Cualquier otro periódico probablemente ya se hubiera hundido. No se puede someter a una cabecera a un continuo cambio de dirección sin poner en riesgo su estabilidad, su credibilidad y el compromiso profesional de sus redactores.

Las ediciones en papel de El Mundo, El País o ABC han venido cayendo en difusión desde hace años. La batalla de la información se ha trasladado a internet, nos guste o no.

La salida de Pedro J. Ramírez de El Mundo se produjo ya en ese contexto de caída, pero en su negociación para abandonar su dirección hubo otros elementos que pesaron mucho más que el desplome de las ventas. No tengo datos para hablar de conspiración, pero sí que los tengo para afirmar que el gobierno y el Ibex respiraron tranquilos.

Yo asumí la dirección del periódico a finales de enero de 2014 porque Pedro J. quiso que así fuera. No sé si alguien pensó que bajo mi dirección El Mundo perdería sus señas de identidad, pero se equivocó de plano. Claro que tuve mis disputas con Pedro, aunque mucho más acaloradas y profundas las tuve con el presidente ejecutivo de Unedisa, Antonio Fernández-Galiano. Pero el periódico siguió marcando la agenda política, publicando exclusivas y no casándose con nadie.

En mayo de 2015 dejé la dirección del periódico no porque la difusión fuera mal (en esos 16 meses El Mundo cayó menos que su competencia y era todavía líder en su edición digital) sino porque para Fernández-Galiano yo no era un director cómodo. No entraré en la falta de estilo con que se llevó a cabo aquella operación porque el objetivo de este artículo no es ajustar cuentas con nadie.

La apuesta de David Jiménez (mi sustituto) no arregló la situación, sino todo lo contrario. Las ventas siguieron cayendo y la redacción se convirtió en un polvorín. A David apenas si se le concedió un año para poder consolidarse. Su salida fue traumática y acarreó una demanda contra el presidente ejecutivo.

Cairo debe ser consciente de lo que tiene entre manos. Sólo vendiendo o cerrando ‘El Mundo’ podrá librarse de estos pura sangre del periodismo»

Justo hace un año la apuesta fue Pedro G. Cuartango como «director en funciones». Pedro, al margen de ser un gran profesional, es una persona profundamente imbricada en la redacción y supo ganarse el respeto de todos sus compañeros. Calmó los ánimos y, lo más importante, mantuvo firme el timón en aquello que era esencial: sus grandes exclusivas.

Pedro ha aguantado «en funciones» nada menos que un año. No me imagino a otros en esa tesitura. No reclamó el sueldo y ni siquiera ocupó el despacho que en buena lógica le correspondía. Pero, como se ve, tampoco ha cumplido las expectativas de comodidad.

Ahora el consejo de Unedisa (o sea, Fernández-Galiano) ha nombrado a Francisco Rosell. Le deseo lo mejor. Es decir, que siga sin complacer a los que esperan que El Mundo se ponga de rodillas ante el poder.

Este artículo es solamente un reconocimiento para ese extraordinario equipo profesional que, contra viento y marea, y contra el mareo que supone cambiar de director como de camisa, se ha mantenido firme en sus convicciones profesionales. Son un ejemplo para todos. Los que hemos dedicado una parte importante de nuestra vida a ese periódico entendemos mejor que nadie lo que ha sucedido. El ADN de El Mundo, ese ADN que nos inoculó Pedro J., impregna hasta las paredes del periódico. Parece mentira que todavía no se hayan dado cuenta. Urbano Cairo, el presidente y consejero delegado de RCS, propietaria de Unidad Editorial, tiene que ser consciente de lo que tiene entre manos. Sólo vendiendo o cerrando El Mundo podrá librarse de estos pura sangre del periodismo.