Atrás quedan aquellos meses en 2011 cuando muchos sirios se preguntaban por qué Alepo se retrasaba en unirse a las manifestaciones de los viernes y proclamaban que la ciudad de Homs era el corazón de la revolución.  Cinco años después Alepo ha pagado el precio de la resistencia convirtiéndose en la ciudad mártir de Siria, donde apenas queda piedra sobre piedra.

La batalla por la segunda ciudad más importante del país ha provocado el mayor desplazamiento forzoso de civiles de los últimos cinco años de guerra. Más que un triunfo militar es ante todo un desastre humanitario sin precedentes y una victoria simbólica y propagandística que marcará el futuro del conflicto.

El balance de la crisis humanitaria que arroja el conflicto a finales de 2016 deja poco margen para la esperanza. La intermitencia de las evacuaciones en Alepo es un procedimiento muy representativo de lo que ha caracterizado esta guerra. Prácticamente todos los alto el fuego han sido violados por uno de los bandos. El conflicto y los intereses estratégicos de todos los implicados seguirán siendo los principales responsables de la muerte, la inseguridad y el desplazamiento de civiles en todas las localidades del país.

La violación de todas las convenciones humanitarias y de derechos humanos internacionales se ha convertido en la nueva ley. Durante el año 2016, tanto el régimen de Damasco como los opositores -siendo los ataques del primero más cuantiosos y mortíferos- han atacado localidades densamente pobladas, siendo objetivos tanto civiles como estructuras públicas. Sólo de enero a septiembre de este año, Naciones Unidas ha verificado al menos 101 ataques a hospitales y 38 dirigidos a centros educativos.

 

La crisis humanitaria que atraviesa el país se agudiza en aquellas áreas donde los grupos opositores han conseguido consolidarse, principalmente en las provincias de Idlib y Dar’a pero también en otros lugares donde la población sufre el hostigamiento continuo del régimen, como en ciertas localidades de Homs y áreas rurales de Damasco. Son en estas zonas donde el régimen sirio utiliza el asedio como táctica militar para forzar la salida de civiles y así acabar con los núcleos insurgentes.

Según Naciones Unidas, casi un millón de personas viven atrapadas en las zonas asediadas, donde la población es particularmente vulnerable, expuesta a la inanición y a las enfermedades y donde el acceso a la ayuda humanitaria es casi inexistente. Otro método para eliminar la disidencia cada vez más extendido en esta contienda, considerado un crimen de guerra, que la comunidad internacional no sabe o no quiere penalizar.

13 millones de personas estarán en situación de necesidad en Siria; casi seis millones serán niños”

En aquellos territorios de difícil acceso o bajo el control del régimen, la economía sufre un drástico declive. Durante los últimos seis años de conflicto, Naciones Unidas recoge que la economía siria ha tenido unas pérdidas de miles de millones de dólares, con grandes restricciones a ingresos, un mercado volátil, destrucción de infraestructuras y un salto al vacío en la depreciación de su moneda. Todavía más preocupante es la drástica reducción del terreno cultivable, que es clave para la supervivencia de muchos de sus habitantes, en torno a un 40% con respecto a los años previos a la guerra.

En cuanto a los desplazamientos internos, según estimaciones del mismo organismo una media de más de 6.000 personas al día tuvieron que abandonar sus hogares por el conflicto de enero a septiembre de este año, sin contar el número de desplazados que ahora genera la batalla por Alepo. Se prevé que en 2017, al menos 13 millones de personas estarán en situación de necesidad en Siria, de los que casi seis millones son niños. El número de refugiados registrados en los países vecinos asciende para finales de año, según ACNUR, a casi cinco millones.

No podemos olvidar las zonas que están bajo control de la organización Daesh (comúnmente conocido como autodenominado Estado Islámico o IS), donde los civiles son expuestos a ejecuciones y tratos degradantes por incumplir los estrictos códigos que imponen sus miembros. Mujeres y niñas están en situación de extrema vulnerabilidad, expuestas a la violación o la esclavitud sexual.

En las áreas controladas por el régimen, el férreo control social sigue aterrorizando a sus habitantes, con detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Por otro lado, en las áreas controladas por grupos opositores, las autoridades locales deben enfrentarse a un preocupante crecimiento de secuestros y extorsiones, además de un aumento considerable de traficantes, principalmente cerca de las fronteras donde se distribuye ayuda humanitaria. Una ayuda humanitaria destinada solamente a aquellos desplazados inscritos en un registro oficial, que afecta a miles de personas indocumentadas, especialmente a niños nacidos en campamentos sin acceso a productos de primera necesidad.

Perspectivas para 2017

Ante la ausencia de voluntad política, el conflicto seguirá mermando todos los aspectos de la vida diaria, tanto en materia de seguridad y economía como hemos visto, pero también especialmente en el ámbito social. Las relaciones intercomunales se han visto severamente dañadas debido al carácter partidista que caracteriza a los bandos. El régimen de Damasco ha apostado todo lo que tenía por la supervivencia jugando a la carta sectaria, llenando sus filas de combatientes y milicias chiíes de Irán y Hizbulá, además de haber dejado el control del país en manos de Moscú.

Entre las previsibles consecuencias que genera esta polarización serán la rápida escalada de odio contra estas milicias entre los grupos yihadistas y salafíes, muchos financiados por países del Golfo, y en los ataques que ambos bandos perpetrarán y cuyas principales víctimas serán los civiles.

Siria no volverá a ser un país seguro en muchos años, como no lo fue nunca Irak tras la intervención ilegal de EEUU”

El aumento de la inseguridad se propagará a otras localidades de Siria, disminuyendo todavía más las alternativas para una solución política y de cohesión social. Siria no volverá a ser un país seguro en muchos años por la continua intervención de estos agentes externos como no lo fue nunca Irak después de la intervención ilegal de las tropas estadounidenses en 2003.

Víctimas también de la catástrofe siria serán la verdad y la conciencia del mundo. La verdad porque los periodistas independientes seguirán teniendo enormes dificultades para acceder a las zonas asediadas y el mundo seguirá expuesto a la propaganda de todos los agentes involucrados. Y la conciencia de la comunidad internacional, que con su pasividad ha puesto en entredicho todos sus fundamentos morales y que inevitablemente traerá consecuencias políticas de imprevisible alcance.

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Laila Muharram Rey es periodista de origen sirio especializada en Oriente Próximo. Durante los últimos tres años ha cubierto la crisis de refugiados en Jordania, donde reside.