El Ibex alcanzó ayer su nivel máximo desde abril (se situó por encima de los 9.200 puntos), fenómeno que los analistas atribuyeron al «desbloqueo de la situación política». Es decir, a que el Comité Federal del PSOE decidió abstenerse en la investidura para que haya un gobierno de Mariano Rajoy.

Seguramente, Pablo Iglesias no dudará en ver en ese dato la prueba irrefutable de que la casta se ha salido con la suya «poniendo de rodillas a los socialistas». Sin embargo, de puertas adentro, el Gobierno no ve las cosas precisamente de color de rosa. Más bien al contrario. La división constatada en el Comité Federal y la necesidad que va a tener la Gestora de Javier Fernández de ganarse la credibilidad de la militancia abocan al PSOE a hacer una oposición muy dura. Las fuentes consultadas dan casi por seguro que los socialistas no van a apoyar los Presupuestos, lo que obligaría a la prórroga de los actuales, con el consiguiente enfado de Bruselas.

Sin embargo, pese a las trabas que se auguran, la formación del gobierno va a propiciar que algunas inversiones se pongan en marcha, consolidando el panorama de bonanza que está superando las previsiones más optimistas. El equipo económico espera con ansiedad los datos del paro del tercer trimestre que se conocerán el próximo jueves y que podrían arrojar un aumento en la afiliación de 170.000 trabajadores (un 0,7% en tasas trimestrales desestacionalizadas). Eso significaría que la economía habría crecido entre julio y septiembre a un ritmo superior al 0,8%, lo que llevaría el aumento del PIB para este año al 3,5%.

Comenzar la legislatura con ese panorama es casi un sueño. Sobre todo, sabiendo de donde venimos. Por ello, lo que está premiando el Ibex no es tanto la abstención del PSOE como la posibilidad de que las bases de ese fuerte crecimiento no se van a poner en riesgo. Al menos, a corto plazo.

Rajoy va a jugar con esa idea en su discurso de investidura. Sabe que la gestión económica sigue siendo su mejor activo. Ese convencimiento será determinante en la configuración del nuevo Gobierno.

Santamaría seguirá siendo número dos; Guindos será superministro económico y Cospedal ocupará un ministerio con peso político

El Ejecutivo que tiene en mente el presidente, dicen las fuentes que se atreven a hacer pronósticos sobre materia tan compleja, pivotará sobre tres ejes. El primero es político y tendrá como protagonista a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, que seguirá siendo la número dos indiscutible, aunque probablemente con menos poder que ahora. El segundo es económico y tendrá como cabeza visible al ministro de Economía, puesto que seguirá ocupando Luis de Guindos, que, aunque no ascenderá a los cielos de la vicepresidencia económica, sí ganará influencia, e incluso podría tener bajo su mando el departamento de Hacienda. El tercer eje vuelve a ser político y tiene como protagonista a María Dolores de Cospedal, que ocupará un ministerio de peso (probablemente Interior o Justicia), con capacidad para despachar directamente con el presidente. El mejor candidato para sustituirla en la secretaría general del partido es Fernando Martínez Maillo.

Ese reparto de poder trata de lograr el equilibrio entre las distintas fuerzas que, en constante tensión, han sustentado el marianismo. Aunque la crisis tras la derrota electoral de las municipales de mayo de 2015 se cerró con una victoria parcial de Santamaría (se llegó a barajar la posibilidad de que Cospedal tirase la toalla), la verdad es que la secretaria general del PP se ha ido recomponiendo poco a poco hasta recobrar su perdida relevancia. Veremos si esta fórmula, que trata de poner en sintonía al Gobierno y al partido, da resultado.

Para una legislatura tan agria como la que nos espera, Rajoy va a tener que echar mano de la capacidad de diálogo. Ése es uno de los elementos que -al margen de la gestión- juega a favor de que Guindos sea una figura clave del nuevo Gobierno. El ministro de Economía es, probablemente, la persona con mayor capacidad de interlocución con nacionalistas vascos y catalanes.

La cuestión no es sólo numérica (con quién se puede contar para apoyar los Presupuestos si el PSOE dice «no»), sino que tiene que ver con el modelo de Estado y con el reto que se prepara en Cataluña para 2017. Aunque parezca un contrasentido, tal vez un Gobierno débil esté mucho más capacitado para afrontar la agenda catalana que uno con mayoría absoluta.