Caminas unas cuantas calles y te cruzas con escaparates llenos de cosas que nunca podrás comprar, y con restaurantes en los que no puedes sentarte. Dicen que el dinero no da la felicidad. La sabiduría popular tiene una coletilla demoledora para esa bienintencionada frase: no la dará, pero ayuda.

Pasar apuros para pagar la factura de la luz y la hipoteca, comer hidratos toooooodos los días de la semana y no saber qué va a ser de tu contrato y de tu vida el mes viene, tampoco parece que aporte mucho. A conseguir la felicidad digo. No pretendo hacer apología del modelo consumista que nos rodea, Dios me libre. Solo quiero poner en valor el potencial transformador terrible que tiene la frustración de las vidas a las que nos están condenando.

Antes, la gente pasaba por esos escaparates y tampoco podía comprar muchos de los artículos, pero pensaba: ya conseguiré un trabajito mejor. Ahora, poco a poco, lágrima a lágrima, empezamos a despertar de este mal sueño. No existe ese trabajito mejor. Ni más estable, ni con más tiempo libre ni con mejor salario. Olvídalo, no existe. Desde que estallara la crisis en 2008, ha llovido mucho, pero no todo el mundo se ha mojado igual. Tenemos 35.000 millones de euros en salarios menos que en ese año y la riqueza del país (PIB) es prácticamente la misma. Treinta y cinco mil millones de euros, ojo con la cifra. Algo no cuadra, no puede ser. El reparto no lo veo sano.

Trabajar ya no garantiza poder vivir. Autónomos y pequeñas empresas destrozadas a base de impuestos, facturas que no se pagan y falta de clientes. ¿Y por qué no hay clientes? Porque esos 35.000 millones de euros están en Panamá o en las cuentas del IBEX y allí no nos sirven para mucho. En cambio si todo ese dineral estuviera donde corresponde, o sea en los bolsillos de la gente trabajadora, habría capacidad de comprar, de pagar facturas y de sufrir menos.

¿Dónde está el potencial transformador de todo esto que nombré arriba? Pues precisamente en la falta de expectativas, en la frustración del día a día. Sabemos que esto no es culpa de la madre naturaleza ni del Espíritu Santo. Son sus recortes y sus reformas laborales las nos han traído hasta aquí. Antes trabajamos para vivir, ahora no nos dejan ni trabajar ni vivir. Antes pagábamos impuestos para tener servicios públicos, ahora pagamos más, el raterillo de turno se lo lleva a Suiza y recibimos las sobras.

Esta situación solo se soluciona emigrando o peleando colectivamente. Por suerte o por desgracia, 47 millones de personas no pueden abandonar el país de golpe, así que… solo nos queda una alternativa si queremos una vida decente. Personas en paro, currantes por cuenta ajena, autónomos y pequeñas empresas conforman todo eso que llamamos gente trabajadora. Somos millones, tenemos intereses comunes y la firme convicción de que las cosas podrían ser de otra manera… ¿a qué esperamos?

El 25 de Marzo tomaron la calle multitud de personas de forma muy diversa, pero con un grito unánime que resume muy bien lo que buscamos: NADIE SIN DERECHOS. Es solo un paso más para poner el empuje democrático que las instituciones intentan frenar, para tejer redes de solidaridad entre conflictos laborales, para darnos cuenta poquito a poquito de que no estamos solos y solas en esto. Mucha gente se acuesta y se levanta con el mismo dolor de cabeza todos los días y la situación no va a cambiar por arte de magia. Tampoco lamentándonos delante de la televisión.

Para conseguir una vida que merezca un poco más la pena, hay que mojarse. Tenemos un país por ganar.


Alberto Rodríguez es diputado de Podemos