La rebelión en el PSOE crece y no parece que se vaya a atemperar en los muy pocos días que quedan para que el partido tome una decisión sobre qué hacer ante una sesión de investidura de Mariano Rajoy. Incluso puede que los rebeldes ante la gestora nacida tras el fratricida Comité Federal del pasado día 1 de octubre lleguen a conseguir las firmas necesarias para convocar un Congreso extraordinario en el que se elija, por primarias, una nueva ejecutiva. Pero, independientemente de cuándo pudiera celebrarse ese Congreso, el hecho de la recogida de 80.000 firmas ya y el hecho de que entre ellas pudiera estar la de medio centenar de alcaldes socialistas contrarios a la abstención para permitir un gobierno del PP, es suficiente para constatar el grado de fractura que padece el Partido Socialista a día de hoy. Y es una fractura muy honda que no se va a superar en años y que tiene ya al partido herido de muerte.

Dicen los rebeldes a la gestora y a su inclinación a permitir un gobierno presidido por Rajoy que los cinco millones de votantes que aún conserva el PSOE huirían en masa de sus siglas si se perpetra esa sumisión intolerable a «un gobierno de la derecha». Y, ciertamente, las declaraciones de Francisco Correa en el juicio del caso Gürtel ha fortalecido, con motivo, su posición. Pero asombrosamente no se preguntan a dónde han ido a parar los otros casi seis millones de votos que no hace tanto, en junio de 2008, pusieron a su partido en el Gobierno con 169 escaños. Ni se preguntan por qué el PSOE está perdiendo apoyos de una manera continua y constante. Pero ya no hay tiempo para plantear un debate que debería haberse abierto hace años y que, de haberse abordado en profundidad y honestamente, hubiera permitido a este partido ser consciente de su identidad y de su papel en la Historia pasada y futura de España.

Lo que suceda en la sesión de investidura va a agrandar la brecha que se ha abierto entre una parte importante de las bases y la mayoría de dirigentes

El resultado de tanta autosatisfacción como derramó en su día José Luis Rodríguez Zapatero entre los suyos y tanta falacia en la interpretación de su verdadera realidad política como ha prodigado a su vez Pedro Sánchez entre el residuo de fieles que le han ido quedando al partido es que, ahora mismo no hay un solo PSOE sino varios. Pervive un PSOE con vocación nacional que reside en una buena parte de Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura, y otros PSOEs que, con distintas variantes han ido sobreviviendo pegados a la sombra de los movimientos nacionalistas que existen en la periferia. Y, últimamente, perdida por completo su identidad original, a la sombra de los partidos de extrema izquierda, con quienes pretenden disputarse el electorado a base de mimetizarse con ellos, que son su verdadero adversario. Y el resultado es el que conocemos: una caída brutal en los apoyos del electorado, que se ha tapado tramposamente con el hecho de haber alcanzado el poder en numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas gracias precisamente al apoyo de quienes pretenden merendárselos en cuanto se presente la primera ocasión.

El caso de Cataluña es paradigmático: de ser la primera fuerza indiscutible en todas las elecciones generales desde el comienzo de la democracia a tener una minúscula representación en el Congreso de los Diputados. ¿Dónde han ido a parar los casi 1.770.000 votos que recibió el Partido Socialista en Cataluña en, por ejemplo, las elecciones generales 2008? ¿Qué ha pasado para que el PSC sólo arañara en las elecciones de junio pasado unos tristes 558.000 votos?

Iceta y los suyos siguen creyendo que acercándose a los nacionalistas van a lograr recuperar el esplendor de antaño

En la respuesta está el drama de este partido. En que Miquel Iceta y los suyos siguen creyendo que acercándose a los nacionalistas -hasta el punto de mostrarse favorables a la idea de que Pedro Sánchez pactara la formación de un gobierno con Podemos y los independentistas-  van a lograr recuperar el esplendor de antaño. En que siguen sin darse cuenta de que ha sido precisamente el abandono de la centralidad de la izquierda lo que les ha llevado al rincón en el que están.  Y, como ellos, persisten en su equivocación todos los que hoy piensan que, autoinmolándose en la pira de las terceras elecciones por mor de la defensa de unos principios de nuevo cuño que consideran anatema y traición el facilitar el gobierno al partido que ha ganado las elecciones, van a levantar cabeza. Este error de interpretación de la realidad, que es mayúsculo, fue introducido con sectaria determinación por Rodríguez Zapatero, desarrollado con pertinaz obstinación por Sánchez y el drama es que ha prendido definitivamente en una parte importante de los socialistas. Ellos dos son los máximos responsables de la penosa situación en la que se encuentra hoy su partido. Esta es su obra.

Tiene muy mala salida este PSOE partido en trozos imposibles de casar por el momento. Lo que suceda en esa sesión de investidura, si es que se celebra, lo que no está claro todavía, va a agravar la hondísima brecha que se ha abierto no sólo entre los de «abstención sí» y los de «abstención no» sino, lo que es extraordinariamente más grave, entre una parte importante de las bases del partido y la mayoría de sus dirigentes.

Esa herida puede tener muchas consecuencias. Una de ellas es la de empujar a parte de esta formación hacia las fauces de Podemos y demás variaciones de la extrema izquierda. Y eso sería tanto como llevarla a la muerte electoral y, por lo tanto, a su destrucción política.