Cuando se habla del control migratorio en el norte de África, la mirada de Europa suele apuntar a Marruecos, Libia o Túnez. Sin embargo, en la diplomacia mediterránea opera un actor mucho más hermético y determinante. Hablamos de Argelia, un país que rechaza firmar memorandos migratorios genéricos con la Unión Europea, pero que, a través de acuerdos bilaterales, especialmente con la Italia de Giorgia Meloni, ejerce de guardián, destino y filtro en una de las regiones más inestables del mundo.

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Según el análisis del Instituto Español de Análisis Migratorio, Argelia está lejos de actuar como un simple "pasillo" de tránsito de flujos migratorios. Según los datos recopilados por sus expertos, el país magrebí funciona a la vez como un destino laboral y refugio para miles de africanos. Pero no solo eso, también actúa como la principal plataforma de salida marítima hacia España y, simultáneamente, en la trinchera militarizada que controla las principales vías migratorias procedentes del Sahel.

El “Punto Cero”

Entender el papel de Argelia requiere mirar hacia el sur, hacia el Sahel. Ahí, en la inmensidad de sus fronteras con Níger y Mali, la respuesta del Estado argelino frente a la migración irregular es fundamentalmente de seguridad. Una estrategia basada en controles militares, redadas en zonas urbanas y de trabajo informal en el desierto.

No obstante, la opacidad en las estadísticas es norma en el Gobierno argelino. El balance anual del Ministerio de Defensa del país señala que en 2025 su Ejército detuvo a 24.071 "inmigrantes clandestinos". Sin embargo, estas cifras oficiales no reflejan las expulsiones reales. Organizaciones sobre el terreno, como Alarme Phone Sahara, documentaron al menos 34.236 personas expulsadas hacia Níger en 2025 (unas cifras que muestran un aumento sostenido frente a las 31.000 de 2024 y 26.000 de 2023). En los primeros cinco meses de 2026, la cifra ya superaba los 14.600 expulsados.

Estas salidas se realizan en lo que las organizaciones humanitarias denominan los convoyes oficiales (amparados en un acuerdo bilateral de 2014 con Níger) y los temidos convoyes "no oficiales". En estos últimos, migrantes de diversas nacionalidades de África occidental y central son abandonados a su suerte en el conocido como Point Zéro (Punto Cero), en pleno desierto. Ahí, son obligados a caminar unos 15 kilómetros hasta la localidad nigeriana de Assamaka, el punto más cercano donde encontrar asistencia.

Localización de Assamaka, población nigeriana fronteriza con Argelia.

Todo esto ocurre bajo un gran vacío legal. Aunque Argelia es firmante de la Convención de Ginebra, carece de una ley nacional de asilo desarrollada, lo que imposibilita identificar correctamente a las personas que entran y salen del país. Grupos migratorios que incluyen menores, víctimas de trata o refugiados, como los miles de tuaregs que huyen de la guerra en Mali.

La presión sobre la costa española

El endurecimiento de la frontera sur argelina tiene una consecuencia directa en el Mediterráneo. Como advierte el análisis del IEAM, bloquear rutas no elimina los movimientos, sino que los desplaza geográficamente. 

Mientras Argelia realiza expulsiones masivas por el sur, sus costas norteñas han desplazado a Marruecos como el principal trampolín hacia la península ibérica. Según datos de Frontex (la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas) y la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) de 2025, las detecciones en la ruta del Mediterráneo occidental aumentaron un 27%, y más del 75% de las salidas marítimas se produjeron desde Argelia, conectando principalmente con las Islas Baleares y el litoral de Alicante, Murcia y Almería.

España, plenamente consciente de la importancia estratégica de Argelia, trata de reforzar las relaciones con esta. Por ello, los encuentros Madrid-Argel no dejan de producirse desde comienzos de este año, cuando comenzó el deshielo tras cuatro años de tensiones diplomáticas, a raíz del giro copernicano del Gobierno de Pedro Sánchez sobre el Sáhara Occidental. Así, la relación de nuestro país con Argelia mejoró notablemente con la vuelta al tratado de Amistad, que Argel suspendió al comenzar la crisis, y se espera una mayor cooperación entre ambos a futuro.

El eje Roma-Argel

No obstante, es Italia quien más ha capitalizado su relación con su vecino del sur. A diferencia de la estrategia de Bruselas, que se limita a incluir a Argelia en el Plan de Acción general para el Mediterráneo occidental, Roma ha desplegado una intensa diplomacia con la que mantiene una estrategia diferente a la marcada por Europa.

La primera ministra de Italia Giorgia Meloni con Abdelmadjid Tebboune, el presidente de Argelia, en una imagen de archivo | EP

Desde 2024, Italia impulsa una "cabina de regia" (sala de control) conjunta con Argelia, Libia y Túnez, invirtiendo 20 millones de euros en un programa ejecutado por la OIM para financiar retornos voluntarios desde el norte de África hacia los países de origen, logrando unas 65.000 repatriaciones en dos años. Con esta táctica, se consigue que la frontera europea quede externalizada y los flujos migratorios sean detenidos antes de llegar a la costa mediterránea.

Pero la alianza va mucho más allá. En 2025, Italia y Argelia dieron un paso decisivo al blindar un nuevo acuerdo de cooperación en materia de seguridad y lucha antiterrorista, elevando su asociación a un nivel estratégico. En julio de 2025 y en agosto de 2026, los ministros del Interior de ambos países mantuvieron cumbres clave en las que el bloqueo de flujos migratorios se trató en pie de igualdad con el intercambio de inteligencia policial para combatir las redes de tráfico humano y el yihadismo en el Sahel. Para Roma, Argelia no es solo el mayor proveedor de gas que sustituyó a Rusia tras la guerra de Ucrania, es el gendarme indispensable de su frontera sur.