El domingo 2 de octubre, cuando los resultados del plebiscito eran contrarios a la aprobación del Acuerdo de Paz en Colombia, un amigo me preguntó: ¿qué le pasa a este país? No pude más que decirle: es un país enfermo. Durante el siglo pasado y el actual hemos estado envueltos en conflictos armados, enfermando, generación tras generación. Nuestra sociedad ya se acostumbró, o se inmunizó, ante el dolor, o aprendió a vivir a pesar de él. Es muy frecuente ver cómo el conflicto cotidiano se resuelve por la vía de la violencia.

Un acuerdo de paz con las FARC tendría, a mi modo de ver, dos grandes objetivos: que no haya más víctimas y que, a partir de un discurso de reconciliación, comencemos a sanar de esa enfermedad de la violencia, en todas sus expresiones.

¿Por qué ganó el no en el plebiscito? Lo más preocupante de la enfermedad que padecemos los colombianos es que más del 60% de la población que podía votar no lo hizo. Son muchas las razones: falta de confianza en lo público, indiferencia con las víctimas, profundos resentimientos hacia la guerrilla, entre otras. Y el porcentaje restante de la sociedad que votó se dividió, casi en partes iguales, con una leve ventaja para el no. Y fue una sorpresa porque las empresas de sondeos anunciaban una victoria del por unos 20 puntos.

Acaba de renunciar, y será investigado penalmente, el gerente de la campaña del no del partido Centro Democrático por haber confesado que la estrategia se basó en desinformar y generar rabia en el electorado. Decía la campaña del no que el acuerdo promovía el aborto, promovía la ideología de género, que se reducirían las pensiones para pagar millonarios salarios a los guerrilleros, que estaba todo arreglado para que políticamente las FARC impusieran una dictadura castrochavista, que las tierras serían arrebatadas a los buenos empresarios…

El tiempo transcurrido entre la firma del acuerdo y el día de elecciones no fue suficiente para informar, con mayores detalles, sobre el acuerdo de paz, y el perdón y anuncios de entrega de bienes por parte de las FARC llegaron tarde. Pero más allá de buscar razones para entender el triunfo del no lo que resulta interesante de este proceso es la necesidad de encontrar consensos amplios que permitan una negociación más legítima, y quizás la construcción de una paz más estable.

Como resultado tenemos los bandos políticos del y del no, sentados por primera vez a buscar ese consenso tan necesario en torno a esta prioridad nacional. Las movilizaciones multitudinarias convocadas por los estudiantes están construyendo, poco a poco, un lenguaje de reconciliación entre los votantes del y del no, y conminan a los escépticos e indecisos a entender el valor que tiene para la vida de cada uno, y en general de la sociedad, de vivir en paz. Y los líderes políticos deben saber leer este comportamiento social y por ende dejar sus cálculos electorales, algunas veces mezquinos, para corresponder con el sentir nacional, y también internacional.

Las FARC deben, por su lado, saber interpretar esta derrota electoral. Más allá de las manipulaciones y tergiversaciones de la campaña del no, lo cierto es que la victoria del , de haberse dado, habría dotado de muy bajo nivel de legitimidad el proceso de implementación de los acuerdos. Si en Irlanda, con una votación tan favorable al acuerdo de paz, tuvo tantos problemas en sus primeros años, qué decir de nosotros, con márgenes tan estrechos de respaldo y de consensos tan débiles.

En la actualidad hay un amplio consenso en torno a buscar la paz, y hacerlo pronto. El Gobierno ha prorrogado el cese bilateral del fuego y de hostilidades, los líderes políticos están de acuerdo en la concesión de amnistías o indultos amplios a quienes no hayan cometidos crímenes de lesa humanidad y de guerra, y las FARC han señalado que sólo recurrirán a la palabra para la construcción de una mejor Colombia.

En la actualidad hay un amplio consenso en torno a buscar la paz, y hacerlo pronto

Los defensores del no volvieron a plantear los temas de la cárcel para crímenes de lesa humanidad y de guerra, la no elegibilidad para los responsables de estos crímenes, la no expropiación de tierras a ciertos empresarios, como los temas más relevantes, aparte de la necesidad de aclarar, con mejor redacción, que no se promueve una ideología de género.

Todo el mundo tendrá que ceder algo. A los líderes opositores también les tiene que quedar claro que su legitimidad hoy está muy cuestionada, tanto por la pírrica diferencia de votos, como por el comportamiento en su campaña. En los temas de cárcel, se me ocurre un reforzamiento en las penas alternativas, con restricciones más precisas, que hagan de la pena principal, la prisión, un hecho más simbólico, acompañado de acciones reales, precisas y efectivas de reparación material a las víctimas. La elegibilidad podría darse, en el caso de los condenados por crímenes de lesa humanidad o de guerra, en un periodo posterior a su proceso de pago de condena y de reparación, quizás para el 2022. Lo cierto es que el sentido de la negociación de la guerrilla es el de hacer tránsito hacia la democracia. En fin, palabras de un lego, pero tendrán todos que ser muy creativos, incluyentes y rápidos, para que esto funcione.

¿Un nuevo acuerdo?, ¿Constituyente, trámite por el Congreso o la Corte Constitucional, Cabildos Abiertos, un nuevo Plebiscito? El acuerdo firmado por el gobierno nacional y las FARC debe ser la hoja de ruta y las modificaciones o aclaraciones pueden constituirse en una adenda. Pues al fin y al cabo la campaña del no lo que solicitó siempre fue mejorar el acuerdo.

El mandato del 2 de octubre, para que se mejore el acuerdo, con un más amplio consenso político, y la manifestación de apoyo al acuerdo por parte de casi el 50% de la población que votó, puede derivar en la democracia representativa del Congreso de la República y en el control posterior y fundamental de la Corte Constitucional.

“No hay mal que por bien no venga”. El dicho popular nos ubica en un escenario propicio para comenzar, desde ya, la reconciliación, no sólo con las FARC, sino la más importante, entre todos los ciudadanos colombianos. Y sanarnos.


Alberto Lara es director del Grupo para el Desarrollo Social de Bogotá.