Recién activado el artículo 50 de los tratados para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, todo el mundo está pendiente de la ofensiva final de esta negociación a dos años vista. Es este, sin embargo, un terreno para los grises. Del Brexit no saldrá un ganador y un perdedor, sino un buen puñado de ambos.

A día de hoy queda claro que el proceso se vive como un desagradable entuerto que encierra una ascendente retórica belicista, pero aún no se vislumbra un horizonte de vencedor único. Más bien al contrario, esta afrenta abre un espacio de diminutas contiendas donde el poder se manifiesta en todas sus formas.

Es sintomático de este proceso el episodio que estamos contemplando estas semanas con Gibraltar. La guerra de posiciones es notoria: cada símbolo importa, cada fase de la negociación es un duelo por avanzar un centímetro o por mantener el statu quo. Y en este proceso de desintegración, May tiene que ganarse la credibilidad de un electorado que no votó por ella y la Unión tiene que negociar con más ahínco y transparencia de lo que está acostumbrada para garantizar la legitimidad de unos negociadores puestos a dedo.

May tiene que ganarse la credibilidad de un electorado que no votó por ella”

En el debate público británico cunde la preocupación. La desesperación incluso, en algunos tabloides. Aunque existe un Departamento para la salida de la Unión Europea, la premier británica lleva el asunto en primera persona y perderá todo su capital político si consigue que la UE, principal mercado para el Reino Unido, sea quien marque los términos del comercio con la isla. Este marco conceptual beneficia a Bruselas toda vez que aún hoy, dentro del gabinete de May, no se tiene claro si optar por un acuerdo común o por acuerdos bilaterales con cada uno de los estados miembros.

Es en Bruselas, no obstante, donde se juega la mayor partida de ajedrez. Las instituciones europeas cuentan con una cantidad desproporcionada, inasumible, de nombres y cargos técnicos para lidiar con las negociaciones. Al equipo de 27 personas de la task force de la Comisión Europea hay que sumarle el staff de la secretaría técnica del Consejo y los eurodiputados que gestionan este tema en el Parlamento, liderados por el liberal Guy Verhofstadt.

Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, está llevando un perfil más bajo de lo esperado por la prensa y la opinión pública, hecho que está aprovechando el hombre fuerte de las negociaciones en el Parlamento Europeo para dar cabida a sus aspiraciones políticas.

El Partido Tory navegará en aguas desconocidas con el proceso político más peliagudo de su historia reciente

Otra de las incógnitas que nos deja el Brexit es el comportamiento electoral que tendrá a futuro el Partido para la independencia del Reino Unido, el UKIP de Nigel Farage. La salida de la UE les deja sin su principal leitmotiv, por lo que habrá que ver si su base electoral se mantiene al perder su razón de ser o si siguen encontrando un nicho destacado en su estrategia de alineamiento con posturas xenófobas y de extrema derecha. Por su parte, el Partido Tory navegará en aguas desconocidas al haberse encomendado a poner en marcha el proceso político más peliagudo de su reciente historia.

El continente que pierde peso y relevancia global continúa sofisticando sus dinámicas de poder internas. A nivel político no son nuevos los juegos de equilibrios y contrapesos, pero lo que trae de novedoso el Brexit es que por primera vez se pone en riesgo la seguridad jurídica de ciudadanos y empresas, que se encuentran ante un limbo legal que tardará aún un par de años en definirse.


Vicente Rodrigo es asesor de asuntos públicos y cofundador del colectivo Con Copia a Europa. En Twitter: @_VRodrigo.