Se ha dicho y escrito tanto sobre el conflicto catalán, las posiciones están tan marcadas y tan polarizadas, se abre por segundos, tan ancha, tan profunda y tan oscura brecha entre la gente corriente que habla sobre «lo de Cataluña», que hoy me gustaría hablar de cómo me siento yo. Como persona, como gaditana, como andaluza, como mujer, como hermana y como hija. Sé que no escribo aquí sólo por ser ese ramillete de cosas sencillas que yo soy, pero como me van a dejar escribir igualmente, a dos días del 1 de octubre y delante de esta pantalla, me siento más introspectiva que diputada.

Paseo por las calles de mi ciudad y me encanta que la gente se me acerque para contarme lo que piensa de las cosas. Y ese «las cosas» o, más bien, «la cosa» puede hacer referencia a asuntos muy diversos en el lenguaje de la calle. Recuerdo un bar en Sevilla en el que se leía en un cartel «prohibido hablar de cómo está la cosa». Desde hace unos diez años decir «que la cosa está fatal» hacía habitualmente referencia a un complejo entramado de desazón por la crisis, el paro, los recortes y la corrupción. Hoy «la cosa» es Cataluña. Y escucho opiniones de lo más variopinto desde el clásico, «pues si se quieren ir que se vayan» con más o menos acritud, al «a por ellos» del otro día en Huelva.

¿Cómo demonios negarle la palabra al 80% de una comunidad que quiere votar sin llamarse a uno mismo tirano?

El revisor del tren con el que suelo coincidir para ir a Sevilla, un hombre de Marchena muy simpático, me dijo el otro día sin ningún tipo de ojeriza: «Que se vayan pero que nos devuelvan los trenes». Lo decía porque hace unos meses varios vagones de cercanías andaluces fueron desplazados a Cataluña por Renfe porque los recortes han traído este tipo de apaños en infraestructuras. Eso me hizo pensar. La gente tiene la impresión de que si los catalanes construyen un Estado propio «se van a ir» y «se van a ir llevándose algo que es nuestro». Un diputado del Partido Popular me decía amistosamente que no se puede votar sobre algo que no debe ocurrir, que no se puede votar sobre, por ejemplo, derribar la Alhambra y menos que voten ellos solos porque aquello «también es nuestro». Trataba sinceramente de que empatizara con sus sentimientos y me decía acalorado «es que es como si se llevaran un trozo que me pertenece también a mí».

Ojalá habláramos de sentimientos, de la nostalgia que embarga a unos padres cuando despiden a un hijo en un aeropuerto internacional. Pero claro, eso no tiene sentido, porque al fin y al cabo cualquier andaluz ha ido más veces a Portugal en los últimos años que a Cataluña, y es otro Estado, pero está tan cerquita que parece casi casi nuestro sin necesidad de poseerlo. El símil de la Alhambra me hizo pensar. Si viviéramos en una sociedad tan ajena a su patrimonio histórico, a su identidad, a la belleza misma, que dijera que «sí» en un eventual referéndum sobre el derribo de la Alhambra, el problema real no sería que pudiera votarlo en un referéndum, sino que lo deseara de forma mayoritaria.

«Que nos devuelvan los trenes», como si estuviéramos haciendo cuentas para una separación de bienes en un divorcio, el debate sobre la financiación territorial y el reparto de los recursos. Un debate interesante y concienzudo sin duda, merece la pena tenerlo con calma, pero si hablamos del reparto de la riqueza necesitamos una visión más completa. Y si la tenemos, en el sentido más estricto del término, aquí los únicos que se han independizado son los ricos, los de Cataluña y los de España, y en el referéndum ése no hemos participado ninguno, que somos el segundo país más desigual de la OCDE, que la desigualdad crece al doble de la media mundial, que quienes viven de sus manos soportan el 84% de la carga fiscal, que hay un 24% más de millonarios desde que empezó la crisis y que tenemos un 100% del PIB en deuda con los bancos que no nos van a devolver el rescate. «¿España nos roba?» No, “los bancos, los defraudadores, los evasores fiscales y las empresas del Ibex nos roban”.

Pero justo cuando quiero empatizar me sale la pregunta más sencilla, ¿cómo demonios negarle la palabra al 80% de una comunidad que quiere votar sin llamarse a uno mismo tirano? No quieren tirar la Alhambra, quieren decir juntos si quieren tener o no un Estado propio. Y aquí empieza la metafísica. Para un diputado del PP la unidad de España puede ser como la Alhambra para mí, un patrimonio histórico que hay que preservar, parte del derecho natural, una joya simbólica con un valor sentimental incalculable, un monumento tan hermoso que sería una barbaridad plantear sólo la posibilidad de trocearlo. Bueno, dejo de lado argumentos como «porque lo dice la Constitución», cuando tenemos una Constitución que también contiene en su letra las instrucciones precisas para modificarse como se quiera; ahí la respuesta es sencilla: «es que cambiar la Constitución también viene en la Constitución». Lo que no soporto es la idea de que cuando se piense en España y se me incluya, se piense en una masa informe de gente que imponemos el silencio con 17.000 efectivos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado por mucho que se alojen, muy precariamente por cierto, en un barco de dibujitos animados.

Lo que están haciendo en Cataluña, no lo van a hacer en mi nombre ni con mi silencio

Pero yo iba a hablar de lo que yo pienso, no de lo que piensan los demás, a mí me gustaría pensar que la polarización no nos haga elegir entre jalear los palos, las detenciones, el secuestro de urnas, papeletas, carteles, páginas web o imprentas y ser unos traidores. A mí me gustaría pensar que quizá alguna vez alguien no tenga más remedio que sentarse a escuchar, a dialogar, a negociar y a acordar. Pero no me gustaría que se negociara a puerta cerrada un nuevo enjuague entre élites. Creo que el referéndum del domingo debería poderse realizar con garantías, ¿a qué tienen miedo? ¿A perder en un referéndum en el que pueda votar todo el mundo con la seguridad de que no te van a multar? ¿A no tener argumentos suficientes para que gane la opción del no? ¿A que la gente pueda informarse y escuchar con normalidad democrática todos los argumentos a favor y en contra y decida? ¿A tener que tocar la Constitución?

Proyectando en positivo y sacándome el veneno y la preocupación por la incomprensión de quien lee, lo que me hace ilusión a mí es que de esta crisis salgamos con la linda costumbre de poder decidir colectivamente sobre más cosas que sobre dónde colocar las banderas. Yo quiero abrir todos los candados de la Constitución, el de la cruz, el de la corona y el de los territorios. No soy independentista andaluza, parece que esto hay que repetirlo hasta la saciedad cuando una tiene una posición pro derecho a decidir; me considero federalista andaluza, pero sí me gustaría que pudiéramos votar si queremos ceder soberanía o no a los tratados de libre comercio (entró en vigor el CETA del que no vamos a poder independizarnos, me temo, sin una amplia movilización), me gustaría que pudiéramos revocar a un cargo electo cuando no cumple su tarea o pierde nuestra confianza, me gustaría poder decidir sobre un modelo energético descentralizado, sostenible, renovable y social, me gustaría poder decidir sobre el trazado de las infraestructuras o sobre las prioridades de gasto.

Lo mismo «la cosa» ésta de Cataluña nos hace ser mejores como comunidad que se interesa por los asuntos comunes y quiere participar y gobernarse. O lo mismo me pasan por encima con una apisonadora rojigualda, eso también puede pasar. Pero lo que están haciendo en Cataluña, eso no lo van a hacer en mi nombre ni con mi silencio.


Teresa Rodríguez es la secretaria general de Podemos Andalucía y Diputada.