La gran sorpresa de este año en cuanto a monarquías se refiere no han sido los tradicionales discursos navideños de los soberanos, sino una actuación —inesperada, magnífica— de Kate Middleton al piano junto con el cantante Tom Walker en la preciosa capilla de Chapter House en la abadía de Westminster. 

Rompiendo todas las tradiciones y saltándose el protocolo, este año, Kate había decidido dejar de lado lo que se suponen que hacen los royals en Navidades —posar sonrientes para unas cuantas fotos mientras van a la iglesia por la mañana el día 25— y quiso poner en marcha una idea que, hace tan sólo una década, a Buckingham le hubiese parecido descabellada. Kate se propuso organizar un concierto de canciones —oficialmente, eran villancicos pero hubo mucho más— que se retransmitiría en la cadena británica ITV. La idea era reunir a algunos destacados artistas —entre ellos, Leona Lewis y Ellie Goulding— para rendir un sentido homenaje a todos aquellos trabajadores (sanitarios, cuidadores, policías, reponedores, voluntarios) que se habían dejado la piel durante los peores meses de la pandemia. Hasta aquí todo precioso y emotivo. Pero hubo más: sin que nadie lo esperara, la mismísima duquesa de Cambridge decidió participar en uno de los números musicales. 

Ataviada con un precioso abrigo rojo de Catherine Walker (una de las diseñadoras favoritas de la princesa Diana) y unos zapatos de Gianvito Rossi, Kate se puso delante de un piano y acompañó al cantante Tom Walker mientras éste cantaba “For Those Who Can’t Be Here”, para aquellos que no pueden estar aquí, una canción escrita ex profeso para la ocasión. Toda la grabación se hizo en el más absoluto de los secretos el 8 de diciembre (el programa se retransmitió en Nochebuena) y, durante los primeros ensayos, Kate Middleton reconoció haberse sentido muy nerviosa. Al fin y al cabo, ella es una pianista amateur, y aunque ha desvelado que durante la pandemia tocó mucho el piano porque le relajaba, no creyó estar a la altura de un reto semejante. De hecho, se ve que se pasó días practicando en casa sin parar para no fallar una sola tecla. Con Tom Walker ensayó nueve veces y, a la última, según dijo el cantante al Daily Mail, “ya lo dominaba a la perfección”. 

Al final triunfó, vaya si triunfó. Todo fue perfecto: la capilla en penumbra y tan sólo iluminada con decenas de velas, la voz sesgada de él, el aplomo de ella. Fue un gran éxito y, sobre todo, una demostración de cómo las nuevas generaciones de las monarquías pueden —y deben— reinterpretar los viejos manuales de protocolo para adaptarlo al siglo XXI y las nuevas tecnologías. Y el cerebro de todo aquello fue ella, Kate Middleton, flamante duquesa de Cambridge y futura reina de Inglaterra, una chica de clase media (aunque de familia pudiente) que hasta hace muy poco tenía tantos admiradores como detractores. 

Aquellos acordes al piano supusieron la constatación de que Kate está triunfando en su rol, lo cual no ha sido fácil. Aunque nos creamos que siempre ha estado cómoda en su papel o que ha disfrutado del favor del público, la verdad es que no es así: Kate también ha tenido sus años de calvario y lo ha pasado mucho peor de lo que nos pensamos. 

La infancia sin lujos de Kate Middleton

Para empezar, Kate Middleton ni siquiera provenía de una familia noble o aristocrática, sino de orígenes más que humildes. Por parte materna, desciende de mineros y su abuelo era camionero. Su madre, Carole Goldsmith, se crió en una pequeña vivienda de tres habitaciones en Southall, en el oeste de Londres, en un piso que hoy llamaríamos de protección oficial. La familia tenía una determinación de hierro y Carole se esforzó por tener un porvenir. Sus padres no pudieron pagarle la universidad y ella no pudo cumplir su sueño de ser maestra, por lo que se tuvo que conformar con ser secretaria y, más tarde, auxiliar de vuelo en British Airways. Allí conocería a Michael Middleton, el cual también trabajaba en la compañía aérea. Se ha dicho que era piloto, pero en realidad era personal de tierra. 

Carole y Michael se casaron el 21 de junio de 198o en la iglesia de St. James, en Dorney, Buckinghamshire. Se compraron una pequeña casa sin pretensión alguna en un pueblecito cerca de Reading, en el condado de Berkshire, y allí nacieron sus hijos: Catherine (el 9 de enero de 1982), Philippa, conocida como Pippa (6 de septiembre de 1983) y James (15 de abril de 1987). La familia Middleton era la típica familia de clase media inglesa bien avenida y Kate siempre ha dicho que tuvo una infancia idílica. En una entrevista a Giovanna Fletcher para el podcast Happy Mum, Happy Baby, Kate reconoció que “mis padres estaban muy implicados. Ahora que soy madre aprecio todo lo que se sacrificaron por nosotros. Venían a todos los partidos, estaban filmándonos, siempre pasábamos las vacaciones juntos”. 

Los Middleton pasaron una temporada en Jordania por motivos laborales y, a la vuelta, Kate fue matriculada en la escuela de St. Andrew’s, en Pagbourne. Destacó en los deportes, sobre todo en natación, se apuntó al grupo de teatro y, como casi todos los niños ingleses, participó en los Brownies, la versión para pequeños de los scouts

Sufrió bullying

Cuando era adolescente, sus padres la matricularon en un internado para chicas, Down House, pero las otras alumnas le hicieron bullying y Kate acabó sufriendo mucho. Según develó una de las biógrafas de la duquesa, Katie Nicolls, la escuela era sumamente competitiva y las otras chicas se metían con ella por ser “desgarbada y larguirucha”. Puede que ahora Kate Middleton sea un icono de elegancia, pero por aquella época, era todo lo contrario: era más alta que sus compañeras, no prestaba la más mínima atención a la ropa y resultaba muy tímida e insegura. 

Según Katie Nicolls, los responsables de la escuela le dijeron a Kate que era “demasiado sensible”, pero sus padres decidieron que lo mejor era cambiarla de centro. La llevaron a Marlborough College, en Wiltshire, uno de los internados más prestigiosos y exclusivos del país. Dos antiguos secretarios privados de la reina Isabel II (Robin Janvrin y Alan Tommy Lascelles) habían estudiado allí y también lo haría la princesa Eugenia de York, hija de Andrés, duque de York y tercer hijo de la soberana británica. 

Dada semejante reputación, la matrícula era, por supuesto, astronómica (un curso cuesta unas cuarenta mil libras esterlinas), pero en aquella época, sus padres ya no tenían que preocuparse por el dinero: Carole había creado en 1987 una empresa propia, Party Pieces, consistente en distribuir por correo piezas para celebrar cumpleaños, y el éxito había sido tan arrollador que los Middleton comenzar a vivir una vida de ciertos lujos. De hecho, cuando la futura reina cumplió 13 años, sus padres se compraron un gran chalet de estilo georgiano, llamado Oak Acre, en la bucólica villa de Bucklebury. Según la versión inglesa de la revista Hola, el precio de venta fue de un millón y medio de libras esterlinas. 

Conoció al príncipe Guillermo en la universidad

Kate Middleton se matriculó en Historia del Arte en la universidad de Saint Andrews, en Escocia. Las malas lenguas aseguraron en su día que Kate hizo coincidir universidad, año de inicio y disciplina con el príncipe Guillermo. Como el príncipe iba a tomarse un gap year, un año sabático, antes de empezar la carrera, muchos tabloides aseguraron que ella decidió hacer lo mismo. Él fue a Kenia y a Chile y ella, tres meses a Florencia a estudiar Historia del Arte en el British Institute, situado en el Palazzo dello Strozzino, y luego, también a Chile. 

En el año 2001, ambos coincidieron en Escocia. La tradición de la familia real era estudiar en Cambridge, pero Guillermo quería alejarse lo más posible de Londres para que los paparazzi lo dejaran tranquilo. Casa Real se aseguró de que así fuera: se llamó a los editores de los periódicos y se llegó al acuerdo de que no habría artículos sobre el príncipe mientras estuviera en la universidad. Tan sólo cuando llegó el primer día, un gélido 23 de septiembre del 2001, tuvo que enfrentarse a las cámaras. 

Kate y Guillermo, o Will como lo conocen sus amigos, estuvieron internos en la residencia de St. Salvator’s Hall. Coincidían en el almuerzo y en la gran sala de estudio. También tenían asignaturas comunes. A la tercera semana, ya estaban haciendo deporte juntos (salían a correr por los alrededores antes del desayuno). Incluso optaban por el mismo menú por las mañanas: muesli y fruta. 

No fue, sin embargo, amor a primera vista, aunque sí que se hicieron muy amigos. Los dos tenían mucho en común: eran tranquilos, muy hogareños, les gustaba el campo y eran muy deportistas. Los dos eran excelentes nadadores y muy buenos en el esquí. Muchas chicas que habían ido a St. Andrews sólo para conocer al príncipe y que se pasaban horas en los pubs con la esperanza de verlo, se llevaron un chasco al descubrir que Will no era (por aquel entonces) un juerguista y que prefería una tarde tranquila con sus amigos y una partida de billar que estar hasta las tantas en una discoteca. 

Kate y Guillermo comenzaron a salir con otras personas. Ella estuvo con Ruper Finch, un alumno de cuarto. Él se encaprichó de Carley Massy-Birch, aunque también se veía con Arabella Musgrave, la hija de Nicholas Musgrave, el director del Cirencester Park Polo Club. Seguramente, el hecho de que ella estuviera a quilómetros de distancia (y que muchos de sus mejores amigos no estuvieran en Escocia), hizo que Guillermo tuviera una crisis y quisiera dejar la universidad el primer año y regresar a Londres. Fue Kate quien resolvió la crisis: consciente de que a Guillermo no le acababa de gustar Historia del Arte, le sugirió que cambiase a Geografía. También le recomendó que dejase la residencia y se buscara un piso con unos amigos para tener más libertad. Él aceptó encantado. 

Aquella famosa pasarela

Muchos aseguran que Guillermo comenzó a cambiar su manera de ver a Kate la noche del 27 de marzo del 2002, cuando ella participó en un desfile benéfico vestida con un biquini cubierto por un vestido de gasa que dejaba bastante poco a la imaginación, Guillermo le dijo a uno de sus amigos:  “¡Wow, Kate está buenísima!”. Después del desfile, él intentó besarla; ella lo apartó educadamente. Aquello no hizo más que acrecentar el interés de él por ella. Desde luego, ella sabía jugar muy bien sus cartas. 

A los pocos meses, Kate, Guillermo y un par de amigos (Fergus Boyd, un antiguo compañero de clase de Guillermo en Eton, y Olivia Bleasdale) estaban ya viviendo juntos en el número 13 de Hope Street, en el centro de la ciudad. Era una casa muy alejada del lujo al que el príncipe estaba acostumbrado, pero para Guillermo era un paraíso. Era la primera vez que vivía realmente como una persona totalmente anónima y normal. Incluso cocinaba (mal) y salía a hacer la compra. 

En aquel discreto lugar fue donde el romance comenzó a gestarse. Pero para que nadie sospechara nada, ambos intentaron mantener las formas en público: hacían horarios diferentes, llegaban a las fiestas por separado, nunca se daban la mano en público y mucho menos se besaban. Él incluso se veía con otras y, por lo que dijeron en su momento las malas lenguas, incluso simultaneó su relación con Kate con otra con Jecca Craig, la hija el conservacionista Ian Craig, un hombre que Guillermo consideraba un segundo padre y quien lo introdujo en la defensa de los animales africanos (a día de hoy, Guillermo sigue siendo patrono de la Tusk Trust, una organización presidida por Craig). 

Sea como fuera, en el tercer año de carrera, Guillermo y Kate dejaron el piso que compartían con amigos y se fueron a vivir los dos solos a Balgove House, una preciosa cottage de cuatro habitaciones propiedad de un amigo del príncipe Carlos. Aquel año también se fueron de vacaciones juntos a los Alpes y allí, mientras esquiaban, los paparazzi los pillaron besándose. El tabloide The Sun publicó las fotografías el 1 de abril del 2004. “Will tiene una chica” era el titular. A partir de ahí, la vida de Kate cambió para siempre. 

Una plebeya

No sólo los periodistas comenzaron a indagar sobre su vida, sino que el estrato social de sus padres se convirtió en un debate nacional. Los Middleton, aunque ricos, no eran nobles. El esnobismo que tuvieron que sufrir fue odioso. Kate mantuvo la cabeza fría, aunque todo aquello no fue fácil de digerir para una chica de apenas veinte años que, para más inri, era bastante insegura. Según desvelaron algunos amigos, ella nunca se vio guapa y consideraba que otras chicas en St. Andrews eran mucho más atractivas. También seguía siendo increíblemente tímida. 

Como Diana. A nadie se le escapaban los paralelismos, aunque esta vez Buckingham decidió no cometer los mismos errores y rodearon a Kate de apoyo. Antes de que acabara la carrera, ya fue invitada a Highgrove y Balmoral para que se fuera familiarizando con el ambiente royal. 

Varias rupturas

Pero la relación comenzó a tener problemas. Seguramente, la presión que ambos sufrían hizo mella en ellos y Guilermo comenzó a reconocer que se sentía agobiado. Cada vez más decidía irse con sus amigos de fiesta e incluso se fue de vacaciones con algunos amigos a Grecia. Pronto surgieron otra vez rumores de relaciones de él con otras: se habló de Anna Sloan, una rica heredera, y de Isabella Anstruther-Gough-Calthorpe, otra rica heredera. Con ésta última, todo parece indicar que sí hubo un romance, aunque pasajero. 

Guillermo, sin embargo, regresó a los brazos de Kate, pero después de graduarse, volvieron a romper. Y esta vez la ruptura fue seria. La prensa dio por hecho que Kate había pasado a la historia pero ella estaba hecha de hierro y no pensaba rendirse tan fácilmente. Muy astutamente, comenzó a salir a fiestas vestida con trajes provocativos que los fotógrafos no dudaban en reproducir en revistas. Guillermo regresó a ella a los pocos meses. A partir de ahí, la relación fue cada vez más seria. 

Waity Katie

El problema fue que Kate y Guillermo tardaron bastante en pasar por el altar y que ella no trabajó en nada serio durante meses. Tenía trabajos de poca monta que no le duraban nada, por lo que la prensa, con muy mala baba, la apodó Waity Katie, algo así como “Kate, la que siempre está esperando”, en alusión a que sólo de dedicaba a esperar que llegase el anillo de compromiso. 

Finalmente llegó: él se le declaró en Kenia mientras los dos disfrutaban de un safari. El anillo fue el mismo que el que lució la madre de él, la malograda Diana de Gales. La boda, el 29 de abril del 2011, fue de ensueño. Sólo en el Reino Unido, fue vista por más de veintiséis millones de personas. Tres hijos pronto llegaron: Jorge (2013), Charlotte (2015) y Luis (2018).

La larga sombra de Diana

Todo parecía de cuento de hadas, pero como buena película idílica, la verdad no es lo que las cámaras recogían. Kate Middleton siempre ha aparecido sonriente, pero desde el principio tuvo que soportar una dura carga. Para empezar, las comparaciones con su suegra fueron absurdas y enfermizas. Muchos en Inglaterra esperaban ver a otra Lady Di —humanitaria, glamurosa, icono de elegancia— y Kate tuvo que sufrir que cada movimiento que daba fuera comparado. Si Kate vestía de blanco era porque imitaba a Diana. Si vestía de rojo era porque imitaba a Diana. Si Kate iba a hospitales era porque imitaba a Diana. Y así sucesivamente. 

Kate, sin embargo, pronto se dio cuenta de que jamás iba a poder emularla. Aunque simpática y muy agraciada, ella no disponía de un carisma descomunal ni de una belleza arrolladora. Su encanto, precisamente, reside en que es lo contrario: ella no es una gran estrella de cine, sino alguien agradable, simpática y cercana con la que te irías encantada a tomar una muy británica taza de té. 

En lo que sí que Diana y Kate eran iguales era en la obsesión de la prensa por ellas. Cada pequeño desliz de la nueva duquesa de Cambridge era recogido en los tabloides. Fotos suyas en topless aparecieron en la prensa francesa. Una vez, cuando se le voló una falda al bajar de un avión, un fotógrafo inmortalizó su trasero para siempre. En Inglaterra llegó a haber un auténtico debate nacional sobre si llevaba tanga o iba sin nada. 

Una relación no siempre fácil

Además, a pesar de que al Corte decidió ayudarla, al principio Kate tuvo problemas en encajar en su familia política. Se sabe que Camilla la considera agradable pero sosa y con Carlos nunca ha habido una gran relación tampoco, aunque se esfuerzan por poner buena cara en público. La reina Isabel II siempre se ha mostrado distante y algo seria con ella y se sabe que le metió unas cuantas broncas. 

Además, a pesar de que ahora la prensa la trata con mucha corrección, durante años Kate también tuvo que aguantar duras críticas. Se la acusó de no hacer nada, de gastar el dinero a espuertas en ropa, se dijo que no era inteligente, que era una gandula épica e incluso algunos tabloides han llegado al punto de asegurar que su marido le ha puesto los cuernos repetidas veces. 

Muchas personas se hubieran hundido en la más absoluta miseria, pero ella ha demostrado en más de una ocasión que es increíblemente fuerte. Puede que no tenga un carisma descomunal, pero tiene tesón, es ambiciosa como pocas y tiene una disciplina de hierro. Además, aprende rápido y es astuta. 

Un giro radical

Gracias a ese tesón, Kate supo dar un giro radical a su imagen. Se rodeó de profesionales muy competentes y dejó atrás su imagen vacía, de influencer en ciernes, únicamente conocida por la ropa que se ponía, y comenzó a abrazar causas serias. Si al principio, por ejemplo, solo visitaba hospitales infantiles y se dejó caer por la Cruz Roja (todo muy Diana), luego encontró un papel más ajustado a sí misma. Kate lleva, por ejemplo, haciendo un trabajo magnífico para luchar contra el estigma asociado a las enfermedades mentales y también es conocida su labor para actuar en los primeros años de la infancia. En el 2016 lanzó Heads Together, una ambiciosa campaña para que las personas comenzaran a hablar abiertamente de sus problemas de salud mental. Hace poco, además, ha creado un Centro de Investigación de la Primera Infancia. Su estrategia de comunicación también ha cambiado radicalmente. Kate comenzó con insulsos discursos pero ahora hace vídeos dinámicos, mucho más modernos y adecuados al siglo XXI. 

Todo ello, desde luego, ha dado sus frutos. Kate ahora disfruta de una etapa increíblemente plácida, donde está muy asentada como futura reina de Inglaterra. Ni siquiera su cuñada, Meghan Markle, ha podido hacerle sombra. 

Kate puede cumplir hoy sus cuarenta velas completamente feliz.