Sostiene Pablo Iglesias, en su Plan 2020: ganar al Partido Popular, gobernar España, que «los debates paralelos en el PSOE y en el PCE a propósito de renunciar respectivamente al marxismo y al leninismo no tenían tanto que ver con cuestiones ideológicas como con una voluntad inequívoca de no dar miedo a amplios sectores sociales a los que la memoria de la Guerra Civil y cuarenta años de anticomunismo oficial les había condicionado».

Como Podemos no es un partido marxista o leninista (aunque en su ideario ambas doctrinas estén presentes tanto en el análisis de la realidad como en la vocación del partido de asumir un papel de vanguardia) no tiene ningún corpus ideológico que modificar: el populismo permite esas liberalidades. Sin embargo, llama la atención que, mientras en el documento que presentará el líder de Podemos como base de discusión para su próximo congreso (Vistalegre II) se apela al «fin del miedo», no se diga ni una sola palabra sobre la república como forma de estado. O bien Podemos se ha hecho monárquico, o bien su secretario general no considera necesario reiterar su esencia republicana. El caso es que, al menos hasta 2020, no aparece en el horizonte, ni siquiera como una aspiración del programa máximo.

Tampoco menciona Iglesias la reforma de la Constitución. Ni siquiera le dedica un párrafo de su extenso documento, que ocupa 41 folios.

En el documento de 41 páginas no hay una sola referencia a la República ni a la reforma de la Constitución

Sí defiende el referéndum («la España del siglo XXI vive con normalidad y fraternidad que el nuestro sea un país plurinacional y no teme a los referéndums ni a las formas de democracia directa», afirma), pero no lo contempla en su vertiente jurídica, que obliga a una reforma constitucional si la consulta (el «derecho a decidir») pretende alterar la estructura del Estado.

Tanto la república como la reforma de la Constitución hubieran sido apuestas valientes que habrían situado a Podemos, como pretende Iglesias, como motor de una segunda transición.

Desde un punto de vista político, el programa de Iglesias carece de enjundia. Es un panfleto desmesurado y, a veces, repetitivo, lleno de lugares comunes y de algunas meteduras de pata impropias de un profesor universitario.

Dice Iglesias: «Los más mayores recuerdan que en los años setenta una familia vivía con un sueldo. Hoy, en una misma familia a veces entran dos sueldos y no se llega a fin de mes». La renta per cápita en España a precios constantes (según los datos del Banco de España), se ha multiplicado por dos veces y media entre 1970 a 2015. Es sencillamente falso que en España se vivía mejor hace cuarenta años que ahora.

El documento hace reiteradas referencias al papel de Alemania como potencia dominante y casi explotadora de Europa. Se habla de «la subordinación provinciana a la estrategia alemana para Europa», o del «predominio alemán en Europa», como una forma de justificar la apelación para  «recuperar la patria para la gente». Se olvida que ha sido Alemania el país que mayores fondos ha aportado a la construcción europea y que España ha sido uno de los países más beneficiados por esa política redistributiva desde el presupuesto comunitario.

En términos económicos, el documento es nostálgico. Casi una lamento por la pérdida de la utarquía: se reclama una utópica «soberanía alimentaria», un «proceso de reindustrialización» (¿por qué no un nuevo INI?), y una no menos imposible «soberanía energética» (¿reinventamos el motor de agua o dejamos de importar gas o petróleo?), y se apunta, al mismo tiempo, a una «regulación sensata del sector de las comunicaciones» o al «control democrático del sector financiero».

Todo ello es pura hojarasca, propuestas sin ningún rigor y sustento. Lo importante es la definición de Podemos como un partido que debe compaginar el trabajo en las instituciones con la movilización en la calle. «Nuestros representantes en las instituciones no pueden convertirse en políticos, sino que deben seguir siendo militantes y cumplir una tarea al servicio del interés colectivo», afirma Iglesias. De esa forma, el líder de Podemos sigue considerando a los políticos como una casta que defiende sus propios intereses, «al margen de la gente».

Es una visión un tanto contradictoria con una confesión que hace el líder de Podemos para justificar un cambio organizativo respecto a Vistalegre I: «El excesivo poder que los documentos aprobados otorgaba al equipo dirigente, que terminaría concentrándose especialmente en las secretarías general, política y de organización, demostró sus límites cuando se empezaron a producir diferencias políticas entre secretarías tan grandes y con tanto poder, que se habían convertido en aparatos con vida propia. Esas diferencias políticas que enfrentaban no sólo a compañeros (sino a aparatos con amplias estructuras de profesionales liberados) pudieron salvarse en los momentos difíciles gracias a la intervención de los inscritos…».

¿Considera Iglesias también como  políticos a los liberados de Podemos o eso sólo queda para los representantes de la Triple Alianza?