Lo ha vuelto a explicar el señor Juncker: las cosas dentro de la UE siguen como antes en relación con la posibilidad de que una región se independice de un Estado. Es decir, que la doctrina Prodi sigue vigente y dice así: “Cuando una parte del territorio de un Estado miembro deja de formar parte de ese Estado, por ejemplo porque se convierte en un Estado independiente, los tratados dejarán de aplicarse a este Estado”. O sea, que una nueva región independiente, por el hecho de su independencia, se convertirá en un tercer Estado en relación a la Unión y, desde el día de su independencia, quedará fuera de la UE y tendrá que empezar por conseguir que las Naciones Unidas le reconozcan como Estado, lo cual es muy, pero que muy, difícil.

Pero ¿qué les importan esas menudencias a los guerreros  de la independencia catalana? Nada, porque ellos se mueven en un estadio ajeno al mundo y con este motivo, el espectáculo que vienen dando los responsables políticos del gobierno independentista catalán, una vez superada la barrera de la racionalidad y del respeto a las leyes, es cada vez más bochornoso. Ya no es posible creer que los propios ciudadanos de Cataluña no tengan definitivamente la tremenda sensación de que están dirigidos por un puñado de hombres y mujeres lanzados de cabeza a un constante desatino.

Una nueva región independiente se convertirá en un tercer Estado en relación a la Unión Europea

La purga de esta semana es como para echar a correr: se han cargado a los tibios, es decir, a los que podrían poner alguna pega a disparates tan relevantes como ése de intentar aprobar por la vía exprés dos leyes tan ilegales como la Ley del Referéndum y la de Transitoriedad Jurídica, que son contrarias al Estatut y a la Constitución, como muy claramente les ha advertido su propio Consejo de Garantías Estatutarias; o que podrían objetar que a los Mossos d´Esquadra no se les puede ordenar una actuación contraria a la legislación vigente, como muy bien han recordado los propios jefes de la Policía autonómica; o que podrían preguntarse sobre la legalidad de abrir en las escuelas los colegios electorales para una convocatoria declarada ilegal.

Bien, todos esos que ponen pegas, fuera de aquí.  Eso es exactamente lo que ha hecho Carles Puigdemont, que se comporta así como el dirigente de una dictadura sin paños calientes. Franco no lo habría hecho más crudo, la verdad. Pero Puigdemont sí porque está metido en un carril del que no sabe como salirse sin convertirse en el hazmerreir de Cataluña, de España entera y también del mundo. Y porque estaba dispuesto a meter de hoz y coz en este barrizal al precavido Oriol Junqueras que hasta el momento no se había implicado en nada que le supusiera un castigo judicial ni dinerario ni administrativo.

Carles Puigdemont se comporta como el dirigente de una dictadura sin paños calientes

Pero por fin Junqueras ha tenido que dar el tantas veces eludido paso al frente y ahora se encuentra con que tiene que ser el responsable directo de la coordinación del referéndum que el Gobierno asegura que no se va a celebrar, lo cual significa que pagará de todas maneras con la inhabilitación y quizá con la multa económica cualquier acción que emprenda en el campo de la ilegalidad en el que todavía no está de facto, porque hasta el momento se ha limitado a hablar, a hacer anuncios y proclamas pero no a tomar decisiones contrastables y tampoco a estampar su firma sobre un documento. En el momento en que lo haga, el señor Junqueras puede ir despidiéndose de sus auténticos planes, que son los de ganar por goleada la próximas elecciones autonómicas y ocupar la presidencia de la Generalitat desde la cual iniciar con el Gobierno de España una relación muy alejada de la que estamos viendo ahora.

Es decir, una relación sensata en la que la famosa reclamación de independencia no desaparecería de su programa pero quedaría en el frontispicio de los principios de su partido, más o menos como ahora está  en el del PNV. Pero Junqueras está desde ayer metido hasta el cuello, ay, en la muy deteriorada sala de máquinas del referéndum y por eso clama por la implicación de muchos, cuantos más mejor, en esa sala. “Las decisiones las tomaremos de forma colegiada”, insistió muchas veces a lo largo de su intervención mano a mano con Puigdemont. Esa insistencia lo único que denota es miedo, miedo a quedarse solo ante el peligro. Por eso quiere creer, aunque él sabe perfectamente que se equivoca, que la abundancia de responsables de un delito diluirá el castigo. Pero lo que no puede ignorar es que, por muchos que  se impliquen en la acción ilegal, él será el máximo responsable de lo que se haga y también de lo que se proyecte hacer y como tal será sancionado.

Junqueras pagará con la inhabilitación y quizá con la multa económica cualquier acción en el campo de la ilegalidad

A Junqueras la cuestión del  daño patrimonial no será lo que le preocupe, cosa en la que se distingue de esa inmensa mayoría dispuesta a desobedecer las leyes, retar a los tribunales e intentar desgajar brutalmente la nación española pero que no está dispuesta a que tal hazaña le cueste el dinero, como puede que le cueste a  Artur Mas la “astucia” del 9-N, que supuso a los contribuyentes un gasto de 5,2 millones de euros. Por eso precisamente es muy posible que no hayamos terminado de asistir a deserciones y a crecientes tibiezas. En esto Junqueras se va a encontrar al final bastante solo.

Jordi Jané, hasta ahora consejero de Interior, deberá de estar ahora mismo en su casa resoplando de alivio. No era, desde luego, el perfil de saboteador de la legalidad que se habría requerido si se tuviera que ordenar a los Mossos que acataran unas órdenes contrarias a la ley. Jané no habría sido capaz de semejante atrocidad, contraria a todo principio democrático y a un mínimo sentido de la realidad. Esperemos que no haya ocasión de comprobarlo, pero a su sucesor, Joaquim Forn, se le ha puesto ahí justamente para que, llegado el momento, cometa ese tipo de desmanes. Pero el señor Forn, aunque no haya ejercido, es licenciado en Derecho, según consta en su currículum. Y no puede ignorar, por tanto, las gravísimas consecuencias que supondrían para él y para todo el gobierno de la Generalitat, que se atreviera a usar a los Mossos contra la ley. Eso está tipificado muy clarito en el Código Penal y se llama sedición. Pero no se preocupe nadie que enseguida llega Arnaldo Otegui y les explica a todos su larga experiencia en estas lides con los resultados conocidos