El espectáculo que preparan Artur Mas y sus partidarios para este lunes, cuando el ex presidente de la Generalitat acudirá a declarar ante los jueces del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, es sólo una pieza más de esa gigantesca obra de ficción sobre la que se vienen aupando desde hace casi 40 años los nacionalistas catalanes, fundamentalmente los dirigentes herederos del legado de Jordi Pujol, entendiendo por legado la suma de la manipulación histórica y política a la que han sometido durante ese tiempo a la población catalana más el saco inmenso de corrupción institucionalizada que ha enriquecido no sólo a la familia completa del caudillo sino a muchos de los dirigentes del partido, además de haber hecho de Convergència Democrática de Cataluña una inmensa maquinaria de adoctrinamiento de la sociedad con especial énfasis en las generaciones jóvenes.

El numerito de este lunes es un episodio más que tiene, sin embargo, la ventaja de exhibir ante los ojos de quien no está políticamente ciego los mecanismos con los que se mueven estos señores. Porque lo que van a hacer es convocar a las masas en apoyo del líder y ése es el recurso favorito de los regímenes dictatoriales y uno de los que caracterizan de modo más preciso su manera de administrar los asuntos públicos: enfrentando las multitudes a la razón de las leyes, de los derechos, de las libertades y de la verdad. Y cuando lo que se hace es llamar a la ciudadanía para evidenciar su peso frente a la acción de la Justicia y tratar así de condicionar el desarrollo de un juicio, se está poniendo a la multitud adoctrinada y políticamente excitada por encima de la ley. Exactamente como en las dictaduras. Artur Mas y los suyos creen que esa demostración de “pueblo enardecido” frente a los jueces favorece su imagen ante el mundo. Todo lo contrario, les coloca a la altura de cualquier autócrata de medio pelo.

Pero eso no es todo. Porque lo verdaderamente escandaloso, además del nulo respeto que demuestran tener por el cumplimiento de la ley, es el desprecio que demuestran tener por una población a la que engañan y de la que se nutren para su supervivencia pública. Porque los dirigentes independentistas de la antigua CDC, hoy PdCat, no creen en realidad que pueden lograr la independencia y consideran el famoso referéndum como un mero instrumento para sobrevivir en la vida política. De hecho Francesc Homs, que fue consejero de Presidencia de la Generalitat y portavoz del gobierno y ahora es diputado de PdCat en el Congreso, ha hecho algunas confesiones en el ámbito privado que ilustran bien los objetivos reales de sus correligionarios.

Dice, por ejemplo, Homs que a su partido le interesa aprovechar el clima de rechazo de parte de la población catalana al juicio de Artur Mas, Irene Rigau y  Joana Ortega para obtener mejores resultados en el referéndum, razón por la cual están preparando adelantar la convocatoria al mes de mayo. Ésa y no otra es la razón, el aprovechamiento político de un clima emocional. Y no sólo eso sino que en un intento de ablandar la firmeza del Gobierno ante ese desafío al país y a la Constitución, argumenta que ellos van a llegar hasta el final pero que seguramente no acudirá a votar más allá de un millón y medio de personas -a la convocatoria del 9N acudieron más de dos millones- con lo cual los resultados serán claramente insuficientes como para permitir a la Generalitat ir más allá. De ese modo, ellos podrán decir que han cumplido pero que la ciudadanía catalana no les ha secundado en número suficiente. Y acto seguido convocar unas elecciones en las que su partido, por haber contribuido a la “machada” de haber llevado el desafío al Estado español hasta la derrota, estará en condiciones de eludir la catástrofe electoral que todos los sondeos le pronostican.

Por eso he dicho que Artur Mas y los suyos no buscan en realidad la independencia y no tienen el menor interés en ganar ese referéndum imposible sino que lo que buscan es su mera realización. Pretenden sacar rédito de la apariencia pero no desean sus consecuencias. Es más, confían en que, si ellos lograran celebrar la consulta, cosa impensable, pero en la hipótesis de que lo lograran, los catalanes les sirvieran en bandeja la gran excusa para renunciar a la independencia porque no se habría conseguido el porcentaje de síes que pudiera presentarse sin vergüenza ante la comunidad internacional.  Y eso con dos ventajas añadidas: una, que la culpa caería sobre los votantes no suficientemente fervorosos, no sobre los dirigentes; y dos, que se podrían entronizar como los héroes defensores de las esencias patrias y recoger la cosecha en forma de votos en las elecciones que se convocarían inmediatamente después.

Este planteamiento resulta escandaloso por sí mismo pero tiene otras dos derivadas que conviene tener presentes. La primera, el desprecio profundo que este razonamiento demuestra hacia los ciudadanos que se han creído su propaganda de años y que al final iban a ser utilizados como pretexto para dar por fracasado -por el momento, naturalmente- el famoso “procés”. Y la segunda, la sospecha de que una argumentación tan descarnada pudiera ser el cebo grosero con el que intentar convencer al presidente del Gobierno de que acepte otra vez, como el 9N, hacer la vista gorda para que el referéndum proyectado pudiera hacerse realidad. Es decir, una trampa.

Se coja por donde se coja no hay por donde cogerlo. Esta es la pura verdad.