

Ali Hosseini, con Shora y Mahsuma.

Boda antes de la huida

Ali Hosseini, de 32 años, se casó con su prometida, Shora, de 27, algo antes de lo previsto, a principios de agosto, para salir de Afganistán juntos. Como ex colaborador de la AECID, se sentía en peligro. Les acompañó su hermana Mahsuma, con quien viven en Madrid.

Como ya le habían amenazado en el pasado, Ali Hosseini se apresuró a pedir ayuda al gobierno español para salir de Afganistán lo antes posible. Tuvo suerte. Otros muchos no han podido. De los que trabajaron en la AECID, Ignacio Álvaro, ex coordinador en Afganistán, pudieron dejar el país unas 250 personas del más de un millar que estiman que han colaborado y querían huir. Ignacio Álvaro está en contacto con muchos de los que están en España. De vez en cuando queda con ellos para saber cómo se van integrando. Les cuesta más a las mujeres porque allí estaban muy ligadas a su familia y han roto muchos lazos.

Ali Hosseini está preocupado por sus padres y sus suegros, que se han quedado en Afganistán. «La situación económica va cada vez peor. Los precios son altísimos y muchos no tienen trabajo o no cobran. Mi hermano están en el paro. Mi hermana, que era profesora, ahora ya no puede dar clases. Me gustaría ayudarles pero de momento no puedo», dice Ali.

De España le gusta que «nadie me pregunta de dónde vengo, ni qué hago. Me siento seguro y tranquilo». Es ingeniero pero dice estar dispuesto a aprender lo que sea preciso. «No me importa cuántas horas tengo que dedicarme a ello. O a trabajar. Quiero ayudar a los que se han quedado».

Una mujer combativa

Es la obsesión de Khadija Zahra Ahmadi, la joven ex alcaldesa de Nili. Tiene el corazón destrozado y se emociona varias veces durante la conversación. Vivió como refugiada en Irán y con gran valor regresó cuando tenía 23 años a Afganistán porque tenía esperanza en poder ayudar a construir un país mejor, sobre todo para las mujeres. Ocho de cada diez mujeres son víctimas de violencia doméstica en Afganistán. El 65% contempla el suicidio como opción, según el Fondo para las Mujeres de la ONU.

Khadija Zahra Ahmadi empezó trabajando para la ONU y después optó al puesto de alcaldesa de Nili en 2018. Es un cargo al que se accede por una especie de oposición. Fue una lucha contra los prejuicios de los afganos que ponían toda clase de obstáculos con tal de no reconocer la autoridad de una mujer.

Khadija, con el equipo femenino de voleibol en Nili.

Deporte y educación

Khadija Zahra Ahmadi puso mucho énfasis en el deporte y en la educación durante su mandato como alcaldesa en la localidad de Nili. Fue la segunda mujer en acceder a un puesto, al que se accede en Afganistán por oposición.

Pero consiguió que la situación de las mujeres mejorase. Cuando estuvo al cargo, las niñas eran mayoría entre los estudiantes. Intentó que las mujeres fueran recuperando un puesto en la sociedad, algo que considera vital para que Afganistán se encamine hacia la paz. Sabía que el camino era duro y que solo habría avances muy lentos, pero ahora está rota de dolor.

Recuerda cómo el equipo de voleibol femenino que impulso en su ciudad ganó un campeonato local y lo celebraron por todo lo alto. Había logrado que las mujeres usaran el polideportivo y que supieran lo importante que es la educación para ellas. Celebraban una doble victoria: sobre sus rivales y sobre los prejuicios. La entonces alcaldesa logró que las familias dejaran a las chicas practicar deporte en el pabellón y tomaran conciencia de lo importante que es la educación a pesar de ser familias conservadoras.

Antes de salir de Afganistán, trabajaba como asesora en el Ministerio del Interior. Por su protagonismo en el ayuntamiento y su relación con el gobierno del presidente Ghani supo que tenía que huir.

«Todos los días me decían que si seguía matarían a mi familia. Me ayudaron a salir. En el aeropuerto fue horrible. Llevaba a mis sobrinas agarradas y yo gritaba: ‘España, España’. Finalmente, un soldado me dio la mano y me pudieron subir. Así tuvimos la oportunidad de salir de Afganistán. Nunca olvidaré ese momento. Lo tengo grabado en mi mente», confiesa Khadija, que tiene aún pesadillas.

Está profundamente agradecida a los soldados que han trabajado en Afganistán y a la ayuda prestada por el gobierno español. «Nunca olvidaremos su asistencia», dice la ex alcaldesa.

Sigue en contacto con la gente de su ciudad. «Me cuentan lo que pasa y es desesperante. La economía está destrozada. Las mujeres no salen de casa. Los hombres están frustrados. Recientemente, se suicidó una conocida. No tienen esperanza. Trato de ayudarles, pero me siento impotente. Me siento culpable», dice, entre sollozos, Khadija Zahra Ahmadi. Khadija es hazara, una minoría perseguida por los talibanes, que son pastunes.

«Las mujeres están en el punto de mira. Son las primeras que tienen en su objetivo los talibanes. Pero no podrán acabar con su lucha y con su sentido de la dignidad. No las dejemos solas», ruega.

Desgarrada, intenta seguir adelante. Con las clases de español y los trámites para empezar de nuevo. Sus sobrinos, Aysan, una niña de tres años, y un niño de Elys, de diez, se están adaptando bien. «Están felices», señala. En ellos está quizá la esperanza. «Los niños afganos merecen una vida en paz. La guerra destrozó nuestros sueños de infancia, los de nuestros padres y nuestras madres. Espero que los niños de hoy y del futuro de Afganistán puedan hacer realidad sus sueños de libertad y paz. Que ninguno tenga que ser un refugiado de guerra», concluye Khadija.

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