Un solar». Rotundo, pero sosegado, Javier Fernández definió la situación de su partido como si fuera un médico de familia anunciando un cáncer.

Lo tiene difícil el presidente de la Gestora socialista. Muy difícil. Puede ganar la batalla del Comité Federal, ya con el batallón de Andalucía al ataque y hablando abiertamente de abstención en la investidura de Mariano Rajoy. Pocos dudan de que habrá una amplia mayoría de diputados socialistas que acatarán la disciplina y que, por tanto, habrá un gobierno de centro derecha. Pero: ¿podrá el presidente de Asturias «coser» las costuras abiertas en el partido? ¿Sabrá integrar a los miles de militantes y cientos de alcaldes y dirigentes que siguen creyendo que el socialismo se ha arrodillado ante el PP?

Susana Díaz, que piensa en clave de candidata a la secretaría general, es partidaria de extirpar el tumor. Lo dijo claramente uno de sus hombres de confianza, Juan Cornejo: «Yo entregaría el acta». Aquí asoma la tentación estalinista del centralismo democrático. «El Partido -dice Rubachof en El cero y el infinito, de Arthur Koestler)- no se equivoca jamás. Tú y yo podremos equivocarnos. Pero el Partido no».

La fuerza de Pedro Sánchez no está tanto en sus ideas como en su condición de víctima

Si el PSOE opta por cortar cabezas, correrá mucha sangre y los indomables del no ganarán moralmente la batalla contra el aparato. La fuerza de Pedro Sánchez no está ahora tanto en sus ideas como en su condición de víctima. Las bases siempre se sentirá más cerca del caído que del dirigente, el diputado o el senador que se abraza a la disciplina porque sabe que en ello le va el sueldo.

La hercúlea tarea que espera a Fernández consiste en devolver la unidad a la familia socialista. Y, para ello, tendrá que ofrecer una salida digna a Sánchez y dar acogida en el partido a los rebeldes en lugar de condenarlos a las penas del averno.

La cuestión es difícil porque los indomables tendrían que poder mantener su posición sin romper la disciplina del partido. Una posible solución a esta ecuación sería que los partidarios del «no» a Rajoy abandonaran el Congreso en la segunda votación, tras haber votado en contra en la primera. De esa forma (y dado que el número de indomables se aproxima a la docena), Rajoy podría ser investido con la abstención del Grupo Socialista y gracias a la ausencia de los que no comparten esa tesis. Paradójicamente, los contrarios a la investidura serían los que la propiciarían, pero mantendrían su dignidad ante la militancia y, al mismo tiempo, demostrarían que no por mantener sus posiciones se han atrevido a romper la disciplina en una decisión adoptada por el máximo órgano del partido.

Es simplemente una idea que trata de conjugar intereses que no deben estar contrapuestos: el del país, que necesita ya un gobierno; y el del Partido Socialista, que, pase lo que pase en la votación de investidura, tiene que seguir siendo uno de los pilares de nuestra democracia.