El 3 de enero se ha convertido, por una extraña recurrencia histórica, en una fecha asociada a la caída de líderes latinoamericanos enfrentados a Estados Unidos. El 3 de enero de 1990, el general panameño Manuel Antonio Noriega se rindió ante tropas estadounidenses tras once días de asedio en la embajada del Vaticano, poniendo fin a su régimen y abriendo un proceso judicial que lo condenaría a 40 años de prisión en Estados Unidos.
Treinta y seis años después, el 3 de enero de 2026, el nombre del presidente venezolano Nicolás Maduro aparece en titulares internacionales por un episodio similar, con ecos en el destino de Noriega. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que fuerzas estadounidenses han llevado a cabo ataques militares de gran escala en Venezuela y que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, junto con su esposa, ha sido capturado y trasladado fuera del país.
La coincidencia temporal no es anecdótica. El caso de Noriega se ha convertido desde hace años en un precedente recurrente en la manera en que Washington podía abordar el problema Maduro.

Enero de 1990: el cerco final a Noriega
Durante la década de 1980, Manuel Noriega se consolidó como el jefe de facto del Estado panameño tras ocupar altos cargos en las Fuerzas de Defensa de Panamá. Aunque inicialmente mantuvo vínculos con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense, su relación con Washington se deterioró a medida que crecían las acusaciones de corrupción, narcotráfico y violaciones de derechos humanos.
En diciembre de 1989, Noriega era ya un dirigente aislado. Estados Unidos, entonces bajo el mandato de George Bush padre, lo había acusado formalmente de narcotráfico y lanzó la invasión de Panamá con una orden clara: capturarlo y llevarlo ante la justicia. Tras el inicio de la operación, Noriega huyó por Ciudad de Panamá hasta refugiarse en la Nunciatura Apostólica del Vaticano, un espacio protegido por el derecho diplomático.
Incapaces de asaltar el edificio, las fuerzas estadounidenses optaron por un cerco prolongado acompañado de guerra psicológica. Durante diez días, potentes altavoces reprodujeron música a todo volumen —heavy metal y canciones escogidas por su carga simbólica— para forzar su rendición. El propio New York Times describe este episodio como uno de los momentos más humillantes del final del régimen norieguista.
El 3 de enero de 1990, Noriega se entregó sin resistencia armada. Fue trasladado a Florida, juzgado y condenado. Para el presidente George H. W. Bush, la operación no se presentó solo como una acción política o militar, sino como el arresto de un criminal internacional que debía responder ante los tribunales estadounidenses.
Tras su detención, fue transportado en helicóptero a la base aérea Howard y luego trasladado a Miami, Estados Unidos, donde se enfrentó a cargos por narcotráfico, lavado de dinero y otros delitos. Noriega fue juzgado, declarado culpable en 1992 y condenado a 40 años de prisión, posteriormente reducida.
El precedente que persigue a Maduro
Décadas después, el eco de Noriega sigue presente en los debates sobre Venezuela. El New York Times recordaba recientemente que, al igual que Noriega, Maduro ha sido acusado por fiscales federales estadounidenses de narcotráfico, y que funcionarios de Washington insisten en describirlo no como un jefe de Estado legítimo, sino como un dirigente criminal.
El diario también documentaba cómo, durante el primer mandato de Donald Trump, la “captura de Noriega” fue citada en discusiones internas como un posible modelo, aunque numerosos exfuncionarios y analistas advertían de que las diferencias entre Panamá en 1989 y Venezuela en la actualidad hacían que cualquier analogía fuese arriesgada: Venezuela es un país mucho más grande, con mayor población, fuerzas de seguridad más complejas y alianzas internacionales distintas.

3 de enero de 2026: historia en tiempo presente
En ese marco histórico cargado de simbolismo, el 3 de enero de 2026 adquiere una dimensión particular. El presidente de Estados Unidos ha anunciado este sábado que Maduro habría sido capturado tras una operación militar, una afirmación que ha generado reacciones inmediatas. Gobiernos y organismos internacionales han pedido cautela.
A diferencia de 1990, cuando la rendición de Noriega fue visible, documentada y confirmada en cuestión de horas, el episodio de 2026 permanece abierto, sujeto a confirmaciones, desmentidos y consecuencias todavía imprevisibles.

Una fecha, dos contextos
La coincidencia del 3 de enero no convierte ambos episodios en equivalentes, pero sí los conecta en la memoria política contemporánea. Noriega representa un caso cerrado, juzgado por la historia y por los tribunales. Maduro, en cambio, encarna una crisis en desarrollo, donde el recuerdo de Panamá funciona más como advertencia que como guion.
Como señala el New York Times, la historia de Noriega no ha sido olvidada —ni en Washington ni en Caracas— y vuelve una y otra vez cuando Estados Unidos se enfrenta a la pregunta de hasta dónde está dispuesto a llegar en América Latina, en plena apuesta por resucitar la Doctrina Monroe que proclama el intervencionismo en el continente al grito de "América para los americanos".
El ocaso de Noriega puede servir también como aviso a Maduro.Tras su condena en Estados Unidos en 1992, Noriega pasó más de dos décadas encarcelado, primero en prisiones federales estadounidenses y posteriormente en Francia, adonde fue extraditado en 2010 para cumplir una sentencia adicional por lavado de dinero.
En 2011, ya gravemente deteriorado de salud, fue finalmente extraditado a Panamá, donde permaneció recluido en el centro penitenciario El Renacer —la antigua base militar estadounidense— para cumplir condenas pendientes por violaciones de derechos humanos cometidas durante su régimen.
En 2017, tras años de aislamiento, problemas neurológicos y un progresivo deterioro físico, fue autorizado a someterse a una cirugía cerebral para extirpar un tumor benigno. La operación se complicó con una hemorragia severa; Noriega quedó en estado crítico y murió el 29 de mayo de 2017, a los 83 años. Su muerte cerró un largo epílogo marcado por la pérdida total de poder, el confinamiento carcelario y un juicio histórico que transformó al antiguo hombre fuerte de Panamá en un símbolo del final abrupto de la era de los caudillos militares de la Guerra Fría en América Latina.
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