El lunes comenzó a fraguarse la desescalada tras 22 días de guerra que han disparado los precios del petróleo y el gas y ha puesto en jaque a Oriente Próximo y, en un rápido efecto dominó, al resto del mundo. Más de 2.000 muertos y un sistema energético al borde del colapso, Donald Trump reconoció implícitamente que el conflicto, al que fue arrastrado por Israel y que muchos analistas consideran una sucesión de abultados errores de cálculo, abrazó el tono conciliador y optó por delegar en actores regionales una salida que Washington ya no puede controlar en solitario. Turquía, Egipto y Pakistán no son meros intermediarios: se han convertido en la arquitectura de emergencia de una negociación indirecta entre Estados Unidos e Irán que intenta evitar un colapso mayor.

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La decisión de aplazar durante cinco días los bombardeos contra infraestructuras energéticas iraníes con los que el republicano había amenazado previamente llegó tras lo que el propio Trump calificó como “conversaciones buenas y muy productivas”. Pero el contraste con la realidad se hizo evidente poco después: Teherán negó cualquier negociación directa y describió las declaraciones estadounidenses como un intento de “manipular los mercados”. La República Islámica recibió la retahíla de declaraciones de Trump -desde una publicación inicial en su red social hasta las declaraciones posteriores a los periodistas- como una suerte de victoria.  

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Equipos de rescate tras un ataque en Teherán. | Efe

Un terceto en busca de un alto el fuego

Entre bambalinas Ankara, El Cairo e Islamabad comenzaron a moverse hacia el eventual final de la contienda. Los tres países han estado intercambiando mensajes entre ambas partes e intentando organizar un contacto directo que podría materializarse esta misma semana. La fórmula recuerda a las negociaciones indirectas previas a la guerra, pero con un elemento nuevo: el conflicto ha alterado profundamente los equilibrios de poder y ha endurecido las posiciones. También ha modificado a los mediadores más previsibles: Omán y Qatar.

El sultanato reconoció la semana pasada su frustración y rabia con Washington tras sabotear unas negociaciones en Ginebra que habían logrado avances y advirtió de que EEUU “había perdido el control sobre su política exterior”. Fuentes qataríes, por su lado, reconocieron a El Independiente que no se habían implicado en la iniciativa mediadora. Víctima de los ataques iraníes -el bombardeo de su refinería estrella la semana pasada necesitaría entre tres y cinco años para recuperar su actividad habitual-, Doha ha establecido que no participará en negociaciones mientras los misiles iraníes sigan cayendo sobre su territorio.

El terceto regional ha establecido contactos con el que emerge como la nueva figura clave en Irán: Mohammad Baqer Ghalibaf. El presidente del Parlamento iraní se ha convertido en el interlocutor potencial con Washington tras el asesinato de Ali Larijani, que durante meses actuó como el verdadero cerebro político del régimen y el canal más fiable con Occidente. Su muerte no solo ha descabezado parte del sistema, sino que ha desplazado el peso de la negociación hacia perfiles más duros y más vinculados al aparato militar.

Mohammad Baqer Ghalibaf

Lo que estamos viendo son señales de desescalada

Ghalibaf, excomandante de la Guardia Revolucionaria y figura con peso en el núcleo del poder, encarna ese nuevo equilibrio. Según Axios, es visto por Washington como el dirigente “más respetado” con capacidad de interlocución real en un momento en que el liderazgo iraní se ha vuelto más opaco y fragmentado. Pero también es quien, en público, ha negado cualquier negociación, evidenciando la dualidad de una diplomacia que avanza sin reconocimiento oficial.

Ese doble juego, con buena parte de los avances fraguándose en la sombra, define el momento actual. No hay diálogo formal, pero sí canales abiertos. No hay acuerdo, pero sí arquitectura para intentarlo.

“Lo que estamos viendo son señales de desescalada”, explica a este diario el analista qatarí Rashid al Mohanadi, vicepresidente del Centro de Investigación de Política Internacional. “Canales diplomáticos en la sombra. El principal riesgo es Israel. Esperamos que Estados Unidos pueda mantenerlo a raya el tiempo suficiente para alcanzar un acuerdo”, admite. Su advertencia se inscribe en una percepción cada vez más extendida: el conflicto ha dejado de ser gestionable bajo los parámetros tradicionales.

Una crisis con impactos duraderos

La dimensión económica es el principal catalizador. La Agencia Internacional de la Energía ha alertado de que la crisis actual supera incluso el impacto de los shocks petroleros de los años setenta, con interrupciones masivas en el suministro y volatilidad extrema en los mercados. La simple expectativa de negociaciones ha bastado para hacer caer el precio del crudo y disparar las bolsas, reflejando hasta qué punto la estabilidad del sistema depende de una desescalada inmediata.

En ese contexto, Turquía ha emergido como el actor más activo. Ankara lleva años cultivando una diplomacia de equilibrio que ahora despliega con intensidad. “Turquía ha venido aplicando una política diplomática de equilibrio desde el estallido de las hostilidades. De hecho, se trata de una postura que Ankara ha mantenido de forma habitual en los últimos años, ya que es consciente de que la estabilidad interna depende en gran medida de la estabilidad regional. Por lo tanto, Turquía está invirtiendo mucho en mantener abiertos los canales diplomáticos con todos los actores regionales, Irán y EEUU”, señala la analista Valeria Giannotta, experta en Turquía. “No ha permitido el uso de sus bases aéreas por parte de Estados Unidos y apuesta por la desescalada y la contención”.

El ministro turco de Exteriores Hakan Fidan, en una imagen de archivo. | EP

La diplomacia turca mueve sus hilos

La diplomacia turca se ha acelerado en las últimas horas. El ministro de Exteriores, Hakan Fidan, ha mantenido contactos simultáneos con Irán, Estados Unidos, Egipto, Pakistán y varios países del Golfo Pérsico para explorar una tregua breve que abra espacio a negociaciones. La lógica resulta clara: evitar una escalada que podría desbordar a toda la región.

Pero la posición turca no es neutral. Ankara acusa abiertamente a Israel de ser el principal factor de inestabilidad. “Israel da la impresión de que no quiere parar hasta destruir los objetivos militares e industriales iraníes”, advirtió Fidan, alineándose con una percepción creciente en la región.

Turquía pretende proteger el status quo regional en la medida de lo posible, así como las complementariedades de larga data con Irán en materia de comercio, acuerdos y negocios

Esa preocupación se ha trasladado también a Washington. Este mismo lunes, el vicepresidente JD Vance habló por teléfono con Benjamin Netanyahu para abordar los intentos de abrir negociaciones con Irán. Ambos discutieron los componentes de un posible acuerdo para poner fin a la guerra, en un intento de alinear posiciones y evitar que Israel dinamite la vía diplomática antes incluso de que arranque.

La llamada refleja el nudo central de la estrategia estadounidense: negociar con Irán mientras contiene a su propio aliado, con la percepción interna y externa de que Trump se ha dejado llevar por los instintos de Netanyahu. Entretanto, la península Arábiga -atacada repetidamente por Irán- se enfrenta a sus propios cálculos. “Los países del Golfo están conmocionados”, sostiene Al Mohanadi. “Pensaban que su apuesta por la desescalada sería correspondida, pero Irán ha demostrado que no tiene líneas rojas”. El resultado, confiesa, es una ruptura de confianza que podría llevar las relaciones a niveles incluso peores que los de los años ochenta.

Demandas de Irán

Egipto y Pakistán completan el triángulo mediador con perfiles distintos pero complementarios. El Cairo intenta preservar su papel tradicional como árbitro regional mientras equilibra sus relaciones con Washington y los países del Golfo. Islamabad, por su parte, actúa como puente incómodo: comparte frontera con Irán -y una enorme dependencia al petróleo y gas iraníes-, mantiene vínculos estratégicos con Arabia Saudí y ha ofrecido su territorio como posible sede de negociaciones.

La mediación no está exenta de obstáculos. Las posiciones de partida siguen siendo incompatibles en puntos clave. Según fuentes diplomáticas y revelaciones recogidas por medios iraníes, Teherán plantea tres exigencias fundamentales: garantías firmes de que no habrá nuevos ataques estadounidenses o israelíes, compensaciones económicas por los daños sufridos durante la guerra y acceso a sus ingresos petroleros para estabilizar su economía. A ello se suma una línea roja estructural: cualquier acuerdo debe reconocer su capacidad de disuasión y evitar un desmantelamiento completo de su programa estratégico.

Frente a ello, Washington insiste en limitar el programa nuclear, reducir el arsenal misilístico y garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz, clave para el suministro energético global.

Pero el principal factor de incertidumbre sigue siendo Israel. Tanto Ankara como varios actores del Golfo consideran que Netanyahu puede sabotear cualquier intento de acuerdo si percibe que limita su margen de acción militar. Es ahí donde se concentra la presión sobre Trump.

Daños en Arad, centro de Israel, causados por un ataque iraní. | EP

El propio presidente estadounidense ha reconocido implícitamente esa tensión. Tras hablar con Netanyahu, aseguró que Israel estaría “muy satisfecho” con un eventual acuerdo. Sin embargo, fuentes israelíes admiten sorpresa —y cierto recelo— por la rapidez con la que Washington ha abierto la vía negociadora, tras el cálculo fallido de que una campaña de ataques allanaría el camino hacia una rebelión interna y popular que tumbaría el régimen teocrático.

La ventana diplomática abierta por Trump resulta frágil, condicionada y reversible

El margen temporal es mínimo. La guerra ha entrado en su cuarta semana con ataques cruzados sobre Teherán, Israel y el Líbano, amenazas sobre infraestructuras energéticas y un estrecho de Ormuz parcialmente bloqueado. La ventana diplomática abierta por Trump resulta frágil, condicionada y reversible. Tan imprevisible como el propio carácter de un presidente que prometió no implicarse en guerras largas y apostó por una agresión a la que tanto las petromonarquías del Golfo como la Unión Europea se negaron a sucumbir.

En ese equilibrio inestable, Turquía, Egipto y Pakistán intentan construir una salida que no dependa exclusivamente de Washington. No se trata sólo de mediar, sino de rediseñar un orden regional trastocado por los acontecimientos del último mes. “En el escenario postconflicto, un Israel sin contención será percibido como una fuente de inestabilidad”, constata Al Mohanadi. Para Giannotta, el interés de la región es preservar un complicado equilibrio. Empezando por Ankara. “Turquía pretende proteger el status quo regional en la medida de lo posible, así como las complementariedades de larga data con Irán en materia de comercio, acuerdos y negocios”, concluye.