Opinión BARÇA FC-REAL MADRID

Colosos en la guerra

EFE

Olviden la política, se entiende bastante peor que un gladiador con paso de bailarina abriéndole al enemigo un agujero en el corazón con una bola de trapo. Luis Racionero definió una vez el fútbol como “geometría en movimiento”, pero eso es una finura kepleriana que aquí nos suena a puente de Calatrava despegando o a pedantería masónica. Nuestro fútbol está más cerca de Clausewitz, o sea de la continuación de la política por otros medios, medios más directos y como agrícolas, que no necesitan filosofía ni plumín, sino sólo hombres frente al sol, la hierba y la historia, como un mural vietnamita.

El Barça y el Madrid hacen ellos solos como el ajedrez del fútbol, pero hace mucho que el fútbol no es sólo fútbol. Los equipos de fútbol no son deporte ni negocio, son contenedores de gente, de todos sus barrios con sus tendederos, desagües, currantes, ardores y aburrimiento, que se pueden trasladar como un carromato de circo hacia la política, el dinero, la guerra o la abulia. En realidad, no es que el fútbol esté tendiendo a la política, es la política la que está tendiendo al fútbol, a manejar a las multitudes de gol en gol, de corte de manga en corte de manga y de copa de lata en copa de lata. Los domingueros y los políticos echan a su club por delante, contra su suegra o contra el enemigo, como el que arrolla con un autobús.

El procés no podía despreciar el fútbol, que no sólo es un gran contenedor de gente sino de símbolos

El procés, como movimiento total o totalitario, no podía despreciar el fútbol, que no sólo es un gran contenedor de gente sino de símbolos. Y no me refiero a esa pura cacharrería o toallería de signos e ictericias histéricas que hacen que el Camp Nou parezca una madrileña Plaza Mayor de lo catalán. Me refiero a la sustanciación alegórica de dos identidades o esencias enfrentadas: el Barcelona como un gaitero del adanismo catalán, y el Madrid en el que tantos ven la España de El Escorial y la sota de bastos, cuando no ese franquismo numismático que algunos catalanes conservan enfermizamente en la mente como el recuerdo de la habitación familiar y repugnante de algún abuelo de la infancia.

Lo del Real Madrid visto como una escuela de cadetes franquistas es muy chocante, porque entonces todo el fútbol era franquista y españolísimo, desde el recio Athletic de Bilbao, viril y carlista, hasta el propio Barça, que concedió tres condecoraciones a Franco y tenía hasta al mismo Manolo Escobar de hincha y musa, que es como tener a Lola Flores, o peor. Incluso ahora, el Barça tiene a Iniesta, que es lo más Manolo Escobar y lo más Cid que queda en España. Pero no. Lo que recuerda al franquismo no es el Real Madrid de cromo y nodo, sino el populismo tomando posesión del deporte, el público como antisoviéticos coros soviéticos, los estadios como grandes guitarrones ideológicos, los jefes del Movimiento en palco de sombra, y, claro, que nos resulten indistinguibles en discurso y tipito los directivos del club y los burócratas y portavoces de la ortodoxia del Régimen, congestionados de patria y tabaquismo.

Además del enfrentamiento de las esencias, digamos estático, está la escenificación o la traslación del conflicto en concretos hitos deportivos, que nos ofrece una distracción más dinámica y diaria. Así, está esa comparación de ducha masculina de la Champions contra la Liga, o ganar la Copa del Rey igual que si hubieran robado la corona de Felipe VI aún caliente de su cabeza de siglos, o pitar el himno como lanzar un leve y ofensivo confeti sedicioso, o hacer o no ese pasillo de campeón al Barça como en una boda de marines en calzones. Es, después de todo, pese a sus tamaños, como si estos colosos hicieran la guerra política a pellizcos o a capones, igual que escolares de campamento. El fútbol siempre tiene una infancia dentro, como las sábanas y los desayunos.

Lo que recuerda al franquismo no es el Real Madrid de cromo y nodo, sino el populismo tomando posesión del deporte

Barcelona y Real Madrid se enfrentan por honor propio o prestado, pero se enfrentan más como niños en la playa que como ajedrecistas de Bergman o gladiadores con marca propia de perfume. Los adultos deberíamos mirarlos sonriéndonos. Barcelona y Real Madrid se enfrentan, sí, colosal pero españolamente, con muchos señores bajitos y cabreados. Sus paladines, en realidad, no son ni españoles ni catalanes. Cristiano, Messi, llevan sus símbolos como antorchas alquiladas. Lo curioso es que a los dos los une la misma realidad, que sí es muy española y se llama Hacienda. La realidad acaba con toda la poesía y la épica, infantiles o guerreras. En este conflicto, que ni es eterno ni mitológico, la realidad será la ley. Y tiene poco que ver con un juego.

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