La XII legislatura, que comenzó formalmente ayer, va a ser la más importante desde la que inauguró la recuperación de la democracia en 1977 y que puso a prueba la capacidad de diálogo de las fuerzas políticas, de los españoles, tras casi cuatro décadas de dictadura.

En aquélla, con un Gobierno presidido por Adolfo Suárez, se alumbró la Constitución, que luego fue refrendada por la inmensa mayoría de los ciudadanos el 6 de diciembre de 1978. Esa Constitución del consenso ha sido el sustento jurídico y político de la democracia española durante los últimos 38 años (curiosamente, los mismos que Franco estuvo en el poder).

El comentario más común ayer en el Congreso entre los miembros del Gobierno, desde la vicepresidenta Sáenz de Santamaría al ministro portavoz Méndez de Vigo, era que nos esperan «años muy difíciles».

En 1977 había miedo a la involución, al golpe de Estado de los nostálgicos (que luego se concretó en la asonada de Tejero el 23 de febrero de 1981); había incertidumbre sobre la situación económica; temor a la inestabilidad social, y pánico ante la ofensiva de ETA. Pero España había cambiado mucho más de lo que se percibía en la superficie y se fueron superando todos esos miedos. La única que no se enteró fue ETA, que alargó su macabra existencia hasta hace poco tiempo.

La cuestión es si la sociedad ha cambiado tanto que ya la Constitución del 78 se ha quedado vieja

La cuestión de fondo ahora es si la sociedad española ha cambiado tanto que ya la Constitución del 78 se le ha quedado vieja. Eso, al menos, es lo que opina la mayoría de los partidos. Bien es cierto que unos, como Ciudadanos y el PSOE, creen que lo que necesita es una reforma; mientras que otros, como Podemos y los independentistas (ERC, PDC, PNV), apuestan por otra Carta Magna que mire a España con otros ojos, que la convierta en una especie de club en el que uno puede entrar o salir a conveniencia.

En el 77, tal vez por miedo más que por convicción, la UCD, el PSOE, el Partido Comunista, CiU y, con remilgos, AP y el PNV apostaron por un modelo no rupturista, que miraba más al futuro que al pasado.

El problema ahora es que el PSOE atraviesa por su peor crisis. Sin líder, sin un programa claro y con Podemos pisándole los talones, los socialistas no saben a qué carta jugar. Un ministro me confesaba: «Les hemos ofrecido pactos de Estado y nos han pedido tiempo, porque en las actuales circunstancias, dicen, no se pueden permitir el lujo de acordar nada con el Gobierno». Algo parecido le han hecho llegar a Luis de Guindos en relación a los Presupuestos.

Ciudadanos es el apoyo más sólido con el que cuenta el Gobierno, pero de manera vergonzante. Cuando tenga ocasión, Albert Rivera hará saber que son muy distintos al PP. Lo hemos visto ya con la Lomce. Habrá más derrotas del Gobierno.

Podemos sabe que su opción para desbancar al PSOE es meter al Congreso en una dinámica de confrontación con Rajoy. De ahí la radicalización que quiere imprimir Pablo Iglesias en su partido.

Esta legislatura tiene dos grandes retos: Cataluña y la consolidación de la recuperación. Podemos va a dar alas al referéndum de autodeterminación en Cataluña, reclamando una Constitución que reconozca a España como una nación de naciones; y, por otro lado, va a agitar la calle, en una dinámica que puede hacer imposible el cumplimiento de los compromisos con Bruselas.

Podemos quiere romper el consenso. Si el PP y el PSOE no reaccionan, España se puede convertir en la base del populismo de izquierdas en Europa

Podemos quiere romper el consenso que ha sido la viga maestra de nuestro sistema político desde el 77. No sólo quiere ir más lejos de lo que quiso ir nunca el Partido Comunista, sino que lo hace con una fuerza parlamentaria que triplica a la que logró Carrillo en las primeras elecciones.

Como dijo el Rey Felipe VI en su discurso, el Congreso es la casa común de los españoles y es una radiografía bastante fiel de lo que opinan los ciudadanos.

Por ello, si el PP piensa que mantener el statu quo -la estabilidad- será suficiente como satisfacer el cambio profundo que se ha producido en la sociedad española, se equivoca. La fuerza de Podemos consiste en que representa lo nuevo, la promesa de que algo mejor es posible.

Los viejos partidos se han visto sorprendidos por la irrupción de los nuevos actores y aún no se han recompuesto. El PSOE se tambalea y el PP ha salido mejor parado porque ha recibido el voto prestado del miedo a la llegada al poder de Podemos.

Esperemos que hayan aprendido la lección. Porque si el PP no actúa con inteligencia y generosidad, o/y el PSOE no se recupera, España se puede convertir en la mejor base para el populismo de izquierdas en Europa.

Ése es el verdadero riesgo de la XII legislatura.