Pablo Iglesias ha ganado por goleada el congreso de Podemos. Ha obtenido el 60% de los votos, lo que le permitirá tener el 50,5% del Consejo Ciudadano, que, a su vez, elige a la Ejecutiva, el órgano de dirección efectiva.

Mayoría absoluta que le garantiza a Iglesias una dirección a su medida. Es decir, sin errejonistas; o, a lo sumo, dándole un puesto florero a un miembro de dicha facción.

La victoria del secretario general (por mayor margen del esperado) obedece a una estrategia acertada durante la larga campaña previa a Vistalegre II. Iglesias puso a la organización en la tesitura de votarle a él, o perderle de la primera línea del partido para siempre: O yo, o el caos. Sabedores del peligro que tenía esa táctica, los asesores de Íñigo Errejón le recomendaron que, por un lado, hiciera explícito su apoyo a la continuidad del secretario general, y, por otro, que utilizara el argumento de que votándole a él se votaba a los dos (de ahí el cartel en el que se les ve juntos).

Pero, al final, ese planteamiento no ha funcionado. Como decía ayer una militante de base: «Ahora no se entiende Podemos sin Pablo Iglesias. Sin él no somos nada».

El secretario general ha jugado con astucia las bazas: O yo o el caos; Errejón es un peligro para la unidad, y yo soy la garantía de que Podemos no se convertirá en otro partido como los de la casta.

Vivimos en momentos de hiperliderazgos e Iglesias es, sin duda, la figura icónica de Podemos. Errejón representa un proyecto político más maduro, con mayor alcance, pero él aún está muy lejos de la dimensión de Iglesias, el político que, para la mayoría de los ciudadanos, tiene en su activo el haber levantado una poderosa organización desde la nada y el haberla llevado a obtener 5 millones de votos.

Tal vez Errejón se haya equivocado en los tiempos, precipitándose a una confrontación directa cuando una parte de las bases podía interpretar su lucha frontal como un peligro para la unidad del partido. Esa ha sido la otra baza que ha jugado a favor del secretario general. La apelación a la unidad le favorecía mucho más a él que a Errejón que, al fin y al cabo, era el que pretendía arrebatarle un liderazgo que hasta no hace mucho parecía incuestionable.

Liderazgo, unidad y, en última instancia, radicalismo. Los que han votado en Vistalegre II representan a un tercio de los inscritos y constituyen el bloque más politizado. Seguramente, si hubieran participado muchos más de los que votaron a Podemos en las elecciones generales, Errejón podría haber ganado, pero, como ya sabemos, los militantes siempre son la parte más radical de las organizaciones. Desde esa perspectiva, Iglesias también ha jugado bien sus cartas, al apelar a la movilización ciudadana como herramienta política que había que compaginar con el trabajo institucional, considerando a éste casi como un subproducto del primero.

¿Qué va a pasar ahora? Lo más probable es que Errejón y los suyos abandonen todos los puestos de la dirección. entre otras cosas, porque Iglesias va a hacer un equipo a su medida. También saldrán los miembros del aparato que son, en su mayoría, partidarios del hasta ahora número dos.

Errejón perderá el puesto de secretario político y tendrá que decidir si refugiarse en sus cuarteles de invierno, a la espera de una mejor ocasión, o bien crear un nuevo partido, lo que sería bien recibido por muchos de sus seguidores y, por supuesto, por el ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Es una decisión que tendrá que tomar en las próximas semanas.

Muere el Podemos inicial, el Podemos del amor y la alegría, y nace un nuevo Podemos, hecho a la medida de su líder. Pablo Iglesias tiene ahora el reto de demostrar que, ya sin estorbos, puede llevar a su partido a ser una opción real de gobierno.