Podemos ha entrado en un proceso acelerado de oxidación. La frescura de aquellos jóvenes que hablaban de cosas que habían olvidado los viejos grandes partidos parece cosa del pasado. «En estos tres años se me han ensanchado mucho las espaldas», dice, con tono apesadumbrado, Pablo Iglesias, como si la política hubiera perdido también para él el encanto de las concentraciones en la Puerta del Sol.

Lo que le ha ocurrido a Podemos es que se ha convertido en un partido, con todo lo que ello lleva consigo. Iglesias y Errejón tuvieron el gran acierto de convertir el descontento en un movimiento político organizado. El éxito ha sido incuestionable: en poco más de dos años de vida, cinco millones de votos, tercera fuerza política de España y pisándole los talones al PSOE (por encima en las encuestas).

Pero, una vez que terminaron los procesos electorales, que comenzaron en las municipales de 2015 y que no se han interrumpido hasta junio de 2016, llega el momento de plantear estrategias a medio plazo, un modelo organizativo y, sobre todo, el liderazgo. El poder es connatural a la política y negarlo sólo es una prueba de cinismo.

La pugna entre Iglesias y Errejón la hemos vivido antes en otros partidos y con otros nombres, tal vez con la única diferencia de que, en el caso de Podemos, la batalla se ha producido a cara descubierta. «Una de las cosas que he aprendido es que los trapos sucios hay que lavarlos en casa», afirma el secretario general.

Las acusaciones que se han lanzado los representantes de los dos bandos han superado el límite de lo razonable. Hasta cuando uno discute tiene que cuidar las formas, porque si no lo hace, luego es muy difícil recomponer la relación. La sensación que hay ahora en Podemos es que, gane quien gane, no habrá perdón para los perdedores. Esa convicción ha recrudecido la batalla, que, en ocasiones, ha llegado al insulto, a la descalificación personal.

Ahora sólo cuenta quién va a ganar. Los dos bandos creen que no habrá perdón para los perdedores. La ruptura es una posibilidad que se va fraguando con cada declaración, con cada tuit

A estas alturas, cuando quedan poco más de 24 horas para que comience Vistalegre II, lo único que cuenta es quién va a ganar. Tanto Errejón como Iglesias han utilizado la amenaza de dimisión si pierden la votación como elemento movilizador para sus simpatizantes. La pregunta es: ¿puede salir vivo Podemos de este proceso de desgaste interno?

Pase lo que pase el domingo, el partido quedará tocado. Es muy probable que se produzca una ruptura formal, con lo que la izquierda quedaría cuarteada y el PSOE tendría mucho más fácil su proceso de recuperación.

Lo que le ha ocurrido a Podemos es que se ha dado de bruces con la realidad. La política es algo más, mucho más, que un hábil debate en televisión o una eficiente red de apoyo en las redes sociales. En ese sentido, lo que propone Errejón es mucho más realista que lo que pretende Iglesias. Trabajar en las instituciones es mucho más tedioso, pero la revolución permanente es una utopía.

Si Podemos quiere ser alternativa de poder en España, tiene que superar este momento de crisis. Muchos de los que le han apoyado con su voto se sienten decepcionados porque han visto que su partido se ha convertido en uno más dentro del sistema. En la vida pasan esas cosas. También la pasión se agota y eso no tiene que llevar necesariamente al aburrimiento. Militantes de Podemos: ¡bienvenidos al mundo real!