En el trágico laberinto en el que se ha sumido el PSOE  y del que no podrá salir en mucho tiempo, se abrió a las ocho de la tarde de ayer una mínima escotilla por la que pudieron escapar los gases más tóxicos que han envenenado irremisiblemente a todos sus miembros.

Después de una jornada de la que se avergüenza el país entero y de la que también los españoles no afectos a ese partido tardarán mucho tiempo en recuperarse, resultó que los críticos a la posición y a las tesis reduccionistas de Sánchez -o contra Rajoy, o contra mí y contra la izquierda-  eran mayoría en ese Comité Federal. Pero hasta llegar a esa votación a mano alzada hubo que pasar por una interminable sucesión de descalificaciones, deslegitimaciones e insultos, de un calibre difícil de asumir para cualquier ser civilizado, especialmente si hablamos de política o de algo remotamente parecido a esa actividad.

El resultado es que el Partido Socialista no sólo está partido en dos, sino que está a las puertas de su muerte como alternativa de gobierno y probablemente también como puerto al que desee acudir cualquier ciudadano que sienta el deseo o el deber de contribuir a mejorar la vida de los españoles a través de la acción política.

Puede que no toda la responsabilidad en lo sucedido y en la rotura del partido en dos, pero sí la mayor parte de ella le corresponde a Pedro Sánchez, que  ha ido de fracaso en fracaso electoral sin haberse detenido en ningún momento a examinar con los suyos las razones últimas de las sucesivas derrotas electorales. Que, a pesar de haber dejado a su partido con un exiguo grupo de 85 diputados y a pesar de tener enfrente a una formación, el PP, que había sido seriamente castigada en las urnas pero que seguía siendo, de lejos, el partido más votado, se ha empecinado durante nueve largos meses en no cederle el paso para formar gobierno.

Su lema, repetido con una tozudez rayana en el cerrilismo, ha sido siempre el mismo, sin ninguna variación: «No es no». Y de ahí no ha salido. Es más, de manera totalmente insensata pero con una audacia que resultaba ya amenazante para el país, se mostró plenamente dispuesto a componer lo que él ha llamado con un eufemismo grosero «el gobierno alternativo y de cambio» a base de pactar con Podemos -su rival natural y al que ha favorecido extraordinariamente con  este desgarro-  y con los independentistas, toda vez que Ciudadanos jamas se sumó a este intento. Hasta ahí ha llegado Sánchez en su huida hacia adelante y en su empeño ciego por liderar un gobierno disparatado.

Su lema, repetido con una tozudez rayana en el cerrilismo, ha sido siempre el mismo, sin variación: «No es no»

Convirtió también en un dogma intocable e indiscutible la afirmación absurda de que la abstención de su partido para facilitar la formación del Gobierno equivalía a traicionar al PSOE, a la ideología de izquierdas y hasta los mínimos códigos morales. Y tuvo tanto éxito en esa propaganda rebosante  de simpleza que los dirigentes socialistas que pensaban que eso era lo razonable y lo que la situación electoral de su partido exigía, que no se han atrevido a expresarlo en público por miedo a que sus militantes se lanzaran contra ellos por, efectivamente, considerarlos «traidores» a las esencias de PSOE.

Y se ha empecinado en ello hasta el final. El viernes por la noche sustituyó el informe habitual del secretario general ante el Comité Federal por una comparecencia pública en la que volvió a insistir en su idea única: no a Rajoy. No, no y no. Y aquí se acababa todo.

Pedro Sánchez ha sido derrotado en una guerra -porque ha sido una guerra cruenta- de la que nadie ha salido indemne. Éste es su legado.

Ahora, el Partido Socialista que sale agónico de la jornada del sábado no está de ninguna manera en condiciones de afrontar unas hipotéticas terceras elecciones para las que no tiene ni fuerzas ni posibilidad alguna de salir si no es definitivamente destruido y expulsado del paisaje político nacional.

Por lo tanto, lo que procede ahora, al margen de los remiendos que tengan que coser apresuradamente los que han sobrevivido malamente a esta confrontación terrible, es preparar una sesión de investidura en la que el PSOE cumpla el papel que se espera de la segunda fuerza parlamentaria a 52 escaños de diferencia de la primera. Y al país entero le toca ahora ir poniéndose lenta y trabajosamente de pie y proseguir su marcha hacia el futuro.