Cristina Cifuentes tiene personalidad propia, encarna un espíritu renovador dentro del PP, no pertenece a la generación de los veteranos -acaba de pasar de la cincuentena-, suele mantener en adecuada armonía las cosas que dice con las que piensa y con las que hace y  tiene fuerza política suficiente como para aguantar casi cualquier tirón. Incluso ha logrado sobrevivir a las zancadillas procedentes de sus propios compañeros y, esquivando las balas, seguir en pie. Además tiene experiencia en gobernar pactando, cualidad de la que escasean los populares, porque tras las elecciones autonómicas de 2015 se quedó a 17 escaños de una mayoría absoluta que ella logra alcanzar no sin esfuerzos diarios gracias a los acuerdos cerrados con Ciudadanos que le aportan exactamente ese número de diputados, lo que le permite seguir ocupando la presidencia de la Comunidad de Madrid.

Aunque no se la considere una ‘pata negra’ del PP, puede mirar de cara a Núñez Feijóo, la esperanza blanca para la mayoría del partido

Es, por lo tanto, un peso político dentro de su partido aunque no se la considere una pata negra del PP ni pertenezca a lo que se entiende como núcleo duro de esa formación. Pero, peso frente a peso, puede mirar de cara a Alberto Núñez Feijóo, para la mayoría del partido el «niño bonito» del futuro, la esperanza blanca, el delfín del «jefe»,  y puede hacerlo sin arrugarse un ápice. Y no nos engañemos: Madrid es Madrid. Por eso tienen mucho interés los movimientos políticos que haga la presidenta de esta comunidad. Y éste que acaba de hacer sin duda lo es.

Cifuentes tiene la absoluta seguridad de que esta propuesta de imponer su idea de rescatar por alguna vía la celebración de primarias en su partido está condenada al fracaso. Es, por lo tanto, un brindis, pero no un brindis al sol sino un brindis al futuro. Es una toma de posición que busca quedar ahí como testimonio de su perfil y de su talante para cuando llegue el momento, que inexorablemente llegará, de calibrar las ventajas y las cualidades de quien haya de suceder a Mariano Rajoy al frente del PP y en la candidatura para luchar por la presidencia del Gobierno. Eso es ir demasiado lejos en el tiempo, sí, pero no más lejos que la proyección que tiene su propuesta de elección directa de los dirigentes de su partido.

Busca que su imagen quede bien grabada en el ánimo de los suyos para que en el panorama de la sucesión aparezcan dos siluetas

En ese sentido, resulta del todo extravagante eso de que en el próximo Congreso regional de Madrid se habiliten tantos compromisarios como militantes haya censados en la Comunidad para lograr unas primarias de hecho aunque no lo sean según los estatutos en vigor. Es, de momento, sólo una idea, pero también es lo que Cristina de la Hoz ha calificado de «triquiñuela» y, en ese sentido, sería un truco impropio de una organización seria como es el PP madrileño. La rebeldía de Cifuentes no llegará previsiblemente a dar semejante espectáculo cuando se celebre su propio Congreso.

Pero todo este movimiento en torno a las primarias en el PP, que ella siempre ha defendido, apunta a que la dirigente política quiere dejar sentado su propio perfil con trazos firmes y claros. Y que busca que su imagen quede bien grabada en el ánimo de los suyos con tiempo suficiente como para que, cuando toque, en el panorama de la sucesión aparezcan dos siluetas y no sólo la del gallego. También la suya. Títulos y méritos no le van a faltar.