Un vuelo Madrid – San Francisco de 15 horas y 40 minutos de duración y con una escala de por medio no era, a priori, algo muy apetecible. Más bien todo lo contrario: era el peaje que debía pagar por llegar a mi destino. La idea de pasar todo ese tiempo anclada en un asiento no apto para entrados en kilos, con una movilidad casi nula, sin espacio personal, recibiendo codazos de alguno de mis involuntarios compañeros de fila, intentando trabajar mientras el pasajero de adelante deja caer su respaldo sobre mi ordenador o tratando de dormir en una postura de tetris no me seducía en exceso.

Esta vez, sin embargo, algo sería diferente. Un pequeño detalle que lo cambiaría todo: iba a volar en clase business. No en turista, ni en turista superior, sino en business. Lo más top después de la lujosa Primera Clase. Parecerá una frivolidad pero la sola expectativa ya me hacía desearlo. Casi me apetecía más el vuelo en sí que la estancia en San Francisco, adonde, al fin y al cabo, viajaba por trabajo. No lo veía como una tortura, un incómodo trámite, sino como una nueva experiencia.

La primera sorpresa me esperaba en el aeropuerto, antes de despegar. Tras facturar mi maleta en cuestión de minutos (sin esperar la larga cola reservada a los billetes no prioritarios) y pasar el control de seguridad por la vía rápida, me dirigí a sala VIP que me correspondía, en el edificio Satélite de la Terminal 4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suárez. La Iberia Premium Lounge Velázquez era una oda al confort con buen gusto. Un hangar de 2.500 metros cuadrados con aires de recepción de hotel elegante.

En la sala dedicada al pintor español no faltaba el más mínimo detalle: espacios equipados para el relax, para trabajar, para refrescarse, para echarse una siesta y para desayunar, comer, cenar o tomar un tentempié. Bufé libre (y muy variado) incluido. Eso sí, el prometido servicio de wifi no era propio de la sala sino de la incómoda red abierta del aeropuerto.

Los pasajeros allí parecían muy familiarizados con todo aquello que yo observaba como una guiri

Los pasajeros allí parecían muy familiarizados con todo aquello que yo observaba como una guiri. A sus ojos, tal vez como una plebeya a la que se le notaba a leguas que no había pisado un lounge VIP en su vida. Y lo estaba disfrutando. Por primera vez, hubiera agradecido que se retrasase el vuelo. Pero no lo hizo. Así que me fui a la sala de embarque y entré al avión como Pedro por su casa, mientras observaba a las personas que esperaban, a la cola, su turno para embarcar. En cualquier otra ocasión uno de ellos habría sido yo. Usualmente, la última de la fila.

Casi ni me dio tiempo a sentarme cuando una azafata vino a ofrecerme una copa de champagne. Así, para empezar a hablar. O a entonarse para el vuelo. Mi asiento, como todos los de business, además de suficientemente amplio contaba con un cajón para guardar enseres personales y el neceser cortesía de la aerolínea (en mi caso, British Airways). Dentro había un cepillo de dientes, crema facial y de labios, un antifaz, unos calcetines y un bolígrafo para rellenar los formularios para entregar en la aduana. Una botella de agua, una almohada en condiciones y una buena manta (no un trozo de papel como las que acostumbran a entregar en clase Turista) completaban la lista de facilidades.

Al poco de despegar nos sirvieron el menú escogido. Por algún motivo, no tuvieron en cuenta la elección de menú especial que había indicado online con antelación, así que tuve que escoger entre las opciones de la carta. Dio la casualidad de que tampoco tenían el plato por el que me decanté, así que se inventaron un combinado que dio buen resultado. Nada que ver con la comida que ponen en clase turista. Además, se sirve con cubiertos de metal, servilleta de tela, selección de panes y vinos blancos y rojos a elegir. La bandeja también es más amplia y adaptable, de manera que no hay que sacar la cabeza cual paloma cada vez que te quieres llevar un bocado a la boca.

Disfruté de una comida deliciosa en un avión, algo que nunca pensé que diría

En resumen: disfruté de una comida deliciosa en un avión, algo que nunca pensé que diría. Por si eso fuera poco, la zona de bar estaba abierta todo el tiempo para quien quisiera picar entre comidas (de agradecer que además de los típicos frutos secos, patatas y pretzels hubiera también snacks de fruta y yogures).

En cuanto a las opciones de entretenimiento, nada muy novedoso. De hecho, el avión era antiguo (un Boeing 777) y la pantalla táctil poco responsiva. La interfaz de usuario también dejaba que desear, lo que hacía muy incómodo conocer algo más allá del título de las diferentes películas y series a elegir. Eso sí, había algunas obras bastante actuales, como Tres anuncios en las afueras (ganadora de los Oscar a la mejor actriz y al mejor actor de reparto).

La película no la vi porque pasé la mayor parte del vuelo trabajando. A mis anchas -no constreñida por el espacio- si bien la bandeja era un poco inestable. También pude el leer el periódico (The New York Times, uno de los tres que ofrecían). A la hora de dormir, una gozada: el asiento se convierte en una cama adaptable hasta alcanzar una posición completamente horizontal. Los baños, también de lujo.

Mención especial a la privacidad que se disfruta en la clase business. Los asientos están configurados de tal manera que nadie invade el espacio de nadie. De hecho, apenas puedes ver a las personas sentadas a tu lado o próximas a ti. Este factor (la privacidad) junto con el confort, son las dos principales razones que coincidieron en resaltar dos miembros de la tripulación con los que pude charlar. Estos, muy atentos durante todo el vuelo, también destacaron el valor añadido del cáterin de disponer de salas VIP. En su opinión, lo que hace que haya personas que decidan pagar hasta cuatro veces más por volar en business es la experiencia en sí. Lo peor de todo es que, una vez lo pruebas, ya no hay vuelta atrás.