Que la existencia, el mantenimiento y la modernización de las Fuerzas Armadas es un deber ineludible para cualquier nación en aras del interés propio de toda sociedad democrática es algo que pocos en el mundo occidental ponen en duda. En todos los países de nuestro entorno europeo, y no digamos ya en los Estados Unidos, los ejércitos nacionales gozan del apoyo, la admiración y el agradecimiento de sus ciudadanos. Ser soldado es una profesión de prestigio en todos los países civilizados. En todos menos en España, donde hay una parte considerable de la sociedad y un sector importante de las fuerzas políticas que mantienen, y exhiben, una miope actitud de prevención y hasta de rechazo hacia el mero símbolo que suponen las Fuerzas Armadas.

Sólo hace falta recordar la injustificable actitud  de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ante los militares que asistían en marzo del año pasado a la inauguración en Barcelona del Salón de la Enseñanza. «Nosotros preferimos como ayuntamiento que no haya presencia militar en el salón». A la alcaldesa le debió parecer que la presencia castrense deslucía su imagen de «activista de la paz» y, con tanta ignorancia como grosería, no dudó en decírselo en estos términos al teniente coronel y al coronel que se habían acercado a saludarla.

Pero la cosa no terminó ahí. En el transcurso de ese mismo acto, unos activistas escenificaron la muerte de seres humanos haciendo un montaje con personas tiradas en el suelo con libros en las manos y rodeadas de flores. Y, naturalmente, la doctrina subsiguiente: «Se trata de hacer explícita la contradicción entre los valores humanísticos y educativos que tiene que promover la educación y los valores que promueve el Ejército».

Bien, hasta aquí el recuerdo de ese desgraciado incidente que ha sido recuperado de la hemeroteca simplemente para subrayar el hecho incontestable de la dramática falta de conocimiento de la realidad que padece una parte no desdeñable de la sociedad española. Y de la ignorancia supina sobre «los valores que promueve el Ejército». Para empezar, y sólo como ejemplo, los responsables del stand militar del Salón de la Educación que habían sido ofendidos por la alcaldesa reaccionaron mostrado su respeto hacia el derecho a la libertad de expresión, dando así una lección de educación democrática de la que otros presumen pero de la que desgraciadamente carecen.

Quien no sea consciente de lo valioso que es para todo un país un Ejército, no sólo no está contribuyendo a la causa de la paz sino atentando contra ella

El Rey lo ha expresado con  claridad en el acto solemne de la Pascua Militar: «Las armas tienen por objeto y fin la paz, esa paz por la que vosotros veláis en silencio». Y no hablaba sólo de la paz en todas aquellas zonas de conflicto en las que están presentes nuestras Fuerzas Armadas. Hablaba también de la paz que se deriva de la existencia de un sistema político en el que están preservados los derechos y las libertades de los ciudadanos. «Todos los días del año y sin bajar la guardia», dijo el Rey, «proporcionáis y garantizáis esa seguridad en nuestros espacios de soberanía».

Pero los espacios de soberanía no se encuentran sólo más allá de nuestras fronteras sino también dentro de ellas. Por eso el Rey habló largo y claro del papel fundamental que desempeña la lucha de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Civil y de los Servicios de Información contra la amenaza del terrorismo, una batalla sin cuyo éxito las sociedades europeas pasarán a estar dominadas por el miedo y condenadas a la pérdida de sus libertades fundamentales.

Ése es el papel de los ejércitos en las sociedades democráticas: defender la libertad, un valor que no se defiende con flores y mohines de rechazo a los uniformes castrenses, sino precisamente con el reconocimiento del valor y del sacrificio de quienes ponen sus vidas, sus vidas físicas también, al servicio de esa causa.

Quien no sea consciente de lo infinitamente valioso que es para todo un país un Ejército formado en los valores democráticos y dispuesto a defender esos valores con las armas donde quiera que sea, no sólo no está contribuyendo a la causa de la paz sino atentando contra ella. Eso es lo que el Rey ha recordado y lo que algunos -demasiados- de nuestros ciudadanos necesitan todavía aprender. La sociedad española tiene aún que recorrer una parte de un camino que nuestros socios políticos hace mucho tiempo que tienen hecho ya. Y es bueno y necesario que el Rey lo subraye.