El día 22 de diciembre algo se rompió en Podemos. Aunque lo que se decidía era el sistema de votación para el próximo Congreso (conocido como Vistalegre II), a celebrar a mediados de febrero, en realidad lo que se dilucidaba era el pulso entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, con los anticapitalistas de Urban y Teresa Rodríguez como convidados de piedra, o fiel de la balanza.

Las encuestas internas que manejaba Podemos daban al secretario general un triunfo aplastante: 75% contra 25% (incluyendo errejonistas y anticapits). Votaron, como se esperaba, casi 100.000 personas. Aunque eso supone el 25% de los inscritos en Podemos, la participación en la votación puede considerarse como un éxito.

Cuando se conocieron los datos, cuando se supo que el errejonismo se quedó a sólo 2.400 votos del líder incuestionable, la sensación en la sede de Podemos, es decir, en el entorno del secretario general, era de contrariedad, de derrota.

Lo ocurrido con José Manuel López demuestra que el partido que tiene en la cabeza Iglesias nunca podrá ser un proyecto mayoritario

Vistalegre II ya no podía plantearse como un paseo militar, con Iglesias haciendo concesiones graciosas a su número dos, sino como una pugna de poder en pide de igualdad.

¿Cómo fue posible ese revés a las expectativas de la dirección? ¿Cómo pudo ocurrir algo que ni siquiera los errejonistas esperaban? Tres factores han hecho posible el resultado excepcional de la oposición a la nomenclatura:

1º Cansancio del hiperliderazgo.

2º Error táctico de Iglesias al alcanzar un acuerdo el sábado sobre el comité técnico de preparación del Congreso, lo que dio al errejonismo una representación igualitaria a la de los partidarios del secretario general.

3º Una organización perfecta en redes sociales por parte del equipo de Errejón, muy al estilo de la primera campaña de Obama.

¿Qué va a pasar a partir de ahora? Iglesias es un hombre inteligente y sabe que lo que más le convendría sería alcanzar un acuerdo con Errejón, llegar a Vistalegre II en son de paz, con todo bien cocinado, incluida la dirección del partido, en la que, según el sistema propuesto por Pablo Echenique, si se repitieran los porcentajes de votación registrados esta semana, implicaría que a los pablistas les corresponderían 31 asientos en el Consejo Ciudadano Estatal, 28 a los errejonistas y sólo 2 a los anticapitalistas.

Sin embargo, las personas que rodean a Iglesias le presionan para ir a un enfrentamiento total, fratricida. Ahí se encuentran Irene Montero, Rafael Mayoral o Ramón Espinar.

Ellos saben que un pacto de Iglesias con Errejón les dejaría muy poco margen para jugar un papel destacado en la dirección de Podemos. Y parece que se han salido con la suya. La decisión de destituir al errejonista José Manuel López de la portavocía de Podemos en la Asamblea de Madrid es el mejor ejemplo de ello. En Podemos pinta en bastos.

López siempre ha dicho que el nunca se ha sentido «rojo, sino morado». El proyecto de Podemos sólo tiene sentido si no se circunscribe a un revoque de fachada de IU. Sólo abriendo el partido a sectores no comunistas podrá aspirar algún día a ser alternativa de poder.

Iglesias dijo ayer en Al Rojo Vivo: «Alguien que tenga unas ideas minoritarias no puede encabezar un partido». Lo ocurrido con López demuestra que el partido que tiene en la cabeza el líder de Podemos nunca podrá ser un proyecto mayoritario.