"Qui sème la misère, recolte la colère". Quien siembra miseria, recoge ira. Es el mensaje de los franceses que quemaron las calles el sábado 17 de octubre en una de las jornadas más violentas del último mandato del presidente Emmanuel Macron. Son estudiantes, agricultores, transportistas, funcionarios, sindicalistas, chalecos amarillos, que se rebelan contra el coste de la vida y el recorte del Estado del bienestar. En realidad, se levantan contra un cambio de era en el que a muchos de ellos les toca estar del lado de los perdedores. Y culpan al presidente que ha querido gobernar como un emperador. "A Luis XVI lo decapitaron; ¡Macron, vamos a volver a hacerlo!".
Este domingo ha sido la jornada del balance de los destrozos. Lo más simbólico ha sido el incendio del ayuntamiento de Limoges, que data de 1883. Pero las imágenes son aterradoras: coches quemados, tiendas arrasadas, cristales rotos por las aceras y contenedores de basura volcados. Los gastos por los daños ocasionados se elevan a cientos de millones de euros. Las consignas anticapitalistas aparecían dibujadas junto a oficinas bancarias y establecimientos de lujo. "Subid los impuestos a los ricos", "Devolved el dinero". "Revolución". Es un escenario que refleja cómo la violencia se impuso de forma descontrolada.
Al menos 2.000 personas han sido detenidas, según el ministro del Interior, Laurent Núñez, que atribuyó la violencia a "varios miles de individuos de ultraizquierda decididos a atacar nuestros edificios públicos y nuestras fuerzas del orden". Políticos de derecha e izquierda piden que dimita Núñez como primera medida dado el total desgobierno del sábado.
Los encapuchados, unos miles, se hicieron con el control de las protestas del sábado, en las que participó medio millón de personas, ante una policía incapaz de contener su violencia. Los alcaldes de París, Lyon, y Marsella, han denunciado ante el primer ministro la falta de medios policiales.
Cuenta atrás para las presidenciales
Este estallido se produce cuando faltan seis meses para que se celebren las elecciones presidenciales en las que se decide quién sucederá a Macron tras dos mandatos consecutivos. En los sondeos la favorita es la líder ultraderechista Marine Le Pen. La presión sobre el gobierno de Sébastien Lecornu es cada vez mayor, cuando apenas tiene capacidad de acción por el elevado endeudamiento del país. Intenta aprobar los presupuestos para el próximo año ante el nerviosismo de los mercados de bonos respecto a la capacidad de Francia para controlar su déficit.
Hace justo un mes empezaron las protestas de los estudiantes de secundaria, motivadas por las deficitarias condiciones de los colegios, la falta de profesores, y los métodos de evaluación. El gobierno fue incapaz de calibrar la dimensión del enfado hasta que se unieron los universitarios y los sindicalistas.
Las soluciones que ofreció Lecornu han sido tardías y escasas: enviar a 3.000 profesores sustitutos, y poco más. El gobierno confiaba en las vacaciones que empezaban justo el sábado para que se aplacaran los ánimos. Tras el caos de este fin de semana, el presidente ha convocado a Lecornu y al ministro del Interior, antes de dirigirse a la nación en horario de máxima audiencia. La primera reacción de Macron en X ha sido la constatación de la impotencia: "No hay lugar para la violencia en nuestra República".
La lectura política
También ha empezado la carrera por buscar culpables políticos. El primer ministro ha apuntado contra el partido de extrema izquierda La Francia Insumisa y su líder, Jean-Luc Mélenchon, a quien reprocha no condenar la violencia con mayor firmeza. Mélenchon aseguró que las protestas fueron "en gran medida pacíficas", y afirmó que el "responsable del caos" era Lecornu "por su incompetencia". Mélenchon es el único líder al que respetan los manifestantes, salvo los encapuchados que va por libre y solo buscan el caos por el caos.
Marine Le Pen también señaló a la extrema izquierda. "Las reivindicaciones legítimas han sido una vez más tomadas como rehenes por la extrema izquierda y los discursos d los diputados de Jean-Luc Mélenchon que, al legitimar la violencia, al considerar el orden como una opresión y el desorden como un derecho, buscan precipitar al país en el caos", escribió la líder ultraderechista en su cuenta de X. Desde las redes sociales de su partido, Reagrupación Nacional, divulgaban la imagen de Le Pen con el lema: "La France apaisée". Es decir, la Francia tranquila frente a la Francia del caos de Macron.
Mélenchon y Le Pen salen ganando
¿A quién beneficia ver a Francia en esta deriva? El momento explica en gran parte lo que está pasando. Está en juego el Elíseo en apenas seis meses. Macron está en tiempo de descuento, es un pato cojo, aunque se juega su legado. Si este lunes sale de gira por cuatro países del Golfo tal y como está el país, realmente ha perdido el sentido de la realidad y da por perdida la batalla por su herencia. El primer ministro, Lecornu, el único que ha aguantado el último año, es muy débil por no contar con una mayoría solvente y por la frágil situación económica. Los candidatos centristas, asociados a Macron, tienen las de perder.
El debate sobre la seguridad beneficia indudablemente a Marine Le Pen, partidaria de la mano dura. Es una de las preocupaciones de los franceses junto con el coste de la vida y la inmigración.
Pero es Mélechon quien se erige en portavoz de muchos de los que protestan, así que también sale ganando. Según explicaba el politólogo Dominique Reynié en LCI, Mélenchon solo podía situarse en segunda vuelta si no hay debate sobre los programas. "Mélenchon ha inspirado esta jornada. Mélenchon no podría pasar a segunda vuelta si hay un debate razonable. No puede explicar cómo financiar su programa. Solo lo logrará si no hay debate".
En el caso de que sea Mélenchon quien pase a segunda vuelta con Marine Le Pen, los sondeos favorecen claramente a la líder de Reagrupación Nacional. "Diría que Mélenchon sabe que no va a llegar al Elíseo pero sí puede reinar en la calle antes y después", nos decía el historiador Benoît Pellistrandi.
Macron fue el líder más joven en llegar al Elíseo. No había cumplido los 40 años en 2017. Ahora vive una lenta agonía hasta que llegue el día de su salida. Solo el 18% de los franceses le consideran "un buen presidente", según una encuesta publicada en Le Parisien. Y aún es posible que termine con peor valoración. Su objetivo al ganar la primera vez a Marine Le Pen era que Francia evolucionara de manera que los extremos no fueran una opción viable para los ciudadanos. Ahora están más fuertes que nunca.
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