La mejores constituciones, entre las cuales se encuentra la italiana, dan reglas, procedimientos e instituciones que sirven para el funcionamiento del sistema político. Cualquier reforma constitucional tiene sentido si apunta a mejorar el sistema político y se justifica si logra hacerlo. Es altamente improbable que las reformas concebidas por el dúo Renzi-Boschi alcancen este objetivo.

El paquete de reformas sobre el cual los italianos están llamados a votar el 4 de diciembre es desorganizado, contingente y sin visión.  Se puede criticar lo que contiene y se puede criticar lo que no contiene. La palabra de orden utilizada por Renzi es gobernabilidad, pero son pocos los italianos insatisfechos porque no se sienten “gobernados”.

La mayoría de nosotros se siente poco y mal representado. Quitarle el “voto de confianza” al Senado, hacer que sea elegido por los consejeros regionales, en conformidad con “las elecciones expresadas por los electores”, entre los consejeros actualmente en el cargo y los alcaldes de la región, atribuirle pocas competencias legislativas y algún que otro poder de reclamo de las leyes aprobadas por la Cámara de Diputados, significa quitarle representación a los ciudadanos.

Si bien el bicameralismo paritario o perfecto puede ser superado preferiblemente sin motivaciones antipolíticas, “reducir el número de políticos” y “reducir los costos”, el sistema no funcionará automáticamente mejor. Los nuevos senadores deberán ejercer tareas pesadas –la elaboración de las importantísimas políticas europeas y evaluación de las políticas públicas- para las cuales no están preparados y que requerirán gran parte de su tiempo en una difícil combinación con su actividad en las regiones y las comunas. Sabiamente, ya algunos de los alcaldes de las ciudades más importantes han declarado no estar interesados en transformarse en senadores.

Curiosamente, mientras se crea un Senado para dar representación e influencia a las regiones aparentemente, la reforma del título V de la Constitución no solamente quita poderes legislativos a las regiones mismas, sino que codifica la cláusula de supremacía estatal: prácticamente, el Estado podrá intervenir cada vez que no aprecie las políticas de alguna región. Todo esto abrirá el camino a conflictos frecuentes que la Corte Constitucional deberá dirimir.

La reforma del Senado y la nueva división de competencias demuestran que Renzi no tiene una idea clara de cuál es el mejor modelo de Estado»

Se podría haber hecho de forma diferente y mejor imitando el eficientísimo Bundestag alemán, que no tiene solamente un número menor de componentes, 69 (menor gasto), sino que representa realmente cada uno de los Land, al ser la expresión de la mayoría que ganó las elecciones y que, si fuese necesario, constituye un contrapeso al poder del gobierno.

Conjuntamente, la reforma del Senado y la nueva división de las competencias entre el Estado y las regiones demuestran que, por un lado, Matteo Renzi y Maria Elena Boschi (ministra de las Reformas Constitucionales) no tienen una idea clara de cuál es el mejor modelo de Estado para Italia y, por el otro, que han decidido comprimir el papel de Parlamento.

Pero esta reducción, ¿es necesaria para producir más leyes de modo más rápido? Todos los datos disponibles demuestran que el Parlamento bicameral italiano produce, en promedio, más leyes en menos tiempo que los de otros parlamentos bicamerales diferenciales (Francia, Alemania, Gran Bretaña). Consiente las leyes deseadas por el gobierno: más del 80% de las leyes aprobadas surgen de una voluntad del gobierno.

Se amplían los espacios legislativos del gobierno: vía preferencia y plazos seguros para el voto sobre los decretos (que significará, visto que la mayoría artificialmente construida por el premio en bancas del Italicum (aprobación garantizada) se concede un “estatus de oposición” que, increíblemente, será sustancialmente definido por la mayoría.

Es muy poco probable que sean los ciudadanos quienes adquieran algún tipo de poder ante el Parlamento y el gobierno con la nueva reglamentación sobre los referéndum y las iniciativas legislativas populares. El referéndum abrogativo bajará el quorum de validez con referencia al porcentaje de votantes en las precedentes elecciones políticas, pero solamente si así lo pidieran 800.000 electores, una cifra altísima para alcanzar por los ciudadanos y que podrían conseguir casi exclusivamente las grandes organizaciones, sindicatos y, quizás, los partidos políticos.

Si fuese acompañado por 150.000 firmas, el texto de una propuesta legislativa popular deberá ser discutido y votado en el Parlamento, pero no existe ninguna “sanción” por un voto de rechazo. Se debería haber previsto que esos mismos ciudadanos, quizás reuniendo más firmas, puedan someter su texto en un referéndum popular. Que potenciar la voz de los ciudadanos no sea de ninguna forma central en las reformas Renzi-Boschi se nota por la falta de aparición en el texto de la pregunta acerca del referéndum. En fin, lo que no está, pero subrepticiamente podría aparecer.

La victoria del ‘no’ no significa una vuelta al pasado, sino el mantenimiento de la Constitución existente»

Ya que gobernabilidad significa también capacidad de gobierno favorecida por la estabilidad de dicho gobierno, habría sido útil identificar mecanismos de estabilización de los cuales, por otra parte, el gobierno de Renzi no tiene necesidad, ya que su mandato ya ha logrado superar los mil días de duración. Habría sido posible simplemente importar la moción de confianza alemana, ya adquirido con éxito por los españoles. Para sustituir un gobierno hay que derrotarlo en el Parlamento con una mayoría absoluta que, en 48 horas, deberá dar su confianza a un nuevo gobierno potente que sirva como una disuasión para cualquier tipo de crisis en la oscuridad. Ni siquiera se habló de este tema ya que Renzi confía la duración y fuerza de su gobierno a la ley electoral y al conspicuo premio en bancas.

Quienes sostienen el no creen que las reformas realizadas, confusas y episódicas, no son “mejor que nada”. Por el contrario, creando incertidumbre, tensiones y conflictos, empeoran la realidad existente. La victoria del no no significa en absoluto una “vuelta al pasado”, sino el mantenimiento de la Constitución existente y, si todos aprendimos algo (existen varios puntos de convergencia), también la posibilidad de realizar rápidamente algunas  reformas necesarias y compartidas.

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Gianfranco Pasquino es profesor emérito de Ciencia Política en la Universidad de Bolonia. Autor de Lectura de la Constitución italiana (2011), Final de partida. El ocaso de una república (2013) y Partidos, instituciones y democracia (2014). Junto a Norberto Bobbio y Nicola Matteucci es codirector del Diccionario de Política.