La frontera terrestre que separa Israel de la Franja de Gaza es una valla metálica de 51 kilómetros de longitud. Si el viajero, desde el lado oriental de la valla, se aproxima a Sderot, la ciudad israelí más próxima a la Franja, creerá estar cerca de un desierto. Si mira al otro lado, observará un vacío continuo que se extiende a la izquierda de la valla de separación. Un espacio contiguo a la alambrada de unos 200 ó 300 metros de anchura, según los casos, en el que el viajero no advertirá la presencia de seres humanos, construcciones o incluso vegetación alta y densa. Cualquier palestino que se interne en ese terreno prohibido recibirá un proyectil del Tsahal, el ejército de Israel que controla la actividad de la Franja de Gaza desde el otro lado de la valla.

Este dispositivo militar, de naturaleza preventiva, es congruente con la lógica de la seguridad defensiva de Israel. Los ciudadanos israelíes discrepan en casi todos los órdenes de la vida menos en uno: su seguridad respecto al entorno próximo (y también frente a los islotes de enemigos enclavados dentro de su territorio). Desde luego, no les faltan motivos. Pero, afortunadamente, no todos los ciudadanos israelíes coinciden ni en el grado de seguridad que necesitan ni en su prevalencia absoluta en los numerosos casos de colisión de su seguridad con los derechos (incluido también el derecho a la seguridad) de quienes no son israelíes. Pero tampoco conviene engañarse. Para la mitad de los judíos israelíes, el mejor palestino es el palestino muerto. Y la otra mitad (salvo honrosas excepciones) se calla o protesta con timidez y poca fe ante los denuestos y amenazas de los matones de la extrema derecha nacionalista, que no admiten otra patente de lealtad al judaísmo y al Estado que no sea la suya.

No todos los israelíes coinciden ni en el grado de seguridad que necesitan ni en su prevalencia en los casos de colisión de su seguridad con los derechos de quienes no son israelíes

Ningún país del mundo se quedaría cruzado de brazos si, desde un territorio vecino, se pusiera en peligro la vida o la integridad física de sus nacionales. El Estado de Israel tiene derecho a defenderse frente a las agresiones criminales efectuadas contra su espacio territorial por la organización Hamás, que gobierna en Gaza. Pero el uso de la fuerza militar como derecho a la defensa legítima depende, en cada supuesto concreto, de su proporcionalidad en relación con la agresión sufrida o la que se pretende neutralizar de manera preventiva. En este aspecto no estará de más recordar que, a diferencia de otras situaciones del pasado lejano, actualmente ningún grupo palestino supone un peligro existencial para el Estado de Israel. Algo que, desde luego, no se puede decir de Irán o de la milicia chií libanesa de Hezbollah.

Como no quiero cansar al lector omitiré aquí anteriores campañas bélicas de Israel en la Franja, como las de 2008 ó 2014. Sólo voy a referirme a los sucesos ocurridos el pasado 30 de marzo, durante la conmemoración multitudinaria en Gaza del llamado Día de la Tierra. En dicha jornada reivindicativa, el Tsahal mató a casi una veintena de gazatíes que invadieron el No Man’s Land establecido por Israel en garantía de su seguridad. Hamás reconoció poco después que varias de las víctimas mortales eran miembros de su facción y que habían disparado antes a las fuerzas israelíes. Pero tampoco tengo el propósito de detenerme en los palestinos que perdieron la vida cerca de la valla de alambre y muerte. Porque el 30 de marzo los militares israelíes siguieron una estrategia inédita que se desvió de su trayectoria habitual de represión del movimiento palestino que, creo, merece una reflexión ad hoc.

El 30 de marzo, los militares israelíes siguieron una estrategia inédita que se desvió de su trayectoria habitual de represión del movimiento palestino

El 30 de marzo unas máquinas excavadoras del Tsahal levantaron en su propio sector un terraplén sobre el que se apostaron varias decenas de francotiradores. Como consecuencia de los proyectiles utilizados y de la precisión de los disparos, cientos de civiles palestinos que se encontraban muy lejos de la valla, a 700 o incluso 1.000 metros de distancia, resultaron con las piernas destrozadas. Los disparos impactaron siempre por debajo de las rodillas. Dada la precariedad de los servicios médicos y hospitalarios de Gaza, es improbable que muchos de los jóvenes, mujeres y niños heridos por los proyectiles logren recuperar la movilidad completa de sus extremidades inferiores.

La actuación del ejército israelí no tiene otra explicación plausible que la de infligir un castigo colectivo a los civiles palestinos de la Franja, advirtiéndoles cruelmente con marcas de sangre y fuego en sus propios cuerpos de que más les vale estar lo más lejos posible de la valla. Si dan un paso más contra las órdenes de Israel el castigo se agravará hasta la muerte. Seguro que es un lenguaje que entenderá perfectamente el millón y medio largo de individuos que están encerrados herméticamente en un minúsculo espacio de 360 km2 que bate todos los récords olímpicos de miseria, desempleo, odio al vecino implacable y desesperación hacia el futuro.

A los judíos que viven fuera de Israel debe exigírseles que abandonen sus trincheras ideológicas, culturales y familiares

A ese malvado que es Benjamín Netanyahu y a todos los bueyes que surcan su camino les cuadra como un guante el célebre apotegma de don Miguel de Unamuno (“venceréis pero no convenceréis”). La degradación moral de gran parte de la sociedad israelí, obsesionada caiga quien caiga por su propia seguridad, es una enfermedad moral incurable. O espabilan los defensores de los derechos humanos en Israel o se los comerá el tumor expansivo de la crueldad. A los judíos que viven fuera de Israel debe exigírseles que abandonen sus trincheras ideológicas, culturales y familiares. Deben denunciar públicamente, cuando se produzcan, las barbaridades que cometen sus hermanos de la Tierra Prometida. Deben recordar que el judaísmo fue siempre en el pasado la luz perenne de la compasión y la vanguardia moral contra la opresión.

Alguien dijo una vez que “entre la justicia y mi madre, prefiero a mi madre”. Ojalá no tuviéramos que elegir pero, si llegáramos a la encrucijada, hay que abandonar a la madre. En otro caso ayudaríamos a la democracia israelí a dar un paso más hacia el abismo y llevaríamos a la tumba a una cultura y ética milenarias transmitidas de generación en generación cuando los judíos sólo tenían una patria portátil. Lejaim. Por la vida.