Es agosto y son las fiestas de mi pueblo, que es Villalpando. Lo serán también del suyo, seguramente, porque San Roque es el patrón de media España. Vivan él, su perro y su rabo. La cosa es que en el mío hay toros por las calles a todas horas. Tantos hay que Público nos incluyó hace unos meses en su lista negra del maltrato animal en España. Lo que es hablar de oídas.

Hay toros en mi pueblo. A las 3 de la madrugada, a las 8 de la mañana, a la 1 del mediodía, a las 7 de la tarde. Hay muchos toros en mi pueblo, ya ven. Se sueltan en la Plaza Mayor, vallada para la ocasión, repleta siempre, atestados los soportales, los balcones, los graderíos. En el improvisado ruedo a los novillos los corren, los llaman, los marean un poco. Ria, ria. Bo, bo. Vaaaaaca. Lo suyo es citarlos de lejos y, en cuanto pegan un paso, meterse en la talanquera si la tercera edad no se encastilla en el hueco que debería servir de refugio. Poco más. A las dos horas se acaba el show y a los animales los devuelven al toril. De ahí al camión.

Yo casi nunca entro. La casa de mi abuela Julia permitía observar una parte de la plaza y su escrutinio lejano bastaba para abstenerse. Llegar a casa y encontrarte una reprimenda por haber sido visto pisando arena dolía más que la improbable cornada. Como yo otros muchos. En mi pueblo, y eso que tenemos a Andrés Vázquez, a los toros no se va a verlos. A los toros se va a vivir.

La escena siempre es la misma durante los cuatro días que poblamos los soportales, a ratos con el “uy” en la boca, a ratos con el “qué coñazo”. Dónde tienes la peña este año. ¿Tan lejos? Bueno venga, vamos un rato que se me acabó la cerveza y esto no hay quien lo aguante. Y una vez allí: ¿aquí qué hacemos, vamos para la plaza? Vuelta a empezar: menuda anoche, de qué os habéis disfrazado este año, quítate las gafas de sol que ya es hora. ¿Pero no has ido por casa? Yo a las cuatro volqué. ¿Hay toros en la plaza? Creo que dos. Qué más da. ¿Vamos a tu peña? Sí. Qué tienes. Vino. Pues vino.

Esto es un relato castellano, y sé que en otras regiones la vida se hace de otra manera. Pero se me ocurren pocas que congreguen a un pueblo entero cuatro veces al día aunque el espectáculo, a veces, sea pobre. He estado en muchas y ninguna me ha convencido. Para mí, que me aburren los cuernos, la impresión siempre es la misma: las fiestas sin toros son sólo un botellón.