Donald Trump ha elegido Davos, el escaparate donde las élites globales se reúnen cada principios de año, para lanzar una 'nueva criatura diplomática' de marca propia: la Junta de Paz. Nace, oficialmente, para consolidar el alto el fuego en Gaza. Pero su diseño, su lógica y el reparto de poder que plantea explican el malestar en varias capitales, especialmente europeas: hay quien ve en el invento un primer paso hacia una arquitectura alternativa que compita con Naciones Unidas o que aspire directamente a reemplazarla.

¿Qué es la Junta de Paz?

Es una iniciativa impulsada por el presidente de EEUU, Donald Trump, formalizada este jueves 22 de enero de 2026 en Davos (Suiza). Allí, en plena reunión del Foro Económico Mundial, Trump firmó el acta de constitución con la presencia de varios representantes de países que, de momento, figuran como miembros fundadores.

En la sala estuvieron, entre otros, países como Argentina, Paraguay y Hungría, citados como los primeros en respaldar el proyecto.

¿Cuál es su objetivo oficial?

La Junta nace con un objetivo concreto: asegurar y supervisar el alto el fuego en Gaza y contribuir a diseñar el día después: estabilización, reconstrucción y arquitectura política de transición. En la práctica, Trump lo presenta como una plataforma con ambición de largo recorrido.

De hecho, el presidente estadounidense lo verbalizó sin rodeos: una vez completado el órgano, la Junta podrá hacer prácticamente lo que quiera, si bien dijo que lo haría en conjunción con Naciones Unidas. Esa última coletilla no ha servido para disipar sospechas: para muchos diplomáticos suena más a subordinación de la ONU que a coordinación real.

Donald Trump en Davos. | Efe

¿Qué la hace políticamente explosiva?

La Junta incorpora dos elementos que rompen con los códigos tradicionales del multilateralismo:

  1. Trump la preside y el modelo le otorga un papel central, casi presidencialista, en un organismo que se supone internacional.
  2. Su diseño introduce una lógica de "club": algunos Estados podrían obtener un estatus más estable o permanente con aportaciones millonarias, lo que refuerza la sensación de que se intenta crear una institución paralela con su propia financiación y jerarquía.

¿Qué países se han sumado?

Hay dos cifras circulando en paralelo: la que ofrece Trump y la que se puede rastrear con más precisión.

Países adheridos o comprometidos

Reuters sitúa en torno a 35 países los que han aceptado o se han comprometido a integrarse. Entre ellos figuran varios actores clave en Oriente Próximo y aliados de Washington en la región:

Israel
Arabia Saudí
Emiratos Árabes Unidos
Egipto
Qatar
Jordania
Bahréin
Turquía

También aparecen países como:

Hungría
Paraguay
Indonesia
Kazajistán
Uzbekistán
Vietnam
Armenia
Azerbaiyán
Marruecos
Pakistán
Kosovo

Y uno de los nombres más controvertidos por su carga simbólica: Bielorrusia, cuyo presidente, Alexander Lukashenko, ha sido durante años un paria para el mundo occidental.

¿Cuántos países son, según Trump?

Trump ha llegado a hablar de 59 países involucrados o favorables al proyecto. Sin embargo, la lista consolidada que se puede seguir por fuentes internacionales sitúa el respaldo efectivo inicial en un número menor.

En todo caso, el mensaje político es inequívoco: la Junta nace con una masa crítica suficiente para ser vendida como global, incluso si las potencias decisivas no están en la foto.

¿Qué países han rechazado sumarse o han evitado hacerlo?

Lo llamativo es quién no está.

Países que han rechazado o declinado la invitación

Entre los rechazos o negativas más claros figuran:

Francia
Noruega
Suecia

En el caso francés, el argumento es doble: apoyo al plan de paz en Gaza, pero rechazo a un órgano cuyo mandato pueda interpretarse como una sustitución de la ONU como foro principal de resolución de conflictos.

Países que no se suman por ahora o no han decidido

Otros actores relevantes han optado por la prudencia, el silencio o la ambigüedad:

Reino Unido: ha dicho que por ahora no se incorpora.
China: no ha anunciado decisión.
Rusia: asegura estar estudiando el plan y consultándolo con socios.

Aquí aparece un dato clave: ningún otro miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, aparte de Estados Unidos, ha confirmado su incorporación. Es decir: la Junta pretende colocarse por encima del tablero sin contar con quienes tienen más fichas.

¿Por qué se teme que pueda servir para socavar a la ONU?

La preocupación no tiene tanto que ver con Gaza como con el precedente.

1) Porque compite con el papel central de la ONU

Naciones Unidas es, al menos sobre el papel, el marco legítimo donde se articula la legalidad internacional, la seguridad colectiva y la mediación global. Si se crea un organismo paralelo con vocación expansiva, el riesgo es que la ONU quede relegada a actor secundario, y la diplomacia real pase a ejecutarse en un club alternativo.

2) Porque Trump ha deslizado la idea de sustitución

Trump ha coqueteado con el mensaje de que la ONU tiene potencial pero está infrautilizada, una crítica que suele funcionar como insinuación: la ONU no sirve como está, y alguien tiene que hacer el trabajo de verdad. Eso alimenta la lectura de que la Junta no nace como complemento, sino como competidor.

3) Porque introduce una jerarquía económica

El concepto de pagar para consolidar estatus (con cifras en torno a 1.000 millones de dólares) rompe con los equilibrios clásicos del multilateralismo. La sospecha: que se trate de crear un sistema donde el peso no se discute por reglas, sino por presupuesto.

4) Porque la ONU la avala solo bajo condiciones

El Consejo de Seguridad avaló su papel en Gaza dentro del marco del plan de Trump, pero con límites temporales y con rendición de cuentas al propio Consejo. El problema es que Trump ha presentado la Junta como algo escalable a cualquier conflicto. Ahí está la clave del recelo: Gaza como laboratorio para probar una institución paralela y, si funciona políticamente, extenderla hasta hacerla habitual.