El asesinato del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, no solo ha descabezado la cúspide político-religiosa de la República Islámica. Ha activado, en plena guerra abierta con Estados Unidos e Israel, un debate estructural que el sistema llevaba años postergando: cómo garantizar la continuidad del poder sin traicionar su ADN revolucionario. Y, sobre todo, si esa continuidad puede adoptar una forma dinástica en un régimen que nació derrocando a una monarquía.
La operación que acabó con Jamenei a los 86 años —planeada por inteligencia estadounidense durante meses y ejecutada tras detectar una reunión clave en Teherán, según The New York Times— fue diseñada para producir un shock sistémico. Pero la gran incógnita en Washington no era solo si el líder moriría, sino qué ocurriría después. Exactamente el escenario al que el Irán modelado por las últimas tres décadas por Jamenei se enfrenta desde este domingo.
El cálculo previo de la CIA: la Guardia Revolucionaria como relevo
En las dos semanas previas al ataque, la CIA elaboró evaluaciones internas sobre los escenarios de sucesión. Según dos fuentes informadas sobre los análisis de inteligencia citadas por Reuters, la agencia concluyó que “incluso si el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, era asesinado en la operación, podría ser reemplazado por figuras de línea dura procedentes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC)”.
Las evaluaciones —precisan las fuentes— “examinaron de manera amplia lo que podría ocurrir en Irán tras una intervención estadounidense y hasta qué punto una operación militar podría desencadenar un cambio de régimen en la República Islámica, ahora un objetivo declarado de Washington”. Entre los múltiples escenarios contemplados, uno de los que emergió con fuerza fue precisamente “la toma del poder por parte de figuras del IRGC”, según una tercera fuente familiarizada con el contenido de los informes.
La hipótesis de una transición hacia un liderazgo aún más basado en la seguridad y enrocado en la línea dura encaja con la naturaleza del IRGC: una fuerza militar de élite cuya misión explícita es proteger el gobierno clerical chií en Irán. En otras palabras, la eventual muerte del líder supremo no implicaba necesariamente apertura o colapso, sino la posibilidad de una concentración de poder en los sectores más duros del aparato.
El propio presidente estadounidense, Donald Trump, llevaba semanas insinuando su interés en un cambio de régimen, aunque sin detallar quién podría liderar el país. En un mensaje en vídeo difundido la mañana del ataque, describió a Teherán como un “régimen terrorista” y animó al pueblo iraní a “hacerse con el control del gobierno”, afirmando que los bombardeos “prepararían el terreno para un levantamiento”. El mensaje implícito en los análisis de la CIA es claro: la eliminación de Jamenei no garantizaba una transición moderada. Podía, por el contrario, acelerar una mutación hacia un régimen más militarizado.
Un sistema en red, preparado para la decapitación: “Irán no es Venezuela”
Expertos consultados por El Independiente coinciden en que la República Islámica fue diseñada para sobrevivir a golpes de este tipo. Rob Geist Pinfold, profesor del King’s College de Londres, advierte que Irán es “un régimen en red sofisticado, con varios nodos de poder”, donde la autoridad no descansa en una sola persona o consejo.
“Debemos ser muy cautelosos al establecer paralelismos entre Irán y países como Venezuela. Irán es un régimen muy sofisticado, compuesto por varios nodos, es decir, el poder no recae en una sola persona ni en un solo consejo. Existen varios niveles de autoridad, por ejemplo, el establishment clerical, la Guardia Revolucionaria y, por supuesto, los líderes políticos. Eliminar a una figura como Jamenei, o incluso a un grupo de figuras, sí supone un revés militar y operativo temporal. Sí tiene un impacto psicológico, pero por sí solo no supondrá la caída del régimen. El régimen iraní lleva mucho tiempo preparado para este escenario y, de hecho, cualquier transición o continuación del gobierno está integrada en la gobernanza y la estrategia de Irán”, apunta el investigador británico.
El régimen iraní lleva mucho tiempo preparado para este escenario
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, reconoció este domingo que, en un intento de blindar la continuidad del propio régimen, “las unidades militares son ahora independientes y están algo aisladas, y actúan basándose en instrucciones generales que se les dan por adelantado”. Vali Nasr, profesor de Asuntos Internacionales y Estudios sobre Oriente Medio en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Johns Hopkins, subraya estas declaraciones como un elemento estructural: “Teherán habría dispersado autoridad y descentralizado la toma de decisiones para sobrevivir a ataques de decapitación”. El mensaje estratégico es inequívoco: perder al líder no detiene la maquinaria del Estado.
Ali Vaez, director del Proyecto Irán del International Crisis Group, subraya que la Constitución prevé un mecanismo de continuidad: un consejo provisional integrado por el presidente, el jefe del poder judicial y un clérigo del Consejo de Guardianes asume las funciones hasta que la Asamblea de Expertos elige sucesor. “En teoría, este mecanismo está diseñado para garantizar la continuidad y prevenir un vacío de poder. En la práctica, sin embargo, es difícil imaginar que la Asamblea se mueva con rapidez mientras el país sigue consumido por la guerra y la incertidumbre. El sistema político tiende a consolidarse antes de transitar”, ha señalado.
El artículo 111 de la Constitución iraní establece que, en caso de muerte o incapacidad del líder supremo, sus funciones deben ser asumidas temporalmente por un órgano colegiado compuesto por el presidente de la República, el jefe del Poder Judicial y un clérigo designado por el Consejo de Guardianes. En cumplimiento de ese precepto, el consejo quedó integrado este domingo por el presidente Masoud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Gholamhossein Mohseni Ejei y el ayatolá Alireza Arafi, figura destacada del establishment religioso. Estos dos últimos, por cierto, figuran entre los posibles candidatos a sucederle.
Su principal cometido será garantizar la estabilidad del aparato estatal y supervisar la transición hasta que la Asamblea de Expertos, el órgano clerical encargado de elegir al líder supremo, designe al nuevo jefe del Estado. La Asamblea, compuesta por 88 religiosos elegidos formalmente por sufragio pero filtrados por el Consejo de Guardianes, deberá reunirse para nombrar al sucesor en un proceso que previsiblemente se desarrollará bajo estricta opacidad. En la práctica, el equilibrio de poder entre el clero conservador, los Guardianes de la Revolución y los principales centros de seguridad será determinante en la designación. La muerte de Jamenei abre la primera gran transición en la cúspide del sistema desde el fallecimiento de Ruholá Jomeini en 1989.
Cinco candidatos
Mojtaba Jamenei: la línea hereditaria
Segundo hijo del líder fallecido, Mojtaba es el nombre que más inquieta dentro y fuera de Irán. Es descrito a menudo como una figura con ascendencia sobre sectores clave del IRGC y redes consolidadas en la sombra. Su elección supondría un salto cualitativo: la instauración de una sucesión padre-hijo en un sistema fundado tras la caída del sha Mohamed Reza Pahlavi. La paradoja histórica es evidente. Pero en un escenario de guerra existencial, la élite podría considerar que la continuidad familiar garantiza cohesión y disciplina.
Alireza Arafi: el custodio del procedimiento
Vicepresidente de la Asamblea de Expertos y miembro del Consejo de Guardianes, Arafi integra el consejo provisional. Representa la continuidad institucional estricta y la legitimidad clerical clásica.
Mohammad Mehdi Mirbagheri: el ideólogo
Ultraconservador y crítico frontal de Occidente, Mirbagheri encarna la línea doctrinal más rígida. Su elección implicaría un endurecimiento ideológico y probablemente una escalada estratégica.
Gholam-Hossein Mohseni-Ejei: el hombre del aparato
Actual jefe del poder judicial y exministro de Inteligencia, Mohseni-Ejei simboliza la continuidad de seguridad. Su candidatura reforzaría la primacía del aparato sobre cualquier tentación reformista.
Hassan Jomeini: el puente generacional
Nieto del fundador Ruhollah Jomeini, ofrece un relato de renovación dentro de la tradición revolucionaria. Su perfil moderado podría facilitar una distensión externa, pero en plena guerra su viabilidad resulta incierta.
¿Revolución o mutación?
A juicio de Geist Pinfold, “Ali Lajani, el antiguo presidente del Parlamento, que en su día fue considerado un moderado, fue designado sucesor temporal por Jamenei hace apenas una semana”. “Realmente se estaban preparando para que se produjera precisamente este escenario. Ahora bien, no hay indicios de que el régimen iraní vaya a moderarse en un futuro próximo. Lo que tendríamos que ver sería un cambio real en su comportamiento”, agrega.
La evaluación previa de la CIA introduce una variable decisiva: la posibilidad de que el IRGC no solo influya, sino que capture formalmente el liderazgo. Si ese escenario se materializa, Irán no caminaría hacia una apertura, sino hacia una teocracia aún más blindada por el estamento militar.
Y si, además, el elegido fuese Mojtaba Jamenei, la República Islámica entraría en un terreno simbólicamente explosivo: una teocracia con rasgos hereditarios. No una monarquía restaurada, pero sí una revolución convertida en linaje.
La muerte de Ali Jamenei no garantiza el fin del régimen, como este domingo reconoció Reza Pahlavi, el príncipe heredero de Irán, en mitad de la euforia de sus partidarios y de algunos centros de poder occidental. Puede, paradójicamente, reforzarlo en su versión más cerrada y de seguridad. El interrogante ya no es si la República Islámica sobrevivirá, sino qué equilibrio emergerá entre clérigos, Guardia Revolucionaria y redes de poder.
“No hemos visto aún ningún indicio de cambio de régimen. Obviamente, es muy difícil ver un cambio de régimen mientras Irán está siendo bombardeado. La gente no puede salir a exigir ningún cambio mientras las bombas caen literalmente en su barrio. Una vez que se disipe el humo, la pregunta es si Estados Unidos tiene una hoja de ruta clara para pasar de la fase militar de la operación a un nuevo horizonte político. Para mí, esa es una pregunta muy abierta en este momento”, concluye Geist Pinfold.
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