Nunca el Partido Socialista se ha visto como hoy amenazado de destrucción total. Nunca había llegado a niveles tan bajos de aceptación por parte de los electores. Y lo peor de todo esto es que, con seguridad, la interpretación interna de las causas del desastre difieren tanto entre sí que es muy difícil esperar que este partido consiga en un tiempo prudencial enderezar su caída.

Mientras esto sucede, mientras suena cada vez más cerca del enfermo la campanilla de la extremaunción, Pedro Sánchez anda por los Estados Unidos intentando colocarnos la milonga de que ha acudido a «apoyar la candidatura de Hillary Clinton«, cuando la realidad es que ha ido a dar una charlita a un seminario organizado por un grupo académico en colaboración con la Universidad de Barcelona. Esperemos que no diga allí que, ahora que lo ha pensado mejor, Donald Trump tampoco es un populista, como no lo es Pablo Iglesias.

El PSOE se está desangrando por la herida por la que Sánchez no se ha interesado lo más mínimo como secretario general

El hecho es que su partido se está desangrando por la herida por la que él no se ha interesado lo más mínimo en los más de dos años en los que ha ocupado la secretaría general: la herida de los votantes. Una brecha inmensa que no ha hecho más que agrandarse mientras él y los suyos se amarraban obsesivamente a la consulta a los militantes, como si los 180.000 afiliados fueran a sustituir, ni siquiera a apuntalar, la fuerza, la solvencia, la influencia y la opción de acceder al poder que sólo otorgan los electores. Una equivocación cometida en exclusiva por él, que ésta sí que es histórica y no la que anunció en diciembre de 2015 cuando perdió 20 escaños de un golpe y salió a la palestra como si hubiera logrado una hazaña.

Así se encuentra hoy el partido que ha gobernado España con sucesivas mayorías absolutas y que ha contribuido decisivamente a la modernización del país: con un mísero 17% en intención de voto, según los datos publicados por el CIS. Y no podrán argüir los de Sánchez que esa última desbandada -porque previamente a este sondeo el PSOE había perdido ya a más de cinco millones y medio de votantes- se ha debido a la abstención en la investidura de Rajoy decidida por la gestora porque, para cuando fueron preguntados los ciudadanos, esa decisión no se había adoptado todavía. Y tampoco pueden recurrir a la justificación de que Podemos es quien está absorbiendo la potencia electoral de los socialistas porque el CIS constata que el partido de Pablo Iglesias sube apenas dos puntos respecto del último sondeo del mes de julio mientras el PSOE cae nada menos que seis.

No hay modo de esconderse tras ningún pretexto, tras ninguna coartada. La situación es catastrófica y las perspectivas no anuncian más que un empeoramiento de la realidad política del partido si los que ahora se han convertido en «críticos», es decir, los partidarios del defenestrado Sánchez, se empecinan en preparar una  guerra en campo abierto en cuanto sumen todas las voluntades que necesitan, y que van a excitar para incrementar su potencia, para derrotar a la gestora en su intención de convocar un congreso ordinario para echar el freno y pararse a pensar, algo que no se hace en el PSOE desde hace demasiado tiempo y que necesita con dramática urgencia.

Este partido necesita urgentemente detenerse, mirarse desde dentro sin trampas pero también desde fuera con crudeza

Pensar en qué es lo que les ha llevado hasta aquí; pensar en cómo y por qué han perdido el apoyo de las clases medias y urbanas que eran su suelo más sólido; en a quién se quieren dirigir; en cómo recuperar un discurso que, como antaño, convoque a la mayoría de los ciudadanos en torno suyo; en qué clase de partido quieren ser;  en qué papel quieren jugar en el futuro de España; en quiénes son sus verdaderos adversarios y en quiénes amenazan su supervivencia política por la vía de las destrucción interna. Y de paso, pensar en quiénes quieren ser en Cataluña y con qué cartas quieren jugar en ese tablero endemoniado que va a condicionar la vida política española durante toda la legislatura y mucho más.

Este partido necesita urgentemente detenerse, mirarse desde dentro sin trampas pero también observarse desde fuera con toda la crudeza de que sea capaz. Y, sólo después, emprender de nuevo la marcha. De otro modo morirá estrangulado por sí mismo. Y Pedro Sánchez y quienes le secundan deberían pensarse muy bien si están dispuestos a ser la soga que el PSOE se ponga al cuello. Porque la destrucción del partido está a la vuelta de la esquina y, aunque es verdad que Sánchez no es el único responsable de lo sucedido, sí ha sido el último en propiciar el gran destrozo y puede llegar a convertirse en el verdugo que le dé la puntilla final.