En los días que corren hay algunos que se abonan a una especie de reinvención de la cosa pública. Términos como empoderamiento o democracia directa se convierten en los nuevos paradigmas que nos anunciarían que los tiempos de una determinada manera de hacer política habrían caducado y que la nueva política se hace de concentraciones populares en calles y plazas, de rodear a las instituciones de representación y de organizar referendos a diestro y siniestro aunque dividan y no integren a la ciudadanía llamada a votar.

Es un canto de sirena que deberíamos desoír. Quienes defienden esas tesis han leído los libros de historia que les mostraban la estrategia para hacerse con el poder, por el procedimiento electoral, pero dosificando y ocultando las verdaderas intenciones de su propósito de gobierno, para desde el poder sustituir a las instituciones democráticas por esas de democracia directa que no son al cabo otra cosa que una nueva versión de las viejas dictaduras. Buen ejemplo de ello es la “vía democrática venezolana”, que ahora pretende cerrar la Asamblea parlamentaria por una Constituyente para-Soviética, basada en la experiencia cubana… o en la tradición española de los procuradores franquistas de los tercios familiar, municipal o sindical. No importa, muchos de quienes les apoyan son demasiado jóvenes para que les hablen de Lenin o Franco, y respecto de Fidel Castro mantienen un vago sentimiento de respeto al revolucionarismo de los años 60 del pasado siglo, encarnado en la célebre fotografía del “Che” Guevara debida a Alberto Diaz y que todavía algunos lucen en sus camisetas.

Las instituciones de democracia directa no son otra cosa que una nueva versión de las viejas dictaduras

Frente a esos proyectos existe la democracia representativa, la que exige trabajar en las instituciones ofreciendo soluciones a los problemas y no nuevos problemas que alguien se verá llamado a solucionar en un futuro. Y para ello es mejor trabajar desde el centro político. No sólo porque resulte más fácil para entenderse con unos y otros, sino antes que nada por la convicción de que ya todo está ensayado, que todos tienen parte de razón y ninguno la razón exclusiva y porque las ideologías del siglo XIX ya no sirven para afrontar los desafíos del XXI. Las confrontaciones de clases de hace doscientos o ciento cincuenta años produjeron referencias políticas antagónicas que se enfrentaron en parlamentos, calles o campos de guerra; hoy ya sólo existe una gran clase media (si no consiguen algunos que se extinga) que reclama ideas y no ideologías, reformas desde las instituciones y no rupturas revolucionarias.

Las ideologías del siglo XIX ya no sirven para afrontar los desafíos del siglo XXI

 Trabajar desde el centro es aspirar a representar a esta sociedad de clases medias en un proyecto integrador y mayoritario, liberal y progresista. Y profundamente democrático. De una democracia representativa en la que quienes representen a la ciudadanía dispongan de un código ético exigente, hayan desterrado definitivamente la corrupción (o se hayan dotado de medios para castigarla) y mantengan el compromiso de que la política es un servicio -quizás el mayor- a nuestra comunidad.

Esto es lo que pretenden Rivera en España y Macron en Francia. Unidos en un proyecto común de reformar y reforzar la idea de Europa como un actor global en un mundo en el que alguna superpotencia anuncia su retirada hacia el proteccionismo. La política tiene tal horror al vacío que tan pronto como alguien se va hay otro que ocupa su puesto. España y Francia, Europa, no pueden quedarse al margen y la construcción europea y nuestra presencia en los mercados debe convertirse en una obsesión para todos nosotros.

Pero eso, sin duda, sin olvidar a quienes puedan quedarse atrás en el proceso. Un proyecto integrador lo es de todos y para todos los ciudadanos. Una respuesta social, de formación o siquiera asistencial -cuando la formación ya no sirva- también deberá encontrarse en el programa.

 

Fernando Maura es portavoz parlamentario de Exteriores de Ciudadanos