Durante dos décadas, las capitales del Golfo Pérsico vendieron al mundo una promesa futurista que fascinó a muchos. Presumían de ser urbes surgidas del desierto donde los rascacielos brillaban sobre islas artificiales; destinos para el turismo de lujo; centros financieros globales y campo para ejércitos de influencers, aleccionados y preparados para retransmitir una vida de riqueza permanente. Dubái, Riad, Abu Dabi o Doha se presentaban como la cara moderna de Oriente Próximo, una suerte de oasis de estabilidad en una región marcada por los conflictos. En apenas 11 días la guerra contra Irán, con los misiles impactando en hoteles e instalaciones de la península Arábiga, ha hecho saltar por los aires todo ese relato.
“La vida ha cambiado. Los países del Golfo intentan proyectar normalidad, pero el equilibrio ha cambiado de una forma que era inconcebible hace apenas una semana”, advierte en declaraciones a El Independiente el analista Kawa Hassan, experto en Oriente Próximo y norte de África del centro de análisis Stimson. “Más importante aún será el impacto a largo plazo en la percepción de seguridad que los países del Golfo tienen frente a Irán”. De momento, las petromarquías han evitado la tentación de verse arrastrados por Washington y Tel Aviv en una guerra que va en contra de sus intereses.
La sacudida comenzó tras los bombardeos estadounidenses e israelíes contra Irán el 28 de febrero. En respuesta, Teherán lanzó una campaña de represalia destinada no solo a bases militares estadounidenses en la región -como ya había firmado en el último año-, sino también a infraestructuras clave de las monarquías del Golfo. En Emiratos Árabes Unidos, el Ministerio de Defensa afirma que Irán lanzó centenares de drones y decenas de misiles balísticos contra el país en los primeros días de la escalada, muchos de ellos interceptados por las defensas aéreas pero suficientes para causar daños en zonas urbanas y turísticas.
Las explosiones se escucharon en barrios de Dubái y Abu Dabi. Restos de drones y misiles cayeron cerca de zonas residenciales, dañaron hoteles en Palm Jumeirah; alcanzaron infraestructuras cercanas al aeropuerto internacional de Dubái; e impactaron en misiones diplomáticos de EEUU en la zona. El balance oficial apunta a varios muertos y más de un centenar de heridos, en su mayoría causados por fragmentos de interceptores o proyectiles derribados. Un cambio drástico de la realidad que los influencers han captado estos días, para infortunio de los jeques que gobiernan con 'manu militari' la región.
Un escenario impensable
La escena resultaba impensable en ciudades que habían convertido la estabilidad en su principal activo económico, con un férreo control de seguridad. Dubái, emblema de esa transformación, se había consolidado como uno de los mayores centros turísticos y financieros del planeta. En 2025 recibió más de 17 millones de visitantes internacionales y aspiraba a superar los 20 millones este año. La guerra ha puesto en jaque esas previsiones. Un informe de Tourism Economics calcula que el conflicto podría privar a la región de entre 23 y 38 millones de visitantes y causar pérdidas de entre 34.000 y 56.000 millones de dólares en gasto turístico.
Las cancelaciones se multiplicaron en cuestión de horas, con imágenes de turistas extranjeros atrapados en hoteles y cruceros. Aeropuertos como Dubái, Doha o Abu Dabi cerraron o limitaron operaciones, provocando miles de vuelos suspendidos y dejando a decenas de miles de pasajeros varados en los principales nodos de la aviación del Golfo. Dubái es el aeropuerto con más tráfico internacional del mundo y uno de los nodos fundamentales de la aviación global. El conflicto ha creado un enorme vacío aéreo en Oriente Próximo que obliga a las aerolíneas a rodear la región, encareciendo vuelos entre Europa y Asia y generando retrasos en cadenas logísticas globales.
Los países del Golfo intentan proyectar normalidad, pero el equilibrio ha cambiado de una forma que era inconcebible hace una semana
La guerra también ha sacudido el corazón energético de la región. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial, se ha convertido de nuevo en el punto más vulnerable de la economía global. Los ataques y amenazas en la zona redujeron el tráfico de petroleros y dispararon los precios del crudo por encima de los 110 dólares por barril, el nivel más alto desde la pandemia.
Irán ha golpeado además instalaciones energéticas en varios países del Golfo. En Qatar, un ataque con drones obligó a suspender temporalmente la producción en instalaciones gasísticas clave del complejo industrial de Ras Laffan, el mayor centro de exportación de gas natural licuado del planeta. El impacto económico se extiende más allá de la energía. El cierre del espacio aéreo y la paralización de rutas marítimas han afectado al transporte de mercancías entre Asia y Europa, encareciendo los costes logísticos y elevando los precios del combustible y de materias primas en mercados internacionales.
Un golpe reputacional
Pero la arremetida más profunda ha sido simbólica: desbaratar brutalmente la narrativa construida en las últimas décadas al calor de los petrodólares. Dubái, la joya de esa metamorfosis, se había convertido en la capital global de los influencers. Miles de creadores de contenido, seducidos por una sobredosis de agencias de relaciones públicas, llegaban cada año atraídos por un ecosistema diseñado para el lujo digital: apartamentos con vistas al Burj Jalifa, fiestas en yates, brunches frente al mar y coches deportivos recorriendo autopistas de ocho carriles.
Cuando comenzaron los ataques, muchos reaccionaron grabando los misiles cruzar el cielo y compartiéndolos en Instagram o Tik Tok. Los influencers retransmitieron interceptores antimisiles cruzando el cielo nocturno, explosiones en la distancia y sirenas sonando sobre clubes de playa. Algunos vídeos mostraban turistas observando la caída de proyectiles desde terrazas o yates, mientras otros intentaban reforzar el mensaje de normalidad con escenas de fiestas junto a piscinas o paseos nocturnos por la Marina.
“El momento es particularmente inoportuno para los países del Golfo porque se hallan en mitad de la mayor transformación económica de su historia reciente”, explica Frédéric Schneider, investigador del Middle East Council on Global Affairs. “Las estrategias de Visión, ya de por sí frágiles, están basadas en la premisa de que pueden combinar la riqueza en hidrocarburos, la centralidad geográfica y la expansión de los mercados domésticos para atraer talento y capital extranjero, diversificarse más allá de las exportaciones de petróleo y construir economías del conocimiento de primer clase mundial. Todas esas premisas descansan en la percepción de estabilidad que los acontecimientos de los últimos días han puesto bajo severo y tal vez duradero cuestionamiento”.
Silenciar los ataques: multas y penas de cárcel
Países como Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, en un intento de controlar el relato y sus daños, han advertido de sanciones económicas y penas de prisión por por publicar vídeos o fotos de impactos de misiles o de los lugares donde caen restos de proyectiles. La fiscalía emiratí ha recordado estos días que fotografiar o difundir imágenes de lugares donde caen misiles o fragmentos interceptados puede ser delito así como compartir ese material o información no verificada puede generar pánico o dañar la seguridad nacional.
La paradoja es evidente: lujo e inseguridad compartiendo el mismo encuadre. Las monarquías del Golfo, estrechas aliadas de Estados Unidos, han intentado transformar sus economías para depender menos del petróleo y más del turismo, la tecnología y los servicios financieros. Programas como Visión 2030 en Arabia Saudí o las estrategias de diversificación de Emiratos y Qatar se apoyaban en una premisa básica: que el Golfo era un oasis de estabilidad. Al calor de sus apetecibles sueldos una legión de expatriados se había establecido en su páramo a cambio de suspender cualquier ejercicio de libertad de expresión. “Poca gente entiende objetivamente cómo de frágiles son estos países. Existe una falsa esperanza basa en un constante estado de propaganda. Incluso X en Emiratos y Arabia Saudí están sometidos a una censura draconiana”, desliza un analista de riesgo.
La contienda ha puesto en cuestión el espejismo. Las ciudades del futuro levantadas en el desierto —con sus rascacielos, aeropuertos gigantescos y playas artificiales— dependen de un activo invisible: la percepción de seguridad. Si esa percepción se erosiona, también lo hacen las inversiones, el turismo y el talento extranjero que sostiene esas economías, advierten ahora los expertos. Una fragilidad que hace años deslizó el ex presidente egipcio Hosni Mubarak con una frase que algunos han recordado esta última semana: “Los que se envuelven en Estados Unidos están desnudos”.
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