Aunque hay mucho que celebrar -los 60 años de los tratados de Roma, los 25 del Tratado de Maastricht, y los 15 de la circulación del euro-, 2017 es un año crítico para la Unión Europea. En particular, estos 12 meses serán claves teniendo en cuenta las elecciones que se celebrarán en las dos válvulas del motor comunitario: Francia y Alemania. Es curioso como pocas metáforas han sobrevivido mejor a todos estos años de integración europea como la del motor franco-alemán.

Con la diferencia que en este particular motor, como decía Manuel Lafont Rapnouil, director del think tank ECFR en París, cada válvula tiene papeles distintos, para bien y para mal. Alemania, ha sido globalmente un socio fiable pero circunspecto, mientras que la intrahistoria europea francesa se ha balanceado entre la voluntad de acometer grandes saltos políticos y episodios de sabotaje y autolesión. De ahí que la elección de un nuevo presidente de la República Francesa esconda siempre ese punto de imprevisibilidad respecto a la evolución global de la Unión.

La presidencia de 1953

Uno de los episodios históricos que mejor ilustran esa extraña relación es la malograda Comunidad Europea de Defensa (CED) entre 1950 y 1954. En pleno inicio de la Guerra Fría, siete años antes del Tratado de Roma, los franceses aceptan el principio de rearmamento alemán promovido por los británicos y los estadounidenses, a condición de hacerlo en un formato supranacional.

Así, en 1950, el ministro francés de asuntos exteriores, Robert Schuman y su asesor en materia europea, Jean Monnet, proponen el Plan Pleven. Un plan que contará con las aportaciones de eminentes federalistas como Altiero Spinelli y Alcide de Gasperi.

En el artículo 38 del tratado propuesto se hablará incluso de que una nueva asamblea representativa europea avance hacia una “estructura federal o confederal”. Pero en 1953 llegan las elecciones presidenciales francesas, y la campaña se convierte en una auténtica batalla furibunda entre pro-CEDistas y anti-CEDistas.

La polarización de la opinión pública es tal que ninguno de los dos favoritos logra los votos suficientes, abriéndole la puerta a René Coty, un candidato que no se había pronunciado nunca sobre la CED.

El resto es historia: en 1954 la Asamblea francesa vota en contra del proyecto que ellos mismos habían propuesto, y los gobiernos optarán por los Tratados de Roma y la lógica de los pequeños pasos y el intergubernamentalismo. Francia, ella sola, había inventado y ejecutado en menos de cuatro años lo que hubieran podido ser los Estados Unidos de Europa.

La presidencia de 2002

En 2002 Francia se convierte en el centro del mundo cuando Jean-Marie Le Pen llega a la segunda vuelta de las presidenciales. Europa se despierta en shock y Jacques Chirac se convierte en el refugio contra el extremismo, logrando algo más del 82% de los votos. Esa campaña marcará el intento de Chirac de enarbolar la bandera europea en la confrontación con George W. Bush por la Guerra de Irak.

También es de entonces el inicio de una etapa de reformas más o menos logradas de la mano del presidente francés, primero con la firma del Tratado de Niza en 2003 y luego con la creación de la Convención sobre el futuro de Europa, presidida precisamente por un ex presidente galo, Valéry Giscard d’Estaing.

Curiosamente, al igual que ocurrió con la Comunidad Europea de Defensa, el mismo texto que había escrito un francés fue rechazado por los propios franceses.

Así, en 2005, Jacques Chirac defiende un sistema de ratificación clásico del nuevo Tratado, con cada país votando en referéndum por su lado. El resultado es inapelable, los franceses le dan la espalda a su presidente y al primer intento de dotar a Europa simbólicamente de un texto fundacional. Casi 55% del electorado vota no, dando así el golpe de gracia a las 500 páginas del Tratado. De nuevo, los franceses presentes y partícipes de la génesis y de la defunción de uno de los momentos claves de la historia europea.

¿La presidencia de 2017?

¿Puede la presidencia francesa de 2017 ser tan decisiva como pudieron serlo por ejemplo las de 1953 o 2002 para el resto de la Unión Europea? En todo caso, de momento, ninguno de los candidatos opta por el statu quo. En otras palabras, en una presidencia extraordinaria llena de sorpresas, Francia presenta cinco visiones rupturistas y ninguna continuista.

Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon parecen más interesados en deshacer, François Fillon y Benoît Hamon en optimizar la intensidad, el foco o las prioridades, y Emmanuel Macron opta por seguir construyendo. Deshacer, optimizar o construir. La última palabra la tendrán los franceses pero el impacto se sentirá, una vez más, en todo el edificio europeo.

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Dídac Gutiérrez-Peris es director de Estudios Europeos en el Instituto ViaVoice de París.