El problema que tienen los independentistas con el verborreico y expulsado por tres años de la carrera judicial  Santiago Vidal es que casi todas sus afirmaciones resultan extraordinariamente verosímiles, que no hay ninguna de sus revelaciones que resulten chocantes ni para sus correligionarios ni para quienes desde hace tanto tiempo asistimos estupefactos y escandalizados ante los sistemáticos ataques a la legalidad que perpetran los actuales dirigentes secesionistas catalanes.

Y que no han sorprendido en absoluto a los suyos lo demuestra el hecho de que en los tres meses, tres, en los que el antiguo juez convertido en agitador independentista ha estado arengando a las masas para encender en lo posible su fervor rupturista con España, ninguno de sus compañeros de partido ha formulado la menor objeción ante lo que Vidal iba diciendo a lo largo y ancho de Cataluña. Y eso por dos razones: porque no les parecían ninguna barbaridad aquellas afirmaciones y porque reventar la ley les parece de lo más natural, además de que forma parte del habitual comportamiento de la Generalitat.

El señor Vidal no es un espontáneo que se lanza al ruedo sin red

En definitiva, que no han visto nada raro o censurable en las conferencias del juez. Y que no se arguya ahora que no se habían enterado de lo que iba desvelando. Eso en este tiempo no sucede nunca y ahí están las televisiones, los móviles y las redes sociales para difundir la doctrina de uno de los más destacados políticos de la causa independentista. Porque ésa es otra cuestión: que el señor Vidal no es un espontáneo que se lanza al ruedo sin red. Al contrario, fue el cabeza de lista para el Senado en las últimas elecciones generales, es asesor del consejero de Justicia de la Generalitat y era hasta ayer miembro de la Ejecutiva de Esquerra Republicana de Cataluña. Es, por lo tanto, una persona muy principal en el seno de la coalición independentista.

En consecuencia, y después de que Vidal se hubiera ratificado en sus declaraciones, ha sido el monumental escándalo montado en torno a ellas lo que ha hecho reaccionar a los suyos, que no sólo lo han forzado a renunciar de modo fulminante a su escaño en el Senado sino que le han obligado a desmentirse en una de las operaciones más humillantes a que se ha visto sometido un representante político en nuestra democracia, aunque el susodicho paste extramuros del sistema.

Los desmentidos del Gobierno de la Generalitat no son creíbles porque ya hicieron mangas y capirotes con la ley multitud de veces antes de ahora, porque el propio Artur Mas llegó a decir que lo que había que hacer era «engañar al Estado», y porque tienen una ley de «desconexión» con España preparada y oculta a la opinión pública y a las instituciones para que el Gobierno no se la impugne ante el Tribunal Constitucional.

Así que lo que hay que hacer ahora es averiguar si efectivamente los dirigentes secesionistas han cometido, para empezar, el delito de descubrimiento y revelación de secretos por haberse hecho, contraviniendo la ley, con los datos fiscales de los catalanes. Y de nuevo el mismo delito, en su modalidad agravada, por disponer de un listado de jueces y magistrados agrupados por afinidades ideológicas con la guinda de los señalados como proclives al «procés» y «españoles».

En fin, un espectáculo lamentable por lo verosímil que resulta. Y carece por completo de valor que la Generalitat afirme que se pone «a disposición» de la Autoridad Catalana de Protección de Datos para «someterse, a petición propia, a una auditoría de la gestión y uso de los datos de carácter fiscal». Como si eso fuera garantía de nada a estas alturas.

El antiguo juez es una mezcla indisoluble de ilegalidad y de fantasía

Pero, independientemente de comprobar si el Gobierno catalán espía las declaraciones fiscales de sus ciudadanos o si ha camuflado alrededor de 400 millones de euros en los presupuestos para financiar el segundo referéndum independentista anunciado para el próximo septiembre, el hecho es que ese escándalo deja definitivamente por los suelos el nulo crédito que esta operación secesionista tenía ya en Europa y en el mundo libre. No digamos ya el delirio de que la Generalitat negocia en secreto con la OTAN o el de que hay un partido ajeno a la Unió Europea dispuesto a financiar a la Cataluña independiente.

Eso sí, hay que reconocer que el antiguo juez Santiago Vidal es una perfecta encarnación del proyecto independentista: una mezcla indisoluble de ilegalidad y de fantasía para consumo de un público engañado y anestesiado.