Por la mañana escuchábamos uno por uno los nombres de las víctimas mortales del atentado de hace un año en el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas, con fondo de música clásica. No sabíamos aún que el día terminaría con otro ataque terrorista en el corazón de Londres, a las puertas del Parlamento británico, que celebraba sesión a la que asistía la primera ministra británica, Theresa May. En Bruselas y en Londres el objetivo de los terroristas era el mismo: matar a cuantos más mejor y aterrorizar a todo aquel que sea testigo. Juegan con nuestro miedo y lo ponen a su servicio.

En Bruselas murieron en total 32 personas, en ataques consecutivos en el aeropuerto y en el metro. En Berlín un camión embistió a una multitud y acabó con la vida de 12 personas. En Londres el balance asciende de momento a cuatro muertos y decenas de heridos. El terrorista, que fue abatido, actuó solo, era británico y había sido investigado por violencia extrema por la policía, según ha aclarado el jueves la primera ministra. El impacto mediático se multiplica exponencialmente de acuerdo con el poder simbólico de la fecha elegida (aniversario de otro atentado, la fiesta de la República en Niza, o las vísperas navideñas en Berlín) y también con el lugar. No estamos a salvo en los aeropuertos, tampoco lo están nuestros políticos en la sede del Legislativo.

En el primer debate de los cinco principales candidatos a la Presidencia de Francia, les preguntaron qué harían para evitar atentados. Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, aprovechó para volver a levantar fronteras, para aludir a cómo con los refugiados entran en su país terroristas y a echar la culpa a la indolencia con los delincuentes durante años. Sin embargo, el resto de los aspirantes reconoció de una u otra manera que la seguridad cien por cien no existe. Ni en Francia ni en ningún otro lado.

Estamos más seguros que hace 15 años. Lo dicen los medios a los que recurren los terroristas

Estamos más seguros que hace 15 años. Lo dicen los medios a los que recurren los terroristas. De los aviones del 11-S a los vehículos bomba de Niza, Berlín o Londres. Suicidas al volante. La revista del califato, Rumiyah, publicaba tres páginas en su número de febrero sobre este método: “Aunque es parte esencial de la vida moderna, son muy pocos los que realmente comprenden la capacidad destructiva y mortífera de un vehículo de motor y su poder para cosechar un gran número de víctimas si se usa con premeditación”, señalaba un artículo en el que se elogiaba al autor del atentado de Niza, en plenas fiestas por el Día de la Bastilla, en el que murieron 85 personas. Algo al alcance de cualquiera.

Los servicios de inteligencia occidentales están realizando una tarea silenciosa cuyo alcance jamás conoceremos. Cada semana se desarticulan comandos y sólo conocemos parcialmente estos operativos. Los detenidos hoy en España, por ejemplo, hacían proselitismo, es decir, propagaban su doctrina extremista, el germen del que se alimentan los violentos y quienes los amparan.

En Molenbeek se ha investigado a más de 20.000 personas y se ha destapado a un centenar de organizaciones

En Molenbeek, el barrio bruselense del que partieron los autores de los atentados del año pasado, se ha incrementado la vigilancia. Se ha investigado a más de 20.000 personas, se ha destapado a un centenar de organizaciones con propósitos criminales y se ha parado la marcha de combatientes. Sigue siendo cuna del radicalismo, pero el control es mayor.

Poco ayudan en esta labor antiterrorista declaraciones como las del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, este miércoles, quien está dispuesto a traspasar todas las líneas rojas en su disputa con Europa. «Si Europa sigue por este camino, no habrá un solo europeo en el mundo que pueda caminar seguro por las calles». Erdogan amenaza primero con romper el acuerdo sobre la acogida de los refugiados en suelo turco y después pretende atemorizar a los europeos con las mismas armas que la ultraderecha. Contar con Turquía en esta batalla contra el terror beneficiaría a europeos y turcos.

El objetivo no es un país u otro, es un modo de vida. Como escribe Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano, en un artículo reciente, «cada vez que se perpetra un ataque, no hay que considerar el yihadismo como un problema de seguridad nacional, sino como un desafío a las sociedades abiertas».

Como ejemplo de cómo enfrentarnos a los que pretenden doblegarnos contamos con víctimas como el viudo de Hélène, asesinada en la discoteca Bataclán, en París, hace 15 meses. «No tendréis mi odio», dice firme Antoine Leiris, que ha consagrado su vida a la misión de que su hijo Melvil tampoco se rinda. Brendan Cox, viudo de la diputada Jo Cox, asesinada en vísperas del Brexit, decía nada más saber del ataque ante el Parlamento: «Cualquiera que lo haya hecho, sea cual sea el motivo, no conseguirá dividirnos».

Sabemos, como ellos, que pueden arrebatarnos todo aquello por lo que hemos luchado, todo aquello en lo que creemos, todo lo que amamos. Sólo podemos enfrentarnos unidos con dignidad y cultivar la esperanza. No contáis con nuestro miedo. Nunca.