Lo primero que hay que decir es que lo sucedido hoy en los llamados colegios electorales ha sido una mascarada que produce una infinita sensación de vergüenza. Cuando a primera hora de la mañana escuchamos al conseller de Presidencia de la Generalitat y portavoz del Gobierno, Jordi Turull, explicar  las «nuevas condiciones» en que se iba a producir el pretendido referéndum ilegal, quedó al descubierto la inmensidad de la farsa a la que íbamos a asistir en las horas siguientes, como así ha sido. En definitiva, cualquiera podía ir a votar en cualquier sitio en el que encontrara una urna y no tenía que acreditar ni su identidad ni estaba previsto comprobar si ya había votado en otra urna. Y de este modo hemos podido comprobar con vídeos lanzados en las redes como una misma persona votaba cuatro veces en cuatro colegios distintos.

Una farsa del comienzo hasta el final en la que el recuento de papeletas entra dentro de la categoría de la ficción

Y como, además, la Guardia Civil ha desmontado la posibilidad de que se pueda ejercer un control informático de los votos emitidos, nos encontramos con lo dicho: una farsa del comienzo hasta el final en la que el recuento de papeletas entra dentro de la categoría de la ficción. Aderezada además con otra imagen, transmitida por una cadena de televisión en la que se ve que una urna se cae al suelo, se abre, porque no estaba precintada, y salen cientos de papeles que lógicamente son papeletas impresas en las casas de cada uno y ya introducidas en la urna. Como ese caso, descubierto por la fatalidad de una caída inesperada, hará habido cientos. Por lo tanto, la representación de la supuesta votación de hoy no tiene ningún valor en absoluto. Y, en consecuencia, tampoco lo tendrá la información que el gobierno catalán transmita con el número de votantes que han acudido supuestamente a las urnas y el número supuesto de síes que se hayan contabilizado. Lo que digan no sirve para nada porque pretenderá dar verosimilitud a una acción que es puro y burdo montaje sin ninguna credibilidad posible.

Y si en esas condiciones que son una auténtica burla a cualquier cosa que se parezca a una consulta popular, se atreven a, en base a esos resultados, hacer una declaración unilateral de independencia, tal y como pretende el presidente de la Generalitat, no quedará más remedio que reírse a carcajadas y buscarles de urgencia un tratamiento psicológico o directamente plaza en un frenopático. De modo que, por lo que se refiere a este aspecto, las cosas han quedado claras: no ha habido referéndum ni nada que remotamente se le pudiera parecer. Nadie lo considerará como tal y lo adecuado sería que los dirigentes de la Generalitat salieran a reconocer que no han conseguido lo que pretendían y no sigan pretendiendo prolongar el ridículo con el que se han cubierto ya.

Luego está la responsabilidad de esos mismos dirigentes al cometer la infinita irresponsabilidad culpable de echar a las gentes a la calle en su inadmisible pretensión de conseguir con los movimientos populares lo que sabían que no podían conseguir con la ley. Suya es la culpa de todos los incidentes que han tenido lugar a lo largo de la jornada porque eso era lo que ellos habían buscado: el enfrentamiento de los ciudadanos independentistas con las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado. Y, del mismo modo que no podremos creer de ninguna manera los datos que nos ofrezcan sobre las votaciones, también tendremos que poner en seria duda las cifras de heridos que facilitaron a la caída de la tarde.

A pesar de eso, que después de más de 500 manifestaciones de protesta celebradas en toda Cataluña, con miles de personas increpando a la Policía y a a Guardia Civil, sólo se hayan contabilizado dos heridos graves -uno por una pelota de goma que le dio en un ojo y otro por razones desconocidas a esta hora- habla de la extraordinaria moderación con que han actuado las fuerzas del orden. Una situación así en Francia, en Alemania o en cualquier otro país democrático de nuestro entorno se habría saldado con un balance infinitamente más duro.

No tiene nada de sorprendente que los medios de comunicación extranjeros hagan foco en las cargas policiales

No tiene nada de sorprendente que los medios de comunicación extranjeros hagan foco en las cargas policiales: esas son las fotografías de impacto a las que ningún periodista renuncia, pero hablar de «dureza policial» o, como ha dicho Puigdemont: «Lo que hace la policía es una auténtica salvajada, es un escándalo internacional» es una auténtica broma sólo apta para los muy aficionados. Salvajada es lo que hace la policía norteamericana cuando reprime determinadas manifestaciones pero, insisto, dos heridos graves después de cientos y cientos de confrontaciones con masas dispuestas a mostrar su indignación y su determinación de no obedecer las órdenes recibidas es un balance extraordinariamente moderado.

De todos modos, incluso esas cifras de heridos leves, algunos levísimos como mostraban los planos de algunas cadenas de televisión de ámbito nacional, habrían podido ser incluso menores si los Mossos d’Esquadra hubieran cumplido con su obligación de obedecer la orden recibida por la juez, cosa que no han hecho. Salvo contadas excepciones, la actitud de la policía autonómica catalana ha sido de pasividad ante las concentraciones de personas delante de los colegios con la intención de impedir que las fuerzas del orden lo cerraran en cumplimiento de la ley.

En consecuencia, los Mossos y sus jefes han actuado en apoyo de la ilegalidad y han dejado la responsabilidad de mantener la legalidad a la Guardia Civil. Esta responsabilidad debe ser depurada ante los tribunales, pero lo sucedido nos deja otra enseñanza que es de naturaleza política: estas son las consecuencias de permitir a los gobiernos nacionalistas disponer de una policía integral. Lo que sucede, lo que ha sucedido es que esa policía se convierte en una policía política que no está sujeta a la ley sino al mandato de sus jefes en exclusiva. Una enseñanza que se deberá tener muy presente en el futuro.

Al final de esta jornada desoladora han hablado el presidente del Gobierno, el líder del PSOE y el de Ciudadanos. Mariano Rajoy ha constatado la evidencia de que el referéndum ilegal no se ha producido, por más que durante 12 horas se hayan metido de mala manera unos cientos de miles de papeletas en unas urnas de muy, pero que muy dudosa limpieza democrática. Y ha constatado que la supremacía del Estado de Derecho ha prevalecido sobre el golpismo de los secesionistas. Sí, eso es verdad, pero también es verdad que esto no se ha hecho sin herir al cuerpo electoral de manera muy dolorosa, heridas cuya curación llevará mucho tiempo y muchísima dedicación. Rajoy ha estado firme y ha ofrecido diálogo a todos pero hay que decir desde ahora mismo que el señor Puigdemont y el señor Junqueras se han descalificado como interlocutores porque con un golpista, con alguien que se ha saltado la ley, ha desobedecido consciente y deliberadamente a los tribunales, ha desafiado al Tribunal Constitucional, se ha burlado de su propio Parlamento, ha aplastado implacablemente a la oposición, ha ignorado los dictámenes de sus propios órganos consultivos y ha despreciado de modo autoritario a la mitad de su población, con individuos así no cabe diálogo. Sólo cabe la aplicación de las leyes. Con Tejero y Milans no se dialogó para conformar el modelo de la España de las autonomías: hubiera sido una broma macabra. Se les juzgó y se les aplicó la pena correspondiente porque así es como se comportan los poderes en un Estado de Derecho.

Por eso Pedro Sánchez, que tuvo una intervención mucho mejor que la que se podía temer tras haber escuchado las lamentables palabras de Miquel Iceta, tiene razón en que ahora, dentro de un tiempo prudencial, se tiene que abrir un espacio para el diálogo. Pero con esos interlocutores ya no es posible porque han cometido numerosos delitos de los que deberán dar cuenta ante la Justicia. Este  monumental destrozo, este hondísimo desgarro no les puede salir de ninguna manera gratis porque si fuera así, España habría dejado de ser un sistema democrático en el que el imperio de la ley es el que conforma las bases de nuestra organización política y nuestra convivencia social. La posición de Pedro Sánchez, que no ahorró críticas al presidente del Gobierno y que se ofreció como alternativa para lograr restañar las terribles heridas infligidas por los secesionistas, fue muy de agradecer en una jornada moral y políticamente desgarradora.

También Albert Rivera tuvo una intervención firme, clara y constructiva. Con la suma de las fuerzas que los tres representan es posible todavía que España pueda recuperarse del golpe que el secesionismo quiso asestarle hoy para derribar al Estado. No lo ha conseguido pero eso no significa que la batalla haya terminado. Aún nos queda mucho por padecer y tenemos que prepararnos para lo que viene.