La escena se repite en Siria con una crueldad casi mecánica, con el eco de otros episodios pasados como cuando Estados Unidos respaldó la unidad de Irak frente a las aspiraciones de los kurdos iraquíes que habían sido clave en la derrota del autodenominado Estado Islámico. Quienes ayer eran “socios imprescindibles” pasan hoy a ser percibidos como un estorbo. En el noreste de Siria, donde los kurdos levantaron durante una década un experimento de autogobierno bajo la protección militar de Estados Unidos, se ha impuesto en cuestión de días una nueva ecuación: Damasco avanza, Washington no frena y Turquía aplaude. El resultado es una ofensiva que desmantela el enclave kurdo y que, en el lenguaje de los despachos, se llama “integración”; pero en el lenguaje de quienes la sufren se parece demasiado a una rendición.

El presidente Ahmed al Sharaa, el ex yihadista bendecido por Occidente desde el derrocamiento de Bashar Asad, ha logrado en las últimas dos semanas importantes avances en sus esfuerzos por unificar una Siria profundamente fracturada, recuperando grandes extensiones de territorio en el noreste a los kurdos en una ofensiva relámpago contra las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) que supone ya el mayor cambio de control en Siria desde que los islamistas tumbaran a Asad en diciembre de 2024, poniendo fin a 13 años de guerra civil.

A medida que las tropas de Al Sharaa conquistan territorios, el viejo pacto entre Washington y las FDS se deshace. Hasta hace dos semanas casi un tercio del territorio sirio estaba controlado por los kurdos, que contaban con el apoyo estadounidense tras ayudar a la coalición liderada por EEUU a derrotar al IS. Una serie de reuniones discretas, en Damasco, París e Irak, acabaron configurando un escenario en el que Estados Unidos no se interpuso en la operación que ha redibujado el mapa sirio a costa de su antiguo aliado. En esa renuncia de Washington a sostener la autonomía kurda se esconde el verdadero giro: Donald Trump ha decidido que su socio preferente en Siria es Al Sharaa, no la SDF.

La maquinaria se activó tras meses de negociaciones estancadas. Damasco exigía integración completa de fuerzas y administración civil; los kurdos intentaban preservar una cuota de autonomía y garantías mínimas frente a un poder central que, aunque renovado, sigue oliendo a centralismo. Las conversaciones se alargaron; los plazos vencieron; la paciencia se terminó. Y entonces llegó el golpe: avances relámpago en provincias clave, con petróleo, infraestructuras críticas y un botín político que va mucho más allá de la geografía.

Manifestantes kurdos se enfrentan a la policía turca para intentar acceder a la ciudad kurda de Qamishli. | Efe

De Alepo al noreste: cuando el conflicto deja de ser militar y se vuelve identitario

En el relato kurdo, lo ocurrido en enero no es un simple pulso entre Estado y milicia. Es una campaña que apunta a la identidad. Kawa Hasan, experto en Oriente Próximo y norte de África del centro de análisis Stimson, lo cuenta a El Independiente con la urgencia de quien asiste a un derrumbe. “Los combates en Alepo tuvieron lugar la semana pasada, cuando el ejército sirio y sus grupos afiliados atacaron dos barrios kurdos, Sheik Mahsoud y Ashrafiya. En este momento, los combates se concentran en las zonas kurdas de Siria, en Hasaka, en Jazeera y en Qobuz.

Y el objetivo de la guerra que ha iniciado Ahmad al Sharaa no es realmente las SDF, sino los kurdos. Lo que está ocurriendo ahora mismo es extremadamente peligroso. En primer lugar, se firmaron múltiples acuerdos, uno de ellos hace dos días entre el líder de las FDS y Al Sharaa lo violó, con muchas concesiones sobre la integración en el ejército y también la integración de la infraestructura civil”, explica.
 A su juicio, el rápido avance de Damasco ha instalado en las calles kurdas conversaciones que cada vez menos abordan la “integración” sino la supervivencia.

Trump elige Damasco: el fin del romance con los kurdos

La palabra “traición” vuelve a circular en el norte sirio con el peso de las cosas que se repiten. Los kurdos ya fueron abandonados tras Afrin, tras la retirada parcial estadounidense de 2019 y tras las sucesivas operaciones turcas. Lo nuevo ahora es el alcance: por primera vez desde el inicio de la guerra contra el IS, Washington parece asumir que el ciclo kurdo ha terminado.

En la práctica, Trump ha apostado por un único interlocutor en Siria: el Estado central. Un socio que controle fronteras y firme acuerdos. Las FDS fueron indispensables en la guerra contra el califato, pero han dejado de serlo en el posconflicto. Reuters cita al enviado estadounidense Tom Barrack en términos que en Qamishli suena a epitafio: la finalidad original de las FDS “ha expirado en gran medida” y el futuro de los kurdos pasa por integrarse en el Estado sirio.

En el terreno, ese cambio de tono tiene una traducción simple: si Damasco avanza, Washington tolera, con Turquía celebrando el cambio de estrategia. Ankara nunca aceptó la consolidación kurda en la frontera y siempre presionó para dinamitarla. Para los estrategas estadounidenses, las FDS eran una palanca útil contra IS; para los turcos, una amenaza existencial. Trump, fiel a su estilo, simplifica el tablero: menos compromisos, menos equilibrios incómodos y menos costes políticos con un socio de la OTAN.

Mujeres en el campo de Al-Hol, en Siria. | Efe

Una década que se deshace en días

La lectura más quirúrgica la aporta International Crisis Group. Su analista Nanar Hawach resume el momento con una imagen contundente: “Una década de autogobierno liderado por kurdos en el noreste de Siria se está deshaciendo en cuestión de días”. Lo que nació como “un experimento de autonomía local en tiempos de guerra”, atractivo para observadores internacionales, está siendo “absorbido por estructuras estatales centrales bajo presión militar”.

Hawach apunta al verdadero interrogante de la Siria que emerge del derrumbe del régimen de Asad: “Si el nuevo orden sirio tiene espacio para un pluralismo significativo o si cae en la centralización familiar de siempre, se verá en cómo se desarrolla esta integración”.

“Lo más llamativo de este avance no es solo su velocidad; es quién no lo detuvo”, escribe. Y remacha: “Actores regionales e internacionales tenían capacidad de influir; ninguno la usó de forma decisiva”. En su interpretación, Damasco “leyó bien la situación”: “Ninguna potencia externa estaba dispuesta a bloquear un movimiento hacia la reunificación bajo el Estado central”. Trump no iba a salvar a los kurdos.

Negociaciones rotas: del diálogo al ultimátum

Hasan insiste en que hubo intentos de acuerdo que se rompieron en horas. Y, tras desvanecerse los pactos, la negociación dejó paso a la imposición. El comandante de las FDS viajó de nuevo a Damasco y, dice Hasan, Al Sharaa “básicamente les pidió que se rindieran, literalmente, y él se negó”.

La consecuencia es el retorno de los combates con un trasfondo político corrosivo. Hasan lo resume sin maquillaje: “Damasco quiere una rendición completa de los kurdos, y los kurdos no lo aceptarán”.

Noah Bonsey, asesor senior del Crisis Group, advierte: “Todavía hay tiempo para evitar más violencia que podría muy fácilmente escalar siguiendo líneas étnicas”. Pero pone condiciones: “Para lograrlo, tanto las FDS como Damasco deben volver rápidamente a las conversaciones para definir cómo implementarán el alto el fuego y el acuerdo de integración que firmaron”.

Bonsey añade una frase que explica por qué el clima es tan peligroso: los términos del alto el fuego reflejan “un cambio dramático en el equilibrio de poder de las últimas dos semanas”, pero “dejan preguntas clave sin resolver”.

El domingo, tras las pérdidas territoriales, las FDS aceptaron un acuerdo de 14 puntos que revirtió casi todas las concesiones que habían obtenido del Gobierno en negociaciones anteriores. Sus miembros se unirán al ejército sirio y al Ministerio del Interior como individuos, y no como unidades separadas, como había exigido, mientras que el control de los yacimientos de petróleo y gas, importantes para la recuperación económica de Siria, se transferirá al Gobierno. Las prisiones y los campos gestionados por las FDS, en los que se encuentran recluidos miles de detenidos del IS y sus familiares, también pasarán a estar bajo el control de Damasco.

Civiles cruzan un puente derrumbado en Raqqa. | Efe

El fantasma del IS: el problema que Occidente aplazó y que ahora regresa

Hay una bomba de relojería que nadie quiere mirar demasiado: el IS. Durante años, Europa y otros gobiernos evitaron repatriaciones masivas de nacionales vinculados al Estado Islámico. Crisis Group lo describe como un error acumulado: “Años de reticencia internacional a repatriar a nacionales vinculados al IS desde los campos sirios dejaron a una población volátil en un limbo”.

Ahora el conflicto ha devuelto ese expediente a la primera línea. “Con la custodia disputada en medio de un conflicto activo, ese problema aplazado no es de nadie y es de todos”, advierte Hawach. “Los detenidos siguen ahí; la pregunta es si algún actor puede asegurar su custodia mientras el mapa de Siria aún se está redibujando”.

Para Amnistía Internacional, resulta imprescindible que “las autoridades sirias, en coordinación con la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, lleven a cabo un proceso de selección que cumpla los derechos humanos en los campos y centros de detención que ahora controlan”. “Deben identificar a las personas que deben ser investigadas y procesadas por crímenes de derecho internacional, aquellas que deben ser repatriadas, si procede, y procesadas en sus países de origen, y aquellas que deben ser puestas en libertad. Los procedimientos nacionales deben cumplir las normas internacionales sobre juicios justos y no recurrir a la pena de muerte”.

Aquí el pragmatismo estadounidense vuelve a imponerse, con las transferencias de detenidos del IS desde Siria hacia Irak, motivadas por preocupaciones sobre la seguridad de prisiones y campos. El argumento es técnico; el fondo es político: Washington no quiere quedarse atrapado protegiendo cárceles en un territorio cuya arquitectura política ya no está dispuesto a sostener.

Soldados sirios en la explotación de petróleo de Al-Omar tras la retirada kurda. | Efe

El miedo al descontrol: asedio, memoria y amenaza existencial

Hasan plantea el peor escenario. Habla de una mezcla explosiva: ejército sirio y aliados, tribus, facciones pro-turcas acusadas de abusos y violaciones de derechos humanos, y elementos del universo IS liberados o fuera de control. “Esto es extremadamente peligroso”, advierte. Y teme que, si los kurdos no se rinden, “habrá múltiples masacres”, con el eco cercano de las cacerías que ha sufrido la minoría alauí en Siria.

Pero su discurso tiene además una dimensión simbólica: denuncia que desde estructuras oficiales se está alimentando un lenguaje que en la memoria kurda es veneno. Hasan menciona una declaración del Ministerio sirio de Asuntos Religiosos que habría utilizado una referencia coránica vinculada a la campaña Anfal. “Para los kurdos esto es aterrador”, dice, porque “trae de vuelta los recuerdos de la campaña genocida de Sadam Husein”.

Se necesita iniciar un diálogo nacional sobre un nuevo contrato social. Cualquier otra cosa conducirá a la continuación de la guerra civil en Siria

Y describe también la dimensión humanitaria del golpe: habla del asedio de Qobuz, ciudad emblemática por su papel en la derrota del IS en 2014. “Han impuesto un asedio a la ciudad”, relata. “Desde hace tres días no ha entrado agua ni comida, y tampoco hay electricidad”. Un país que vuelve a ganar territorio, sí, pero al precio de castigar a comunidades enteras.

"Hasta hace poco tiempo había una pequeña esperanza de que se pudiera alcanzar una solución pacífica entre las Fuerzas Democráticas Sirias, los kurdos y Ahmad al Sharaa, pero esa esperanza se ha desvanecido. Lo que importa ahora es, en primer lugar, que Estados Unidos presione a Ahmad al Shara y a Turquía para que no esperen a que se produzca un genocidio contra los kurdos. En segundo lugar, la confianza entre los kurdos y Damasco se ha perdido por completo", desliza Hasan. A su juicio, "lo que se necesita es realmente un nuevo acuerdo por el que se impongan garantías internacionales a Al Sharaa" sobre las minorías y "luego, gradualmente, se pueda iniciar el diálogo nacional sobre un nuevo contrato social". "Cualquier otra cosa, en mi opinión, conducirá a la continuación de la guerra civil en Siria, a una mayor división del país y, con ello, tendrá efectos desastrosos para toda la región".

Una manifestante en el Líbano denunciando la limpieza étnica de los kurdos. | Efe

¿Qué está en juego realmente?

La ofensiva, pese a su capa institucional, reabre tres grietas. Primero, la cohesión territorial de Siria, que Al Sharaa quiere blindar como éxito político. Segundo, la supervivencia política kurda, amenazada por la absorción centralista y la falta de garantías. Tercero, la estabilidad regional, expuesta por el regreso del factor IS y el papel de Turquía.

Trump apuesta por Al Sharaa: le ofrece “unidad”, un socio único y una salida del laberinto sirio. Pero el precio puede ser el segundo: un pueblo que se siente empujado al rincón sin red internacional, obligado a elegir entre perderlo todo o resistir. Y el riesgo es el tercero: que en el noreste nazca un posconflicto sin paz, con insurgencia, revancha y prisiones en disputa.

Bonsey lo insinúa cuando insiste en la necesidad de “definir un marco de integración que salvaguarde los derechos de los kurdos y de todos los sirios”. Hasan lo traduce en una frase que pesa como una losa: “La credibilidad y legitimidad de Estados Unidos y de Occidente está por los suelos”.