Este referéndum convocado de manera irregular y rotundamente contraria a la ley, y saltándose las mínimas normas vigentes en cualquier Estado de Derecho, va a ser un desastre y sobre todo un caos. Alguna urna sacarán a la calle y algunas imágenes de gente protestando ante el cordón policial porque no pueden votar tendrán los independentistas para alimentar su necesidad de rodearse de un relato épico que maquille su seguro fracaso.

Es decir, que el próximo domingo será una  jornada tensa, muy compleja, con mensajes contradictorios y esperemos que sin episodios de violencia física aunque el clima callejero se está tensando cada día más por obra y gracia de los dirigentes de la Generalitat y de las dos organizaciones generosamente financiadas por el gobierno autonómico: la ANC  y Omnium Cultural.  Pero es seguro que van a fracasar en su intento de presentar ante la propia ciudadanía catalana y ante el mundo la convocatoria ilegal como algo remotamente parecido a una consulta seria.

Los enceguecidos líderes secesionistas no estén dispuestos a culminar su carrera desbocada hacia el desastre

Todo esto no significa, sin embargo, que los enceguecidos líderes secesionistas no estén dispuestos a culminar su carrera desbocada hacia el desastre además de hacia el más espantoso ridículo con una patética declaración unilateral de independencia. Ya sabemos que también en este punto hay muy serias discrepancias entre ellos, lo cual da una idea de la levedad y la poca seriedad y solvencia de un plan de tan inmensa dimensión como es el de declarar la secesión de una parte de un Estado plenamente democrático y fiel y eficaz garante de los derechos políticos y las libertades de su población.

Pero da lo mismo: todo lo que está sucediendo en Cataluña en torno a este asunto es un puro despropósito que ya resulta agotador describir cada día y no podemos descartar que sobre esas bases  derrumbadas, sobre ese desolador paisaje de derribo se alce el todavía presidente Puigdemont y remate el esperpento declarando que, sobre los datos obtenidos a partir de esos escombros, su gobierno asume el «mandato del pueblo» y declara solemnemente la independencia de Cataluña.

El Gobierno de España no reconocerá jamás, naturalmente, semejante propósito

Bien, a partir de ahí se abriría ante Carles Puigdemont y sus consejeros un vacío sideral. Porque esa declaración se haría ante absolutamente nadie. El Gobierno de España no reconocerá jamás, naturalmente, semejante propósito. Pero es que no habrá ningún otro interlocutor recogiendo esas palabras o haciéndose eco de ellas.

La ilusa convicción que tienen los independentistas de que Cataluña sería aceptada inmediatamente por la Unión Europea por la sencilla rezón de que es un territorio contribuyente neto de la UE, lo cual inclinaría a los gobiernos europeos a abrirle la puerta a la comunidad catalana, ignora deliberadamente el hecho de que los miembros más influyentes de la Unión no admitirían la aparición en el seno de la UE, por lo tanto, en sus propios territorios, de un precedente de secesión bendecido por ellos mismos.

No, la Unión Europea no su puede permitir una debilidad de ese calibre porque eso significaría abrir la puerta a todas las tendencias independentistas que de momento se mantienen bajo control en esos países. Eso independientemente de que la admisión de un nuevo miembro requiere la unanimidad de todos ellos y España nunca, nunca, aceptará dar su visto bueno al  desgarro de su territorio después de 500 años de historia común. Pero tampoco habría interlocutor de Puigdemont desde otros ámbitos internacionales imprescindibles para el reconocimiento de un nuevo Estado, como es Naciones Unidas.

Solo el reconocimiento de los otros otorga la entidad a un sujeto o a un territorio

En definitiva, esa hipotética declaración unilateral de independencia por parte de Puigdemont se convertiría en un gesto trágico y sobrecogedor porque haría crudamente presente la radical soledad que acompaña el delirio independentista, una pulsión tóxica que ha sido inoculada en parte de la población catalana con una indiscutible eficacia pero ayudada muy importantemente  por  la pasividad de quienes llevamos décadas asistiendo a esta invasión ideológica sin dar la alarma y sin poner pie en pared antes de que fuera demasiado tarde como ahora es.

Pero ésta es la verdad: no tienen ante quien declararse independientes y si nadie los reconoce como tales, no lo son. Es así de simple. Solo el reconocimiento de los otros otorga la entidad a un sujeto o a un territorio. Aunque es preciso reconocer que este tipo de razonamientos ya no les sirven a los independentistas como argumento porque los argumentos les estorban a estas alturas del debate. Ya están irremisiblemente entregados a la palpitación, a las pasiones.

Los destrozos de todo este proceso son, han sido ya,  enormes porque han llegado al corazón de muchos catalanes, cuyas relaciones  personales con otros catalanes han quedado muy dañadas, no sabemos si de manera ya irreversible. La sociedad de Cataluña está rota en este momento, está enfrentada y parte de ella sufrirá además las demoledoras consecuencias del rencor y la profunda frustración que se instalará en su ánimo en cuanto constaten que su sueño de independencia no se va a cumplir ni ahora ni nunca. Para enderezar tanto desastre se necesitarán muchos años.