La manifestación de Barcelona ha sido una prueba evidente del daño que ha producido la politización del atentado a la unidad contra el terrorismo. Aunque asistió mucha gente (500.000 personas, según la Guardia Urbana), la marcha bajo el lema No tinc por (No tengo miedo) no pasará a la historia de una ciudad que ha sido escenario de gigantescas concentraciones. No hay más que repasar las cifras de las últimas Diadas. La Guardia Urbana cifró en 1.800.000 personas la asistencia a la celebrada en 2014. Y, por supuesto, no ha tenido nada que ver con la convocada en Madrid tras el 11-M, en la que la Delegación  del Gobierno estimó la asistencia en 2,3 millones de personas.

Hay varias razones que explican este relativo fracaso.

En primer lugar, el esfuerzo institucional de la convocatoria ha recaído casi exclusivamente en el Ayuntamiento de Barcelona. Ada Colau ha dado una lección de sensatez (ver la entrevista de La Vanguardia) y ha hecho todo lo posible por dar una imagen de unidad.

Pero, a diferencia de otras concentraciones, ni la Generalitat, ni organizaciones como ANC, Òmnium Cultural y el resto de colectivos independentistas, han movilizado a los ciudadanos de fuera de Barcelona. Sus esfuerzos parecen reservarse para el próximo 11 de septiembre.

Pero lo que más daño ha hecho a esta marcha ha sido el intento de convertirla en una muestra más de la voluntad independentista de los catalanes. La ANC llamó a portar esteladas con crespón negro y miles de personas lo hicieron. Por su parte, la CUP acaparó su cuota de pantalla con críticas al Rey y pancartas fuera de lugar contra el comercio de armas.

Más grave aún fue la provocación de Puigdemont con su entrevista al Financial Times en la que acusó al Gobierno de Rajoy de jugar con la seguridad de los catalanes ¿Era ese el mensaje de unidad que esperaban los ciudadanos de Cataluña del presidente de la Generalitat unas horas antes de la marcha de Barcelona?

Felipe VI se la jugó con su asistencia a la manifestación. Fue recibido con silbidos y abucheos, como Rajoy, por centenares de personas. Pero hizo lo que debía. Ese fue el compromiso que asumió en su discurso de proclamación: “Que el pueblo se sienta orgulloso de su Rey”.

No se puede dar imagen de unidad cuando cada partido quiere sacar tajada de una movilización que debería haber sido silenciosa y sin banderas. Al final, cuando Rosa María Sardà y Miriam Hatibi concluyeron sus discursos en la Plaza de Cataluña, parecía que todos los líderes políticos querían marcharse de allí a toda prisa. No hubo calor, no hubo fraternidad, tan sólo fría solemnidad.

Las cosas no pintan bien de cara al 1-O y ya se ha visto que Puigdemont y los independentistas no van a cejar en su empeño de separación. Ese objetivo, para ellos, está por encima de todo, incluso por delante del dolor solidario con las víctimas.

Sí hubo, sin embargo, un aspecto positivo, que deja un resquicio abierto a la esperanza. La mayoría de la gente que acudió ayer al Paseo de Gracia eran ciudadanos de Barcelona que sí anteponen los sentimientos y los valores a las etiquetas (sean estas cuales sean). Marcharon en silencio, sin gritos, sin fanfarria, pensando que ninguna idea, ninguna religión o ideología justifica el asesinato de 15 personas cuando pasean por la calle de cualquier ciudad.

A ellos, gracias por su lección de respeto.