El 28 de febrero, con los primeros bombardeos sobre Teherán, Israel puso en marcha la cuenta atrás que debía conducir a su largamente ansiada caída del régimen de los Ayatolás. El plan establecido por el Mossad fiaba su derrumbe a una campaña de ataques aéreos que haría colapsar al aparato de seguridad y descabezaría el establishment, seguida de una rebelión popular. Tras un mes de la ofensiva de Estados Unidos e Israel, Irán sigue resistiendo. Y esa es ya, de partida, la principal noticia. Quienes apostaron en Tel Aviv y Washington por un rápido colapso, se enfrentan ahora a la resiliencia de un país que ha convertido el estratégico estrecho de Ormuz y décadas de preparación militar, asentadas en su arsenal de misiles y drones, en su fortaleza.

La guerra entra en una fase de desgaste que amenaza con hundir la economía mundial. Ya no se trata solo del estruendo de los bombardeos sobre instalaciones nucleares, fábricas de misiles o bases de los Guardianes de la Revolución. Tampoco del efecto inmediato de una campaña que, en términos puramente militares, ha permitido a Washington y Tel Aviv penetrar el espacio iraní, castigar su infraestructura de defensa y reducir el volumen de los ataques de respuesta. El balance del primer mes es más incómodo y, al mismo tiempo, más revelador: la coalición ha golpeado con enorme eficacia táctica, pero no ha conseguido quebrar la lógica estratégica de Teherán, que sigue resistiendo, sigue devolviendo golpes y sigue condicionando el precio de la energía, la navegación comercial y la estabilidad de todo Oriente Próximo.

Columna de humo en el distrito 7 de Teherán

Un régimen en modo de supervivencia

La guerra ha dejado, además, una imagen que resume su verdadera naturaleza. Mientras los cazas israelíes y estadounidenses atacan objetivos a cientos de kilómetros y la inteligencia occidental enumera depósitos destruidos, fábricas inutilizadas y lanzaderas neutralizadas, en el estrecho de Ormuz bastan tres avisos de la Guardia Revolucionaria para poner en jaque a navieras, aseguradoras y mercados. Irán puede estar perdiendo músculo militar, pero conserva capacidad para convertir su mera supervivencia en una palanca de presión global.

Ahí reside la paradoja que recorre este primer mes. “Casi un mes después del inicio del conflicto, Washington, Tel Aviv y Teherán parecen convencidos de que la trayectoria les favorece”, resume Ali Vaez, del International Crisis Group. Y añade la clave de lectura: “Están librando guerras relacionadas, pero distintas, y miden el éxito con métricas diferentes”. Para EEUU e Israel, el objetivo inmediato ha sido “erosionar sistemáticamente las capacidades duras de Irán, desde sus arsenales de misiles y su infraestructura de producción hasta sus defensas aéreas y sus activos navales, al tiempo que se debilita la capacidad interna de coerción del régimen”. Para Teherán, en cambio, el listón del éxito es otro: “Haber resistido el shock inicial, demostrar capacidad para responder a EEUU, Israel y sus socios, y alterar el tráfico marítimo en Ormuz de forma que aumente el precio económico de la confrontación”. En esa doble contabilidad, todos dicen ganar, y ese es precisamente el principal combustible de la escalada.

Para Irán, el éxito es haber resistido el shock inicial, demostrar capacidad para responder a EEUU, Israel y sus socios, y alterar el tráfico marítimo en Ormuz de forma que aumente el precio económico de la confrontación

Sobre el papel, Washington y Tel Aviv pueden exhibir logros concretos. Las evaluaciones de inteligencia estadounidenses solo pueden confirmar con certeza la destrucción de alrededor de un tercio del arsenal iraní de misiles. Otro tercio podría haber quedado dañado o enterrado bajo los bombardeos, aunque la red subterránea iraní impide por ahora verificarlo plenamente. El Pentágono sostiene, además, que la actividad iraní con misiles y drones ha caído un 90% desde los primeros días de la guerra, mientras el mando central estadounidense asegura que dos tercios de las instalaciones de producción han sido destruidas. Israel, por su parte, afirma haber neutralizado cerca del 70% de la capacidad de lanzamiento iraní. Son cifras importantes, pero no concluyentes: la misma evaluación reconoce que Teherán todavía dispone de inventario, capacidad de disparo y posibilidad de recuperación parcial de material oculto en túneles y complejos subterráneos.

Esa fotografía explica por qué la campaña ya no puede venderse como una operación breve y quirúrgica. Mehrzad Boroujerdi, vicerrector de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Misuri y experto en Irán, lo sintetiza de forma elocuente en conversación con El Independiente: “Estados Unidos e Israel parecen estar alcanzando sus objetivos militares, si el éxito se mide puramente por la capacidad de golpear los objetivos designados. Irán, sin embargo, ha demostrado una considerable habilidad para sacar partido de la presión económica y una elevada resiliencia bajo una tensión sostenida”. Y añade una comparación que persigue a Washington desde hace días: “Este conflicto ya ha superado los 21 días que tardó en caer el Gobierno de Sadam Husein en 2003, lo que subraya hasta qué punto esta guerra es distinta en su estructura y en su resistencia”. No es una guerra de derrumbe rápido, sino de persistencia.

En ningún momento de la historia una potencia más fuerte ha sido capaz de ganar una guerra que ella misma ha iniciado contra una potencia más débil

Más tajante aún se muestra Mehran Kamrava, profesor de Gobierno en Georgetown University Qatar: “Para Irán, simplemente resistir equivale a ganar”. La frase no alude a una victoria convencional, sino a una lógica histórica bien conocida: la potencia más fuerte no siempre consigue convertir su superioridad militar en victoria estratégica cuando se embarca en una guerra de elección contra un adversario más débil pero dispuesto a absorber costes y alargar el tiempo del conflicto. “En ningún momento de la historia una potencia más fuerte ha sido capaz de ganar una guerra que ella misma ha iniciado contra una potencia más débil. Algunos ejemplos de épocas más recientes resultan reveladores: Estados Unidos contra Vietnam; la URSS contra Afganistán; Estados Unidos contra Irak; Estados Unidos contra Afganistán; y Rusia contra Ucrania. En todos estos casos, la potencia más fuerte ha sido incapaz de traducir su superioridad militar en una victoria estratégica”, alega. “No hay ninguna indicación de que la guerra actual contra Irán por parte de EEUU e Israel sea diferente”, advierte. La frase duele en Washington porque va al centro del problema: destruir no siempre significa doblegar.

En los últimos días, en mitad de intentos de mediación regional y cruce de protestas de tregua, Israel ha seguido golpeando instalaciones de producción de armas en Teherán y el oeste del país, mientras Irán continuaba lanzando misiles y drones no solo contra Israel sino también contra estados árabes del Golfo. La guerra ya no es un duelo encapsulado entre dos enemigos declarados; es un incendio regional con frentes simultáneos, del espacio aéreo iraní a Beirut, de los puertos kuwaitíes a las rutas petroleras del Golfo, entre ellas, Arabia Saudí y Qatar, amplificando también los daños en la economía global.

Destrucción del complejo deportivo de Shohadan-e Esmaeili en Teherán. | Efe

Quemar munición en tiempo récord

El mayor problema para una coalición en la que Tel Aviv y Washington tienen objetivos distintos no está solo en lo que Irán todavía puede lanzar, sino en lo que a EEUU e Israel les cuesta seguir interceptándolo. En los primeros 16 días de guerra, la coalición disparó 11.294 municiones, con un coste estimado de 26.000 millones de dólares. Más de 5.000 fueron utilizadas solo en las primeras 96 horas. El problema no es únicamente el volumen, sino la lógica: interceptores de varios millones de dólares empleados para abatir drones y misiles mucho más baratos. El resultado es una relación coste-intercambio difícilmente sostenible si la guerra se prolonga. Reponer ese gasto podría costar más de 50.000 millones de dólares y llevar años, estima un informe publicado esta semana por el británico Royal United Services Institute (RUSI), uno de los centros de estudios estratégicos y de defensa más antiguos y prestigiosos del mundo.

El resultado es una relación coste-intercambio difícilmente sostenible si la guerra se prolonga

Cerca de medio millón de proyectiles de sistemas de defensa de corto alcance fueron disparados en esos primeros días por un coste relativamente bajo, mientras el gasto en interceptores de alta gama se disparaba a decenas de miles de millones. La guerra moderna ya no enfrenta solo arsenales, sino economías industriales. La ventaja estratégica empieza a desplazarse hacia quien pueda sostener la cadencia, no hacia quien haya dominado el primer golpe, subraya el citado informe.

Ese desgaste ayuda a entender por qué la guerra se ha desplazado del lenguaje de la superioridad tecnológica al de la geografía. Irán no es un objetivo que pueda ser reducido a la obediencia solo desde el aire. Su tamaño, su población y su relieve convierten cualquier escenario de invasión en una empresa descomunal. Sus montañas, su profundidad territorial y la dispersión de sus instalaciones dificultan la destrucción completa de su infraestructura militar y nuclear. Cuanto más se prolonga la guerra, más pesa el terreno sobre la tecnología.

Estrecho de Ormuz | Agencia Espacial Europea

La clave del estrecho de Ormuz

Esa lógica también se traslada al mar. El estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del petróleo y el gas mundial, se ha convertido en el verdadero centro de gravedad del conflicto. Irán ha advertido a buques que no atraviesen el paso y ha impuesto condiciones estrictas al tráfico marítimo. Aunque permite el tránsito de países considerados “amigos” -entre ellos, España-, el flujo se ha reducido drásticamente. El simple riesgo basta para frenar a las navieras. Irán no necesita cerrar completamente el estrecho para ejercer control: le basta con generar incertidumbre.

La negociación, iniciada esta semana con declaraciones de Trump que exhiben su creciente ansiedad por dar por finiquitada una agresión que alimenta su contestación interna, gira en torno a ese punto. La propuesta estadounidense exige desmantelar el programa nuclear iraní, limitar sus misiles y renunciar al control de Ormuz. Teherán ha respondido en sentido opuesto: exige el fin de la agresión, garantías de no repetición, reparaciones y reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho. Es un choque de lógicas irreconciliables: para Washington, la guerra debe terminar con un Irán debilitado; para Irán, debe concluir con su papel reforzado como actor indispensable y con un nuevo orden en Oriente Próximo.

Kawa Hasan, investigador del Stimson Center, considera en declaraciones a este diario que la dinámica interna del régimen apunta en esa dirección. “La muerte de Ali Larijani solo ha endurecido el núcleo duro del régimen”, advierte. “Lo que queda del liderazgo va a seguir adelante con una guerra de supervivencia”. Y anticipa una escalada: “Podríamos ver ataques más destructivos contra nuevos objetivos en el Golfo, instalaciones de petróleo y gas, quizá incluso Irak”. Su diagnóstico es claro: “Ahora mismo ninguna voz es más alta que la voz de la batalla”.

Mohammad Baqer Ghalibaf

Una élite iraní más radicalizada

La guerra también ha reconfigurado el equilibrio interno en Teherán. El ascenso de figuras más duras dentro del aparato de seguridad, desde el nuevo líder supremo Mojtaba Jamenei, refleja un cierre de filas en torno a la lógica de resistencia. Lejos de abrir grietas, el castigo externo parece haber reforzado el control de los sectores más radicales. Mohammad-Bagher Ghalibaf, presidente del parlamento, ha emergido como uno de los hombres clave. “Ghalibaf, antiguo miembro de la Guardia Revolucionaria, ha sido jefe de la policía (2000-2005), alcalde de Teherán (2005-2017), presidente del Parlamento (desde 2017) y miembro del Consejo de Discernimiento desde 2017. Es un auténtico hombre de dentro. No es tan astuto como Larijani, pero como candidato presidencial, alcalde de Teherán y presidente del Parlamento, es un nombre muy conocido. Negociará con dureza”, pronostica Boroujerdi.

En paralelo, el Líbano se ha convertido en el otro gran escenario del conflicto. Israel ha transformado el sur del país en una zona de guerra abierta. El supuesto objetivo es crear una nueva franja de seguridad hasta el río Litani, pero el resultado es una devastación masiva y una nueva invasión terrestre del territorio libanés. Más de 370.000 niños han sido desplazados en tres semanas. Al menos 121 han muerto y 399 han resultado heridos. Más de 150.000 alumnos han visto interrumpida su educación. Infraestructuras críticas han sido destruidas o dañadas. El número total de muertos supera ya el millar. La guerra contra Irán ha terminado por reabrir la herida libanesa con una intensidad que recuerda a sus peores episodios.

También Israel empieza a sentir el peso del conflicto. El aumento del gasto militar y la incertidumbre económica han llevado a advertencias sobre el impacto en su crecimiento y su déficit. La guerra ya no es solo una cuestión de seguridad, sino también de sostenibilidad.

El balance del primer mes no admite simplificaciones. Estados Unidos e Israel han logrado degradar las capacidades iraníes y han demostrado una superioridad militar. Pero no han conseguido cerrar la guerra ni imponer sus términos. Irán, por su parte, ha sufrido pérdidas severas, pero conserva lo esencial: la capacidad de resistir, de seguir golpeando y de convertir la guerra en un problema global, con un efecto dominó que ya se siente en todo el planeta. “Para Irán, resistir es ganar”, dice Kamrava. Y un mes después, esa afirmación se impone como la síntesis más precisa del conflicto. Porque si la coalición se jacta de haber infligido un daño enorme, Irán está demostrando que eso no basta para derrotarlo.